miércoles, agosto 23, 2006

La Fortaleza Escondida



Un buen amigo me acaba de prestar la película de La Fortaleza Escondida (Kakushi-toride no san-akunin, 1959) de Akira Kurosawa y fue una maravilla.

No es raro que me guste Kurosawa. A muchos les gusta. Pero habiéndolo visto desde hace más de veinte años, la gracia de mencionarlo aquí es descubrir que todavía me faltan muchas películas de él por ver.

Le tenía muchas ganas a la Fortaleza Escondida. Por varias razones, una de ellas, sin vergüenza lo digo, era para verificar la certeza del meme sabido desde hace mucho de que Star Wars era una amalgama de ideas (eso está comprobado, de hecho), de haber salido de los cuentos de hadas y de sus teóricos, en el contexto de una historia de fantasía con princesas y caballeros, villanos y armas terribles puestas en un contexto de una aparente ciencia ficción.

Y parte de ese meme, de esa amalgama, era que Star Wars había sido en parte, inspirada por la película de Kurosawa de La Fortaleza Escondida.

Pues tuve la oportunidad doble, primero el afirmativamente comprobar que es una obra casi-maestra del cine, y segundo, que tanto era cierta esa inspiración.

La película es soberbia. La época es la guerra de clanes de aquellos tiempos. Parece un juego de Risk, países y regiones y conquistando territorios, movimientos de tropas de aquí para allá con todo y batallas clave. Nada nuevo hasta aquí.

Se trata de dos aldeanos que están en medio de todo, sin saber que hacer ni a donde ir. Hay una princesa en huida y un guerrero que la defiende. Se reúnen inesperadamente en cierto punto y de ahí avanzan con un cargamento importante hacia un reino amigo, muy detrás de las líneas enemigas rodeados de mil peligros tratando de evitar todos los riesgos.

Y ya.

La Fortaleza Escondida está llena de encanto. Es una historia de una princesa fuerte y de su fiel guerrero que le prometió cuidarla. Es una historia de esos dos aldeanos desposeídos que no tienen nada que perder, pero eso sí, si las cosas salen, tendrán mucho que ganar.

Se llega a dar un momento de entereza en que todos ponen lo suyo para avanzar hacia el reino de la salvación. Aún así, la codicia humana aparece dando un tañido ominoso, que puede causar disgusto, pero eso sí, es del todo posible.

“Piedras entre las piedras”, es una frase que dice el personaje Rokurota Makabe, un espléndido Toshiro Mifune como hay pocos, al hablar acerca de cómo hacer para esconderse en la fuga. Hay una escena que si parpadeas no la percibirás. Bueno, puede que sí. Una piedra escondida entre las demás. Una piedra preciosa, claro.

No era espectacular, no era relevante en la narración, no es memorable como otras. Pero que escena... No olvidemos, la película está en widescreen.

Haré el intento de explicarme.

Los cuatro caminantes, los dos muertos de hambre, la princesa y el guerrero, con sus tres caballos llegan a una aldea. 


Entran por la derecha, la cámara está en un punto fijo tomándolos lentamente, no hay corte, ellos están en medio del bullicio normal de un mercado de aldea, hay aldeanos indiferentes a ellos que caminan para todos lados, están ahora en el plano del frente y la cámara comienza ahora a moverse en paralelo a ellos hacia su caminata hacia la izquierda, no hay corte.

De pronto un noble con su asistente detrás cruza frente a nosotros de izquierda a derecha, en diagonal, hasta salir por la orilla, nuestros personajes siguen caminando con sus caballos llevando a cuestas su precioso e ignorado cargamento, atrás de ellos hay movimientos de tropas hileras tras hileras de tres en fondo a pie, con sus sombreros y lanzas andando con rapidez, la cámara los sigue todavía en paralelo hasta que ésta se detiene y los empieza ahora a seguir en su camino hacia la izquierda, aldeanos diversos están en el mercado, el movimiento nunca se detiene, llegan ellos a la orilla de la izquierda y la escena termina.

Todo dura un minuto a lo mucho. Me imagino la preparación de la escena, todo debía de estar marcado y debía de entrar en perfecta sincronía: los aldeanos que gritan su oferta de mercado, los que corren en ambos sentidos en el desorden normal, los caballos que caminan en cierto paso, los soldados de a pie corriendo por el fondo, el noble y el asistente, ambos actores de seguro con la orden grabada en la mente de caminar cuando se los ordenan, la cámara en su carril lista a moverse en cuanto estén los cuatro actores y sus caballos encuadrados perfectamente en su marca, el movimiento de ésta que debe de ser el mismo ritmo que el de ellos, el cruce al parecer casual de todos los comparsas, el camino de la cámara hasta el punto en que debe de detenerse para poder seguir el desplazamiento de los actores hasta que salgan fuera de cuadro.

¿Cuántos ensayos? ¿Cuántas veces tomada? ¿Cuál es el nivel de perfección exigida? ¿Cuánto es el amor por el producto que vas a obtener?

