lunes, septiembre 18, 2006

Lo que me impresionó de Eduardo...

...obvio, un cliché en una primera línea, por Dios, es su sencillez. Es como si no fuera él y todo lo que me contó en dos horas fuera de otra persona. Él, él, él, no se siente nada diferente de los demás que pudieran estar a un lado, en una banqueta determinada de una cuadra equis en el pueblo de Zumpango, estado de México a medio camino de todo, rumbo o viniendo a o de la ciudad de México, que como todos sabemos, es el autonombrado ombligo del mundo.

Eduardo es una persona que trabajaba como chofer de ambulancia en una clínica del Seguro Social, no recuerdo si de la ciudad de México, o de Cuautitlán o de algún lugar semejante.

Se ve que tiene manos fuertes, se ve que tiene espalda, si acaso no es muy alto, pero eso, como muchas otras cosas de sí mismo no es de su interés probablemente.

Estaba donde lo conocí, tímidamente de manera inadvertida en la casa de unas amistades, él iba a ayudarles a cambiarse de casa. Eso me pareció en principio algo como fuera de lugar. Pensé sin dedicarle mucho tiempo al principio: “tal vez es un pariente, tal vez un amigo, tal vez alguien al que le estaban pagando por hacer el trabajo”. Trabajo que requeriría cierto esfuerzo, cambiar camas, muebles, que no es algo de todos los días, más bien es algo así como de muy muy en vez. Pero había algo curioso en todo el asunto.

Ya luego pregunté a las personas acerca de quién era él, me respondieron “amigo nuestro, de hace mucho, de tiempo de la Cruz Roja...”.

Ah, él, Eduardo, era socorrista. No, más bien, fue socorrista.

Okey. Interesante, seguí con mis cosas de leer, y tratar de no poner atención en su plática cotidiana, que muy interesante y todo que pudiera ser, yo no estaba enterado, en principio porque no era más que invitado que trataba de ser cortés.

Y algo pasó. Empecé a interesarme poco a poco en él.

¿Qué es lo que decide a alguien ser socorrista?

Veamos que hay detrás de ello. Y no es que se trata de inventar un hilo negro en medio de todo esto. Es decir, ha de haber miles de socorristas en todo el país y cientos de miles en todo el mundo... lo que sea. Este señor enfrente de mí, que casualmente tiene mi misma edad, en realidad sólo tres semanas menor que yo, es una persona que pasó muy cerca del concepto de “vida”, cerca de otras vidas, muy cerca.

¿Cuál es la situación de la vida humana? ¿Cuál es el valor de la vida humana?

La gente se muere por todos lados. No es novedad. La gente se muere en un tris. Volteas a un lado la gente se muere, volteas a otro y la persona se salva. ¿Es un gran malabar del cielo? ¿Son las circunstancias las que cargan la moneda de un lado o del otro? ¿Cara es vida, cruz es muerte? ¿Estás o ya no estás? ¿Será el equivalente real diario cotidiano decisivo del to be or not to be? ¿Es el Destino, conjunto de circunstancias elegidas desde el principio por nuestra fecha de nacimiento?

¿O es el ADN, anónimo arquitecto seudomecánico de aminoácidos, combinador y creador de vida? ¿Es Dios, o Buda, o el karma, o el gran Arquitecto del Universo? ¿Es que la llanta cayó en forma caprichosa hacia ti, como en un rewind macabro de la muerte del conductor brasileño Senna? ¿O es que precisamente la llanta, el volante, la viga, el risco, la defensa, el motor, el rin, la ventana, los vidrios o lo que sea, no hayan estado con esos dados cargados, como los Rolling Stones mencionan, dependiendo en contra tuya, o a favor tuyo?


Estás, no estás. Sí, no. Uno, cero. Todo, nada.

Nadie lo sabe por seguro, incontables son las historias de “se salvó de milagro” e incontables son las otras historias, las de que “no se pudo hacer nada”.

Escuchas a Eduardo incitándolo a recordar sus historias que algunas de ellas invariablemente bordan en lo macabro, que aún me dejen inquieto de escribirlas aquí mismo. ¿Una de ellas? La del socorrista al que acompañó en una salida y que al llegar al “lugar de los hechos”, (otro cliché, indudablemente), un Volkswagen impactado contra la plataforma de un pesado camión “tórton”, detenido y sin luces en medio de la carretera, cuyas vigas habían golpeado precisamente contra el chofer y el copiloto del trágico vehículo. Al examinar primeramente los cuerpos, el primer socorrista le tuvo que pedir a Eduardo a que verificara si la persona fallecida, de las dos muertas, tenía una marca en tal parte del cuello. Al comprobar que así era, el primer socorrista rompe en dolor diciendo: “es mi hermano”.

Eduardo lo ve todo con el humo del tiempo, a trasluz en apariencia y sin comprometerse emocionalmente.

Le preguntó lo que se me ocurre y me lo responde todo de manera calmada, lenta, concentrado y enfocado.

Le pregunto por ejemplo tal vez no de manera atinada acerca de cuantas personas ha salvado, lo hago para dimensionar los hechos por más ridícula que pueda parecer la pregunta. Me confiesa que una vez se puso a contarlas, la platica se desvía y a final de cuentas no me dijo nunca como cuantas.

