lunes, agosto 28, 2006

Los delirios del transporte urbano o la ilusión viaja en pesera... o en combi... o en camión


Algo que se ve en cada campaña política es la circunstancia en la que el candidato se las da de viajar en transporte público para tres circunstancias: Una, para hacerle sentir a sus posibles votantes que él sí desea conocer de primera mano las peripecias que sienten estos en sus cotidianos traslados; dos, para tal vez sí sentir por una vez en mucho tiempo, como está el transporte urbano para ver de que manera se puede mejorar, o si aguanta así como está, o si son ciertas las quejas de que es muy caro e ineficiente en la opinión del público; tres, para darse ultimadamente un baño de pueblo preciso en el punto en que cualquier baño de pueblo es necesario, aunque se tarde mucho en hacerlo después tal vez porque no lo haya considerado necesario.

Pero nosotros no somos políticos y lo que sí somos es usuarios del transporte público.

En la ciudad donde resido se toman combis, por circunstancias, no tengo carro en este instante, ya tendré de nuevo y por mientras me considero un callado circunstante en esas especiales condiciones de tener que tomar un transporte para llegar a mi destino para acompañar a mi hija a su escuela y volver.

Yo fui usuario en mi juventud de transporte urbano durante toda mi secundaria, preparatoria y universidad, en Monterrey. Uno llega a entender que el transporte público es algo por lo que tienes que pasar tarde que temprano, como si fuera un rito de paso, y bueno, en realidad no es de paso porque es lo que muchos siguen usando durante toda su vida.

De cierto modo es tal vez a lo que se refiere la frase aquella que dice ser “cliente cautivo”.
Conforme crecí en mi adolescencia utilicé el transporte por la sencilla razón de que las distancias entre mi casa y el centro educativo correspondiente quedaba, conforme subía de grado, a estar más lejos de mi casa.

Primero era un solo transporte y luego fueron dos, con una caminata de ocho cuadras en medio. Yo no conozco muchas ciudades y por lo mismo no conozco muchos sistemas de transporte municipales. Pero lo que es en Monterrey, ¡qué barbaridad!

Pasaba el Ruta 61 a una cuadra de mi casa. Eso era importante, vital, era una ventaja competitiva. No batallaba para llegar a la parada. No gastaba tiempo para hacerlo y el trayecto a mi destino eran como, ¿cuánto? Quince minutos. La vida era bella hasta ese punto... hasta que pasaban los minutos y los minutos y si la cita era en veinte, mal plan. El primer Ruta 61 pasaba lleno, hasta el gorro, ni se detenía. Las personas pasaban como sardinas literalmente colgando de cada tubo posible con el cuerpo totalmente afuera de la entrada delantera del camión.

A los diez minutos pasaba otro... en circunstancias parecidas, y un segundo detrás medio lleno, pero que en este caso tenía más prisa que yo y ni se detenía.

Los carros y sus conductores, fingían no ver la soledad que sentía uno en esas circunstacias.

Cuando uno es automovilista finge no ver a los que están en la parada. Yo no sé los demás, pero como yo sí fui sufrido peatón, muchas ocasiones recordaba mis días: Estar en la parada, viendo como pasa el tiempo, como ese lapso que uno pensó que sería suficiente para el viaje se va haciendo cada vez menos y como empieza todavía a adelgazarse más y más peligrosamente y reduciendo al mismo tiempo nuestra zona de seguridad. La angustia silenciosa era desesperante.

Cada ocasión que nuestros cálculos de tiempo fallaban hacíamos enmienda para poder anticiparnos al día siguiente para llegar a ese punto geográfico más temprano. Pero lo más probable era que la historia se repitiese... o lo más probable todavía era que los camiones fueran los que repitiesen su propia historia.