Insisto, no es una escena vistosa o de esas que deberían de quedar guardadas en la mente del espectador como grandiosas, o como importantes o como potentes. No, la maestría del director, la del verdadero artista, está donde menos la esperas, en donde una escena que sólo sirve para establecer un punto de referencia, an establishment shot, la llegada a la aldea, es puesta en marcha como una misa en escena en donde no se ven las torpezas, donde no se ven los apretujamientos, en donde hubiera bastado, con otro director, imponer dos o tres tomas de un pueblo con menos personas, basándose mucho en la edición para protegerse de los errores posibles o de la pequeñez de la escena para hacerla grande (tarea la cual tiene su maestría también), porque coordinar escenas así, se requiere de un emperador para hacer que lo difícil salga aparentemente fácil.

Y quizá es demasiado dedicarle tres párrafos a esa escena y no hablar del duelo de lanzas que tiene el personaje de Mifune con su viejo camarada, ahora enemigo, o de la manera impresionante en que la cámara en movimiento sigue a un Mifune a caballo, yendo tras los dos jinetes que van con el aviso de que los fugitivos han sido localizados, el cómo penosamente, pero firmemente, fue ganando terreno hasta llegar a uno y como con toda la pericia de un guerrero consumado logra matar a uno primero y al otro después.

La cámara sólo está fija en caballo y jinete, un jinete que ni las riendas toca, que tú bien sabes que no hay efecto especial de por medio: sólo un jinete que va con el viento, mirándose la vegetación de detrás borrosa debido a la velocidad, la cámara seguramente situada en un vehículo trasladándose a cuarenta o cincuenta kilómetros por hora, transmitiéndonos la gravedad del momento ya que Rokubarota debía de alcanzar y matar a los dos jinetes que estaban delante.

La sensación de velocidad, de peligro, de intrepidez, de valor, de pericia, quedan a la perfección, a la satisfacción del más exigente, y aún así, prefiero la escena de la aldea. Un tipo de encuadre que recuerda mucho a los de los arrozales en tiempos de los Siete Samurais.

En cuanto a los actores, la imagen de la princesa Yuki, joven mujer consciente del peligro, con la mirada adusta, dura, tratando de entender lo que pasa a nivel de suelo, de tierra, sabiendo las consecuencias de los hechos en la que está siendo puesta a prueba, tiene la feminidad en compañía de la valentía, convirtiéndose en símbolo de la nueva mujer japonesa, lejos de la sumisión imaginada y prejuiciada del pasado.

El poderoso Toshiro Mifune, héroe indiscutible, con su sable levantado en pie de lucha, la lealtad del guerrero hacia su princesa, determinado a conseguir su objetivo aun a costa de la suya propia, como debe de ser.

¿Los aldeanos? ¿Serán los verdaderos héroes? Aún con la escena en la que vieron con lujuria momentáneamente el cuerpo de la bella princesa dormida, son los que dan la perspectiva de la clase de abajo que pudiese tener en los sucesos que cambian sus vidas, realizados por la gente de arriba, que casi nunca la ve.

Confieso que busqué y busqué la posible visión de Lucas para hacer posteriormente Star Wars. No creo que sea penado en algún momento realizar algo así, sólo que lo aceptes después y lo digas al mundo (no como lo que hizo Disney al negarse aceptar lo obvio, que El Rey León tuviera influencia de Kimba, de Ozamu Tezuka, detalle que a Tezuka no le importó jamás).



Pero es cierto, Star Wars no es ni con mucho la sombra o la copia de La Fortaleza Escondida. Muchos al saber de ella pudieran haber pensado que la Estrella de la Muerte, es una fortaleza identificada posiblemente como viva referencia de la misma, o de la luna de Yavin, en donde estaban refugiados los rebeldes al final, que estaba escondida.

No. La única situación clara que pudiera haber sido referencia para servir como guía para Star Wars era la inclusión de dos sidekicks, ayudantes hasta cierto punto graciosos, que sirvieran como guías, como puntos de vista menores, a la hora de narrar la leyenda de los Caballeros Jedi, como lo pudiese demostrar el hecho de que ellos dos robots, C-3PO y R2D2, son los únicos personajes que están en todas las seis películas de George Lucas.

Tal vez, si nos esforzamos en buscar ese paralelismo, bien lo podríamos encontrar en las dos escenas arriba descritas, la del mercado, que podría ser Tatooine, y la de la cabalgata en movimiento en pos de los soldados que se dieron a la fuga, recordatorio de las escenas de movimiento velocísimo, de vértigo, de la batalla “aérea” entre las X-Wing y las naves de Darth Vader, en la escena final anterior a la destrucción de la Estrella de la Muerte, que siempre están volando con el fondo borroso de atrás de la superficie de la Estrella imprimiéndonos en nuestras mentes como debe de ser una verdadera batalla espacial.









Quizá otra escena a comparar sería la de la princesa Yuki descansando tendida en el bosque siendo observada con cierta lujuria, con la escena de Star Wars, en la que Luke llega a rescatar a la princesa Leia pero antes hace una pequeña pausa para observarla con admiración, tendida ella en su celda de la mencionada Estrella. O soy demasiado imaginativo. O tal vez no.

La Fortaleza Escondida, es un festín verdadero para los que gustamos del cine, de Akira Kurosawa, el Emperador, del cine de acción y para las personas como nosotros que de repente nos gusta dar un clavado en pequeñeces no tan pequeñas...

A veces somos tan exigentes de George Lucas, y él nunca se enterará, que lástima, ¿no?

Kurosawa, fuiste el Emperador, realmente que sí...



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