Lo hice para dar una idea aproximada en cuantas vidas intervino. Pudo ser él sólo o él con mas personas, no es eso lo que importa en este caso. Algo así como tú que haces en tus tiempos como hobby, distracción, en tus ratos libres vaya. Yo en mis momentos que me deja mi familia salvo a tantas vidas mensuales, ¿y tú?

Ellos.

Salvan.
Vidas.
De.
Manera.
Cotidiana.

Como si tú y yo que vamos y vendemos gasolina, casas, proyectos, abarrotes, discos, llenamos formas, realizamos trámites, todos los días. Como si tu tuvieras proyectos de jardinería y que los hicieras en tus ratos libres. Ellos salvan vidas, como la tuya o la mía. No es importante la de quién sea, la tuya, la mía, la del gobernador, todas son vidas.

Ellos las salvan. O hacen lo posible de lo imposible para realizarlo.

Este recuento no va con la idea de un reconocimiento en sí hacia la persona de Eduardo, no es eso lo que importa. Ellos, en la Cruz Roja, no lo esperan. Me lo dicen continuamente. Les creo.

Pero es muy probable que sea necesario que la gente sepa de él y de las personas como él.

A veces pasa que damos las cosas por sentado. ¿Un ejemplo? La basura. Sacamos la basura y hay personas que se la llevan a algún lugar que nosotros ignoramos y que en definitiva sabemos que no nos importará. Pero las personas que se dedican a la basura le son importantes a la sociedad o a la comunidad o lo que se quiera denominar al grupo de personas con las que convivimos.

En una historia de ciencia ficción que leí hace muchísimos años contaba la historia de personas que se encargaban de los desechos y que no eran la parte inferior de la humanidad, en lo que a logros se refiere. Tarde que temprano la gente que se dedica a la basura será reconocida como pertenecientes a un gremio que trata con algo importante: con la recolección, disposición, depósito, proceso y tal vez con la recuperación de lo que se puede rescatar de nuestros desechos. Algún día, estoy seguro, serán bien pagados y reconocidos.

¿Por qué hablo de la basura de repente? Porque lo que sucederá con ellos pasará lo mismo con los que se dedican a la vida humana en lo básico, no a repararla, sino a rescatarla en sí misma de sí misma.

Eduardo es taciturno. Trabaja como chofer. Preguntó o más bien trato de preguntar porque las cosas se fueron así. No me lo dice él, sino hasta después que se va me mencionan sus amigos que hubo cambios en la administración de la Cruz Roja local, con el paso del tiempo el equipo se disgregó. La entropía de siempre, todo tiende al caos y a la oscuridad cuando no se tiene la energía para contrarrestar el fenómeno de la decadencia.

Me habían contado que incluso Eduardo había puesto una escuela de socorristas, para mantenerlos al día y de cierta manera certificarlos para ver si cumplían con lo básico. También la escuela desapareció cuando Eduardo salió de la institución.

Los socorristas no cobran, son voluntarios. Conducen ambulancias ya de varios años, donadas la mayoría, no como en Estados Unidos que por ley, según esto, deben ser de a lo mucho modelos recientes de no más dos o tres años de antigüedad.

La Cruz Roja sólo se mantiene por las donaciones que por campaña se hacen anualmente. La última campaña de la Cruz Roja trae fotos con dramatismo inherente. Está una ambulancia chocada y un mensaje impreso: “Y a la Cruz Roja, ¿quién la ayuda?”. De cierta manera se sabe que las donaciones han bajado. Tal vez contribuya a ello que la gente se desasocia de los problemas que les pudieran pasar y la campaña de desprestigio que hubo no hace más de diez años contra un presidente nacional de la Cruz cuyo nombre no recuerdo.

Independiente de la política nacional el hecho es que a través de Eduardo me enteré de muchas cosas que yo ignoraba, o que prefería ignorar.

La actitud de una persona cuando ve muertos por doquier en un accidente. La actitud que debe de tomar para rescatar primero a los más heridos. ¿Cuáles son los más heridos? ¿Qué cara le pones a los que te piden en medio de los gritos, que se mitigue el dolor, y que no puedes hacerlo porque hay gente peor que ellos? ¿A qué nivel se comprende desde la distorsionada sensación emocional del dolor que presumimos desde nuestra propia experiencia como total que sólo hay dos o tres socorristas y que hay ocho heridos y que se tiene que esperar?

Alguien, una amiga ex socorrista voluntaria, me dijo de un caso en el cual estaba atendiendo en un accidente a una persona de inmediato, entre varias, y detrás de ella un señor le pedía que le atendiera, la entonces socorrista no le ponía atención, pensando que si alguien estaba de pie pidiendo ayuda bien podría pasarse cinco o diez minutos más esperando, mientras ella atendía a los que no podían estar de pie.

Pero la persona insistía, ante ello, la socorrista se desesperó y dejó de atender al primer herido para voltearse a decirle que si por favor esperara su turno.