Por eso leía mucho en las paradas. Y es posible que mientras estuviera muy atento a las desventuras del pobre Frodo siendo atacado por la araña Ella-Laraña, del libro de las Dos Torres, haya perdido yo algún que otro camión con su chofer un poco, pero solo un poco, confundido cuando el tipo de la parada no se subía a su único camión disponible, habiéndose detenido. Puede que el humo carcinógeno y negro fuera quien me despertase de la gran batalla de Maese Samsagáz Gamyi contra esa bestia y orcos subsiguientes por la vida de su querido amo.

Lo lamentable de subirse a un camión en el que vas a estar colgando de un delgado tubo de aluminio con el pie endeblemente apoyado en el filo del escalón cargando más libros, yendo el vehículo a más de cincuenta kilómetros en curvas, vueltas y rebases sosteniendo tal vez el peso de otro pasajero en situación en vilo similar, era que no pudiese seguir concentrándome en las aventuras del Señor de los Anillos, sino que tenía que concentrarme en mi propia aventura. Apuesto que mi madre nunca supo de ese tipo de peligros, o como cualquier buena madre mexicana, mejor prefirió hacer caso omiso de ellos, ¿para qué estar en proceso de sufrimiento todos los días?
Lástima que en esos años de 1979 a 1983 no había videocámaras, hubiera sido divertido que alguien me hubiera grabado desde un automóvil al parejo. Ver esas imágenes hoy en día (con su respectiva rítmica música emocionante en staccato, no olvidar que la que pone el estado de ánimo es la música) tendrían tal vez un valor similar al de ver a Indiana Jones en Egipto, saltando desde un caballo a todo galope hacia un camión transporte nazi que se robaba el Arca de la Alianza, casi cayendo al peligroso y rugoso suelo en el intento, sólo para después de una valerosa lucha con los arios nazis, ir a dar al frente del vehículo y estar a punto de caer hacia en mero en medio de las llantas, salvándose su masculinidad sólo por su bien manejado látigo.

A Indiana jamás se le cayó su sombrero Fedora en ninguna de sus vicisitudes. A mí afortunadamente nunca se me cayó un libro de un camión en movimiento... con la triste excepción de una ocasión que me bajé en el centro y al mismo tiempo de descender en una bizarra maniobra ¡que se me cae El Ultimátum Bourne!, de Robert Ludlum, de Editorial Planeta, con tal pésima manufactura de edición que del impacto en el suelo saltó un buen bonche de páginas de en medio del tomo, con tan mala suerte que se fueron por una alcantarilla cercana a la banqueta. Mirar mi libro ya incompleto, al que sólo había leído como cien páginas fue tristísimo, sad very sad... Nunca lo terminé, por supuesto.

Pocos años después mi amigo Jaime fue a mi casa, y como era nuestra costumbre se llevó varios libros y sin avisarme que entre ellos estaba ese, dura fue su sorpresa al mes cuando él también se quedó en la página cien. Cosas de lectores.

Había vans (así les llamaban) que en Monterrey eran horribles, pintadas de celeste. Eran trampas. Se llamaban peseras. Eran peseras porque costaban un peso, cosas de la inflación. Y eran sardineros. En tiempo de frío horrendos, y en tiempo de calor doble horrendos. Como el clima de Monterrey es extremoso, no era cosa fácil el soportar esos días (supongo que ni en estos).

Los trayectos son largos, y van hechas la bala (por no decir, hechas la madre), y los chóferes hacían, con la mejor voluntad de buenos samaritanos de ayudar a sus clientes cotidianos, metían y metían a personas y personas como si fueran esos concursos de a ver cuantas personas pueden caber en una cabina telefónica en todas las poses posibles. Hagan de cuenta que era como jugar Twister todos los días, sólo que sin tablero de bolas rojas o verdes o azules o amarillas sobre los cuales jugar. Como aprender a ser contorsionistas en fáciles lecciones. Lo que la vida nos deja aprender.

Peseras y velocidad eran uno mismo, la verdad. Igual que los camiones que por una cosa u otra tenían que cumplir con sus horarios. Nada nuevo aquí. Si digo que es un rito de paso, estaría diciendo que es temporal, pero no es así, ya lo aclaré. Andar en camión nunca será temporal para el grueso de la población.

