lunes, julio 24, 2006

Rice Krispies


Los viajes al super son inevitables... a menos que se tenga la jerarquía suficiente para que alguien más nos “haga” el super,

En mi caso particular no es así, yo voy al super.

Llámese que el ir sirve de terapia para mirar personas y ver como está la comunidad, llámese que sirva de reflejo al proceso de búsqueda de nuestros antepasados en la parte que corresponde al forrajeo y recolección del alimento. O para ponerlo más emocionante, a la cacería de nuestras presas.

Sólo que nuestras presas ya fueron cazadas y destazadas por alguien más y fueron convertidas en jamón, chorizo, milanesas, etc.

Los forrajes pasaron por industrializadoras y se convirtieron en sopas, pan, mayonesas, aceites.

Claro, aquí en el super la situación en sí de la cacería está muy viva pero también almismo tiempo, lo acepto, distante, ya que al llegar a la caja con “bienes” debo de dar algo a cambio a la señorita que me pregunta con amabilidad forzada si encontré todo lo que buscaba.

En ese punto pienso que sigo en una modalidad de trueque con rancios antecedentes en el que yo intercambio “dinero”, el cual obtuve a cambio de “trabajo”, que me servirá para que “ellos” me permitan llevarme esos “bienes” que hasta ese momento no son míos, y de los cuales no puedo prescindir, a mi casa-cueva-refugio.

De alguna manera envidio a los antiguos pobladores de estas y de todas las tierras que resolvían su problema alimenticio sólo con estirar la mano. Las únicas molestias eran las fieras, las alimañas, la otra tribu que los quiere destruir. Y bueno, lo que pasa con los antiguos pobladores es eso: de tan antiguos ya no quedó nadie.

No por nada se puede maldecir con certeza el momento en que la humanidad decidió inventar el trabajo cuando desarrolló la agricultura. Desde ese momento tuvo que intercambiar esfuerzo (o trabajo) para obtener alimentos. Tal y como lo hacemos nosotros todavía.

No hay nada, pero nada nuevo bajo el sol.

Y ahí en el super, estuve caminando entre los pasillos. Y un día me encontré con una caja que se me hizo familiar. Era la inevitable caja de cereal con tres no sé que eran, gnomos, duendes, algo así.

Una caja de color azul. Era el simplón, ramplón, pero indefectiblemente delicioso, Rice Krispies. Ni para qué poner la marca, todos la saben.

“Pim”. “Pam”. “Pum”.

Tenía más de diez o doce años de haberlos visto en los anaqueles.

La última ocasión que los había probado fue en una especie de dulce casero con malvavisco en microondas.

Todavía recuerdo el sabor del cereal de mi niñez. Con leche fría, azúcar, etc. Es parte de la filosofía del pequeño hedonismo. De los pequeños placeres. Los que están al alcance de la mano. En ese momento, bastante literalmente.

No hay mucho que puedas buscar para tener un placer concentrado, aquí relacionado con el comer con el Rice Krispies.

Digo, podrías comer langosta, podrías comer salmón, o bacalao y ser feliz al llegar a completar la experiencia relativa a tu satisfactor o necesidad especial, único, sofisticado.

Sobre todo de esa calidad y exhuberancia.

Yo también encontré algo similar, a mi edad, claro, con el Rice Krispies. Un placer directo al paladar y al cerebro. No sé si serían su tronar en la boca, o el sabor del arroz tostado cubierto de azúcar en medio de una tonelada de leche fría (muy fría, por favor).

Cuando surgió la idea de la New Coke, que vendría a sustituir a la tradicional Coca Cola, supe de personas que compraron cajas y cajas para protegerse. Ya nunca volverían a ver,y a probar, su Coca Cola. Y eso sucedía con un refresco simple y fácilmente asequible. Que finalmente no desapareció.

Lo gracioso de todo es que no tomé ninguna caja. No había motivo práctico, tenía dos cajas de cereales en mi casa. Decidí esperar. ¿Qué podía pasar?

A la semana o dos, desapareció todo rastro de cajas de Rice Krispies, como si nunca hubieran existido. Los anaqueles no mostraban vacíos, había sencillamente otras cajas. No he vuelto a ver las cajas azules con los gnomos. Por lo menos en mi ciudad.

Pregunté a uno de los chicos, que andaba en el acomodo, de esos que son responsables de producto en tienda y que traen en su pecho una etiqueta que dice de manera somera “visitante” acerca del producto en cuestión.

Me respondió que es decisión de la compañía, pero que probablemente luego volvería a salir.

O sea que no sabía.

Pero al final, lo dudo.

Cuando salí del super esa ocasión, con mis alimentos a rastras, salí pensando:
“Pim”. “Pam”. “Pum”.

“Pim”. “Pam”. “Pum”.






Addendum: Casi 7 años después, a 10 de Julio de 2013. Hay en mi casa una caja de Rice Krispies, sabe casi igual, parece que comes aire, por aquello de que es arroz inflado. Tiene otro color, antes era como más pardo claro, si es que se puede definir así, y ahora es más anaranjadillo.

Ya no me comería un tazón entero, pero si lo combino con mi Bran y con mi Special K.

Y así sí sabe muy bien, ¡oh, sí!

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