sábado, julio 29, 2006

En el simulacro y otras historias

Lo supe apenas ayer.

Estaremos en un simulacro de una pandemia de gripa aviar. Todas las autoridades del ramo están alertas así como muchas dependencias federales y estatales. A eso de las dos de la tarde “llegarán” los primeros pacientes.

Aunque todos son de papel, no dejan de inquietar.

En nuestro simulacro nos dijeron que la enfermedad se estaba expandiendo desde Asia para acá.

Todas las comunicaciones, correos, faxes, insistían, ESTO ES UN SIMULACRO.

Me imagino que la enfermedad llegará a México desde Estados Unidos.

Miro a mis compañeros. Imposible saber si ellos saben de que se trata esto. De las implicaciones en sí. Pienso por un instante que puede que yo sea el único que ha leído algo del tema y por tanto me quedo con la fatua y frívola impresión de que soy el único consciente de la gravedad de algo de ese tamaño.

En una rápida segunda revisión de opinión, me caigo sólo del “pedestal frívolo del dícese enterado”. No creo que el haber leído suficientes novelas, películas y reportajes tanto en el New Yorker o en los canales de tipo documental, tales como Discovery y National Geographic Society me den un punto o mas arriba para acercarme a lo que sabe el personal médico. Bueno, esa fue una necedad de mi parte.

Después de todo, algunos de ellos califican como epidemiólogos. Nadie bromea del asunto. Saben que son cosas que pueden pasar. Que siempre hay que estar preparados.

Un día una epidemióloga de Monterrey me dijo que estaban siempre al pendiente de casos raros como de animales que normalmente no muerden al hombre, que de repente lo hagan.
Obvio, lo dijo con absoluta seriedad. Que de inmediato se reportan.

No estoy para defender a estas personas, ni para ser apologista de políticas determinadas, digo, esas son opiniones reservadas para cada quién. Pero de lo que sí estoy seguro es de que sí, hay sectores que sí, que por lo menos sí nos cuidan como sociedad.

Leí casi en la misma época “La Danza de la Muerte” de Stephen King, “La Peste Blanca” de Frank Herbert (el de “Dunas”), “El Día de los Trífidos”, no quiero equivocarme de quien lo escribió y posiblemente vi por entonces la película de “El Día Después”.

Eran los años de 1981-1983.

“La Danza de la Muerte” habla de una “supergripa” que mata al 99% de la humanidad (King decía que si hubiera muerto toda la humanidad, no habría novela, totalmente de acuerdo). Esta “supergripa” tenía la característica de que fue creada por los humanos mismos y en un accidente caprichoso se suelta, rebasa las previsiones de seguridad y se expande hacia la calle. (Eso sí fue totalmente terrorífico.) Su descripción de las calles y túneles en la ciudad de Nueva York llena de muertos en sus autos, huyendo, son sobrecogedoras. Un comienzo de un capítulo en particular dice: “El olor era espantoso”. Sucedía en un verano. Suficientemente evocador. (El que la novela derive hacia lo misterioso y fantástico posterior no le quita ese terror primordial del humano estúpido que suelta los males resguardados dentro de la Caja de Pandora).

“La Peste Blanca” es algo similar, pero aquí es una enfermedad desatada por un científico resentido que “sólo” quiere destruir Inglaterra, pero se le pasa la mano, viajando ésta por todo el mundo. Lo que suelta es una enfermedad creada que sólo mata a mujeres quedando sólo una viva por cada cinco mil muertas.

“El Día de los Trífidos” es acerca de que la humanidad se queda ciega a causa de una radiación espacial y quedando a merced de unas plantas que llegaron del espacio décadas antes, que fueron utilizadas para la industria con el beneplácito de todos, pero que ahora con la humanidad disminuida adquieren, o ya tenían, movimiento y toman control de ella. Lo acepto, pero lo ingenuo no le quita lo terrorífico.

“El Día Después” fue una película muy sonada, medio pacifista, que describe los hechos después que un ataque nuclear soviético, que siguió a los lanzamientos de proyectiles nucleares hacia ciudades soviéticas, destruye una pequeña ciudad de Kansas, con todo y lluvia radioactiva.

Luego lee uno años después, el tema de “Hot Zone” (1996), aquél libro acerca de un brote de epidemia de alguna enfermedad hemorrágica altamente contagiosa que sucedió REALMENTE en el este de los mismos Estados Unidos. Leí que le llaman así, “The Hot Zone” al punto en donde las cosas se ponen verdaderamente calientes. Supongo que sería visto así como en un mapa con el punto originario visto de un color rojo blanco. Algo como un “Ground Zero” biológico.