Eso era en Monterrey. Ahora en la ciudad en la que vivo el transporte es similar. Andan a la misma velocidad, pero eso sí, no se retacan como allá en Mty. Lo bueno es que aquí no hace calor y por ese lado no se sufre (es más, ya ni me acuerdo bien, ¿habrá peseras todavía en Mty, o se habrán transformado en microbuses?

La gente en esta ciudad es muy amable, todos saludan al entrar y se despiden con corrección al salir. Eso no me había tocado ver en ninguna parte.

Los trayectos son mas cortos y el costo también.

El estar dentro de la combi, como se le llama aquí es interesante. Uno se podría poner a pensar en lo que se podría hacer con un público cautivo amable como el que se traslada. ¿De qué se les podría hablar que no suene al tradicional merolico? Se podrían hacer mesas redondas express. Se podrían pedir opiniones cualesquiera de temas diversos. La gente que viaja en transporte público es un micromosaico en movimiento fugaz, incierto como Heisenberg afirmaba, de lo que es la población: sabrás su posición, pero no su pensamiento, sabrás lo que piensa, pero no hacia donde va. Bueno, es parafraseando lo que dijo Heisenberg.

Todos las personas miran hacia los lados para verificar que van por buen rumbo, que tanto les falta por llegar, pensaran en mil cosas distintas. O pensaran en nada en especial.

Diez personas calladas en lo suyo, oyendo el ocasional radio que el conductor trae. Una vez me chuté cuatro o cinco canciones del early Timbiriche en un programa radial infantil que ese sí fue un suplicio, comparado a los calores o a los apretujones de antaño.

Terribles tormentos.

Al viajar verás la ciudad, verás las calles como cambian su fisonomía de un sector a otro. No hay nada trivial en ello si te pones a pensar. Lo cotidiano pierde su sentido. Cada viaje que se hace es distinto. Poste de luz tras poste de luz tras poste de luz. Bache tras bache. Boya tras boya, o tope tras tope. Los charcos de agua en tiempo llovido. Los vientos que cortan la respiración en tiempo de frío. Los aires ardiendo en el tiempo canicular. Los cielos de la madrugada, las estrellas de ya entrada la noche. La luz roja cambiando a verde. El vehículo adelante que da vuelta por donde no debe. El hacer cambio. El meter el clutch. El parabrisas que tú no prendiste. La bocina que se escucha al acercarse en cada esquina. El espejo retrovisor que siempre se despide de todos. El movimiento brusco. La casi caída que se impide de milagro. El que pide la parada. El billete que se cambia. El arranque inesperado. La espera de la parada correcta. La inexplicable demora molesta. El conductor en su mutismo. El conductor en su conversación inexorable.

La gente espera, pasiva. La gente que normalmente no es sumisa ahora lo es. Entiende las reglas y las acepta. Mientras todo siga correcto, en su entender de lo que es correcto, lo será. Mientras no se tarde, no se demore, ni se haga esperar y se vaya por la ruta correcta, aceptará lo que sea. Porque el trayecto no durará. Ya se verá. No durará. Serán a lo mucho diez minutos de espera. O quince, o veinte o treinta, no más.

Se pueden hacer muchas cosas en los diez minutos que se tarda un traslado. Si tan sólo supiéramos como preguntar... o qué preguntar... y si ellos se dignaran a responder...

De lo que no nos enteraríamos.

Como recomendación a alcaldes y a políticos (sobre todo diputados y senadores, quienes son los que la gente siente más lejanos a ellos), no se olviden de la gente (y eso es lo de siempre). Viajen con ella. No sólo un día. Háganlo por varios días por temporadas recurrentes.

Sería educacional e informativo, a la larga benéfico para todos.

Dicho sea sin el más absoluto sarcasmo.

No hay comentarios.: