jueves, junio 29, 2006

Una nueva Mancha en Júpiter


Recuerdo 2010: Odisea dos, de Arthur C. Clarke, el libro más que la película en la que sucedían portentos debido a que las inteligencias extraterrestres en forma de monolito estaban realizando grandes cambios en el núcleo de Júpiter.

De Júpiter dicen que es una estrella a medio hacer. Lo deducen por lo que indica su núcleo, por que es gaseoso y todo eso lo saben las gentes que denominamos científicos porque ellos estudiaron y conocen de cuestiones complejas de física y hasta saben realizar Transformadas de Laplace sin despeinarse.

Ellos conocen Júpiter. Ellos aseguran que debido a que las grandes presiones que existen en el interior del planeta es muy probable que en ese núcleo haya diamantes. Montañas de Diamantes. Diamantes que son eternos.

Júpiter está muy lejos de nosotros. Mas sin embargo estoy seguro que lo he visto de noche. Es el dios de todos los planetas. Es el padre de los planetas.

Es magnífico, lleno de satélites. Yo viajé ahí con Isaac Asimov aquellas tardes después de la escuela en secundaria cuando leía “Navidad en Ganímedes”.

Volví a visitarlo cuando estuve leyendo esa novela de Arthur C. Clarke o cuando leí su cuento de “Encuentro con Medusa”, que narra algo de los posibles seres que en caso que se dieran, existirían en esa gaseosa atmósfera. Mismos seres que Carl Sagan los traería de nuevo cuando viajó con ayuda de la “Nave de la Imaginación” en su serie Cosmos.

La película de Peter Hyams, 2010: Odisea Dos, es mucho menor a su predecesora 2001: Una Odisea Espacial, de Stanley Kubrick. No se comparan. Una, 2001, es una experiencia mística, cósmica, religiosa, espacial. 2010 es sólo una película, de esas que sólo sirven para ilustrar un libro.

Pero 2010 tenía buenas escenas. Así como vemos un tsunami y tratamos de entender como se forman esas olas, con tanta potencia, el que nos digan que son producto de un terremoto o más bien, maremoto, no es suficiente.

Son las olas, son las fuerzas, son el cubrir la tierra, son los mares que vuelven por lo que siempre fue suyo.

El que nos digan después de tiempo que Katrina fueron varias tormentas juntas, nos dan sólo un pequeño atisbo a las leyes de la naturaleza. Digámosle eso a los de Nueva Orleáns (¿ya escucharon el gigantesco fraude que le han hecho a los fondos de ayuda de los damnificados del Huracán Katrina?, 2,000 millones de dólares, impresionante).

Pero esas no son las bestias divinas que destruyen tierras y seres vivos por igual, son bestias humanas, de las que hay muchas.

Pero hoy miro la imagen de la Nueva Mancha Roja sobre la superficie de Júpiter. Es Hermana Menor. De alguna manera la bautizarán.

Estos cuates son muy ingeniosos a la hora de bautizar este tipo de, de, de, ¿cosas?

La Gran Mancha Roja, que se tragaría la Tierra de bocado, es un huracán en movimiento de cuatrocientos años de edad, según las primeras observaciones. Desde Galileo, vaya. Y no se ha desaparecido. La Pequeña Mancha Roja acaba de aparecer. Es un nuevo punto de referencia que buscar en Júpiter.

Vientos, turbulencias. Tormentas eternas. Energías desencadenadas. Infiernos de corrientes de chorro que dejan claro que el hombre jamás podrá explorar esas nubes rosas, verdes mortecinas, como enfermas.

Pero hablo como humano. Con nuestros puntos relativos de vista. Con nuestras pequeñas ópticas. Armados sólo de instrumentos débiles, eficientes sí, pero pequeños ante lo grandioso de las perturbaciones climáticas del supremo planeta. Al que tal vez le faltó poco para ser estrella.

Eso es magnificencia. El planeta fausto.

Eso da humildad de las cosas de la tierra. Y de la Tierra.

Me trata de decir algo. Y si me concentro, entro en el maelstrom de la imaginación me pierdo y vuelvo aturdido sin respuestas satisfactorias.

Miren la imagen. Vean la nueva cara de Júpiter. Cuatrocientos años son muchos. Nadie estará aquí para ver cuando se desaparecerá o cuando aparecerá otra. Nadie.

Te extraño Carl Sagan.
Te extraño Isaac Asimov.
Te extraño Stanley Kubrick.
Arthur C. Clarke, aquí estás con nosotros.

Y ese es un muy buen motivo para sonreír.