En la película de “Epidemia” (1998) con Dustin Hoffman, un pueblito africano lleno con enfermos al principio de la película, es volado nuclearmente, creo, no estoy seguro, para evitar que se salga la enfermedad de control.

Lo anterior me recordó también aquella excelente película, la de “La Amenaza de Andrómeda”, (1971) escrita por el entonces no tan célebre Michael Crichton (“E.R.”, “Parques Jurásicos” y anexas), en la que llega una enfermedad del espacio que también mata a todo un pueblo, excepto a un bebé y a un anciano. Casualmente se dan cuenta poco antes de querer volar el pueblito también nuclearmente, que el calor provoca el reforzar al virus alienígena y hacerlo más peligroso. Mejor no hacerlo. ¡Salvación!

Lo anterior si acaso queda en el rango de lo ficticio o lejano, crea una paranoia nada sana. Otra.

Posteriormente uno sabe de los brotes que aparecen cada tanto en Zaire y ese tipo de países, sabe uno del Ébola que mata hasta los enfermeros y doctores que tratan de controlar la enfermedad, y se encuentra uno pidiendo de que quede aislada del mundo, que no pase de ahí.

También lees acerca de que esos virus desgarrantes se trasladan incluso por aire.

Digo, pienso en todo eso y reflexiono en que tengo hijos, esposa, madre, hermanos, amigos, amigas.

Brrr.

En una de las reuniones del simulacro, escucho: “ya expidieron provisiones para pedir tres mil bolsas para cadáveres”.

Todos se sobresaltaron, pensando para cada quién tal vez: “¿Tres mil bolsas? ¿La situación estará tan grave como para eso?”

Alguien pregunta siguiendo la secuencia de envolverse en lo mismo del simulacro, “y... ¿ya se han hecho previsiones para guardar o enterrar tres mil cadáveres? ¿Traxcavos, terrenos, fosas comunes, cosas así?”

Es una terrible cantidad de personas.

El simulacro en nuestras mentes ya no se ve tanto así como que estamos “actuando” o “jugando a ser...”. Cada quién se imagina lo que se expresa arriba y se pregunta, ¿y nuestros familiares? ¿Sería esto, de pasar como lo estamos viendo en esta misma sala de juntas, tan grave?

Se mencionan más situaciones, se perciben problemas serios: personal que no sabe su rol exactamente, deficiencias en la cadena de mandos, en la cadena de comunicación, quién manda qué, que le toca a quién.

Bueno, de eso se trata un simulacro. Cualquier simulacro, como lo que se hizo en todas las compañías con computadoras hará seis años con lo del año dos mil. El famoso 2KY ERROR. Todos los sectores se certificaron. Y salieron con bien.

Los simulacros no sirven para no cometer errores. Se trata de percibir donde están los posibles problemas y resolverlos antes de que se enfrente una situación real.

Hará tres años que aparece lo del SARS, y otra psicosis mundial.

Yo la leí a la distancia, en Internet, y revisé con cierta ansiedad a quien le daba y a quien no, leí de los esfuerzos de los doctores vietnamitas, de los de Hong Kong, de los de la misma China. ¿Detienen ellos la enfermedad o se detiene sola?

El SARS. Llegó hasta Toronto. Los Rolling Stones iban a tocar ahí y lo suspendieron.

Nadie tiene la precisión de saber con exactitud que sucedió. O el porqué se detuvo.

Los canales de documentales esos que mencioné, han hecho programas analizando la pandemia de la influenza española de 1918 que mató a más de 20 millones de personas, muchas recién salidas de la primera guerra.

Cuentan acerca de que durante las investigaciones actuales se están buscando cadáveres congelados de los fallecidos por la enfermedad, enterrados por entonces en zonas de permafrost, como Alaska y Noruega, en la búsqueda de pistas para saber como era ese virus, para poder detenerlo en caso de que vuelva a salir.

Hay personas que afirman que hacer eso, investigar en los cuerpos de muertos congelados solo va a remover un virus también congelado, pero sólo dormido, esperando a que se despierte y ataque repentinamente a los seres humanos que en su ignorancia se atreven a despertarlo. Eso también salió en los “X-Files”, y en “The Thing”.

Como anti-cereza del anti-pastel en estos temas, antier leo en www.discover.com (nada que ver con el Discovery Channel, aunque los dos se dediquen a la difusión de la ciencia), acerca del cocoliztli, la presunta enfermedad que provocó la muerte de los aztecas en el siglo XVI, por lo menos en 1554 y en 1575.

Una de las preguntas que se hacían era, ¿por qué sucedió treinta y tres primero, y cincuenta y cuatro años, después de la terminación de la Conquista? Básicamente ya había pasado tiempo desde aquello.

Eso por un lado y por el otro el punto de que quienes relataron eso eran historiadores y frailes, que escribieron que las enfermedades victimarias eran tifoidea y varicela, pero está la reflexión en el artículo de que ellos eran sólo eso, historiadores y frailes, no epidemiólogos.

Resulta que por mucho tiempo se ha creído que fue el español (así, en genérico) el que trajo las viruelas y otras enfermedades que diezmaron a los aztecas en una escala sin precedentes. Un tipo de masiva guerra bacteriológica, aún así quirúrgica, precisa y exquisita (atreviéndose a bordear el mal gusto, claro) que no tocó más que a la población india.

Es parte de la ideología nuestra del mexicano en contra del español, a algo contribuye a ese sentir de que fuimos destruidos de manera despiadada, aunque el español no fue plenamente consciente del hecho. Y ni eso lo disculpa en algo. Es un argumento poderoso más en contra de lo español.

Pero dice el artículo de la revista, que recientes hallazgos realizados por un doctor mexicano, el epidemiólogo Rodolfo Acuña-Soto, lo hacen concluir que la enfermedad que causó la megamuerte de nuestros indios provenía de nuestra tierra misma.

Que una causa posiblemente esté relacionada con sequías largas y con lluvias tremebundas posteriores a esas sequías. Que eso desencadenaba un desasosiego con los roedores que habitan siempre a ras del suelo y que de alguna manera medraban en cantidad al llegar las primeras lluvias aprovechando las nuevas cantidades de comida y agua y de cierta manera comunicaban su virus a los indios, que estos como estaban en el stress total, siempre al borde del hambre, en la desnutrición y en condiciones totalmente insalubres, debido a como había quedado la sociedad en la Nueva España. Así se consiguió el barrido racial. De 22 millones de habitantes que había en el país a la llegada de Cortés, a llegar a ser sólo 2 millones al finalizar ese mismo siglo.

Se le da un nuevo significado a la palabra “diezmó”. Más que la proporción de los muertos de la Peste Negra del siglo XIV en Europa que mató “sólo” a la cuarta parte de su población.

La enfermedad consistía, según análisis de documentos muy prolijos y profesionalmente escritos para esos tiempos, en fiebres hemorrágicas. Como las del Ébola, Margburg y similares.

Los españoles ni estaban en riesgo, ellos estaban seguros allá arriba, resguardados en sus clases aristocráticas.

Y bueno, el tiempo pasa y ahora es 2006. Pero el doctor Acuña-Soto dijo, al final de ese artículo, “sólo hay que estar preparados, por si acaso”.

En todos los años que me ha tocado estar al pendiente del mundo a través de los medios, por decir también me di cuenta de otra de las epidemias, pero como esta es mas lenta, no es considerada como tal.

Pero primero antes, en 1976, todavía recuerdo lo de la Enfermedad de los Legionarios, una que sucedió en Filadelfia en ese año a un grupo de personas que así se denominan, Legionarios, debido que a pertenecen a no se qué Legión. En su Convención Nacional Anual o así, se enfermaron como setenta personas de cómo doscientos. Murieron ya ni me acuerdo, como diez. No fue nada de una enfermedad que pudo ser algo que comieran o algo así. Nunca supieron con claridad que fue. Sólo que fue viral y que ahí quedó.

Luego en 1981 ocurrió algo raro en Nueva York. Empezó a suceder entre una comunidad una enfermedad rara, como la de un cáncer, de hecho, así le pusieron, debido a que eran homosexuales, la gente le denomino que era un “cáncer rosa”. Sólo hasta un año después le pusieron nombre, adivinaron, era el SIDA.

Esa epidemia o pandemia es igual que las demás, pero más lenta. Nunca se ha podido establecer con precisión porque unos se contagian de SIDA y porque otros no. Pero de que cambió las maneras de pensar de miles, de millones, lo hizo.

En áreas desarrolladas en el mundo se detuvo el avance del SIDA en la población, en las áreas no desarrolladas, de manera lamentable, sigue avanzando inexorablemente. Y la búsqueda para detenerla continúa. Lo malo es que eso lo han dicho desde hace más de veinte años y no se ha podido llevar a cabo.

Y con todo el dinero del mundo, no ha habido avances para vacunas que prevengan o que curen, más que para desarrollar caras medicinas que logren retrasos en el desarrollo del padecimiento en el cuerpo del enfermo.

Así estamos, frente al simulacro. Sólo para estar preparados.

Por si acaso.

Sí, lo haremos bien. Lo posible que se pueda, lo haremos bien.

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