La visión fue escalofriante. Cuenta ella, que la persona que le pedía ayuda, consciente al parecer pero en shock total y de pie todavía, estaba sin la cubierta de la piel del cráneo, en una gran parte desaparecida.

Inmediatamente lo colocó en posición horizontal tratándolo de estabilizar, lo cual fue logrado después de largos y aterradores minutos.

La sangre fría que hay que tener para definir criterios de vida o muerte.

La duda, siempre la duda de que si se hizo bien esto o se debió hacer lo otro. Zumpango, como en muchos de los caminos del centro del país, está lleno de “topes” para desacelerar a los automovilistas rápidos, o para castigar a los acelerados. Eso disminuyó los accidentes, de hecho. Por otro lado, los choferes de ambulancias saben que sus pasajeros cuentan con el tiempo justo tal vez para llegar vivos al puesto de socorros más cercano. Pero también saben que una mala maniobra, un tope no previsto, cosa común por la prisa y porque si no conoces los caminos te salen esos topes de pronto, pudiera contribuir con su golpe mayor o menor al rápido deterioro de la vida del pasajero.

Comentamos acerca del verdadero valor del cinturón de seguridad. Comentamos acerca de la cuestión de los donadores de órganos que mueren por accidente. De la indiferencia de las personas respecto al tema. Comentamos del hecho que en Estados Unidos decidieron no colocar cinturones de seguridad en los camiones escolares de su país, más de un millón de unidades, por considerarlo demasiado costoso, calculando que si cada año normalmente mueren treinta niños por accidentes, colocarles el cinturón a todas las unidades, al costo que fuera, no valdría la pena el rebajar esa cantidad a quince niños muertos, cantidad calculada de sobrevivientes que resultaría de accidentes de tránsito involucrando camiones escolares. Quince niños morirán fríamente por que no hay dinero suficiente.

Y si la velocidad máxima en autopistas la redujeran cinco millas, habría una gran baja en la cantidad de donadores de órganos en los estados Unidos. No sé con que pensamientos se pueden mirar esos cambios:

O sea, ¿se trata de salvar la vida de personas reduciendo los riesgos de velocidad? ¿O se trata de salvar personas en la espera de órganos necesitados para seguir su vida, órganos que provienen en la mayoría de muertes por accidentes en carretera por manejar a excesos de velocidad?

Acabo de leer que en el mundo mueren un millón y medio de niños debido a que tomaron agua contaminada. Este año y los pasados y los siguientes. La cifra aumentará a menos que...

La vida o muerte. Una muerte es una tragedia personal de alguien y su familia y amigos, cien muertes es una tragedia nacional. Millones de muertes son sólo estadísticas, Heinrich Himmler dixit.

Todavía es fecha de parte de Eduardo el preguntarse si manejó con la prudencia correcta en esas rutas. Todavía es fecha de parte de él, y no dudo que muchos ex socorristas también piensan lo mismo: “¿hice bien aquí?, ¿hice bien allá? ”.

Es impresionante el número de restricciones que existen al respecto. Me informaron de problemas mil respecto a que si mueves a un herido, a que si le revisas los bolsillos para buscar su identificación, a que si lo trataste bien o no, problemas que si se ven de cierta manera forzada, no queriendo ver, la por así decir, pureza del acto, los ponen continuamente en entredicho.

Ese entredicho que de alguna forma envenena la labor. Desanima a los más prendidos, y mata la voluntad de seguir ayudando. Así es este mundo.

Personas como Eduardo debe de haber muchas. No se conocen lamentablemente. Sólo salen de vez en vez cuando es el Día del Socorrista, como si sólo ese día trabajaran, como si sólo fuera ese día el que se les da su palmada en el hombro y se les dice: “muchachos, han hecho un buen trabajo”.

Pero hay algo muy inusual debajo de la epidermis de estos señores. Eduardo contó la ocasión en que cuatro personas, hermanos los cuatro, bajaron a un pozo cerca de donde vivían. Primero bajó una y no volvió. El pozo estaba seco. Otra fue de inmediato por si se había golpeado y tampoco volvió. La angustia se apoderó de todos los presentes. El tercer hermano bajó también. Nada. Fue el cuarto. Igual resultado. Llamaron a la Cruz Roja. ¿Eduardo se ofreció? ¿No había nadie más? ¿Sospechaba algo?

Eduardo pidió una cuerda. Se ataría a ella y bajaría.

¿Qué pasó por su mente en ese instante?

“Pensé que era gas... a veces hay depósitos de gas que se quedan guardados que luego con un desprendimiento de tierra se abren. No huelen a nada. Te adormecen sin que te des cuenta. Y ahí te puedes quedar...”.

Eso lo entiendo, pero... ¿y su persona? ¿Le pudo pasar igual?

“Sí, pero les dije que si tiraba una sola vez de la cuerda me subieran de inmediato...”.
Me imagino la cara llena de pesar, temiendo los presentes lo peor. La tensión total. Si ya bajaron cuatro y no volvieron, ¿qué pasará con el que sigue? El tiempo corriendo. Hacer el nudo. Empezar a bajar en la oscuridad.

Tocó el suelo. Sintió los cuerpos. Todos inertes. Se sintió desmayar. Tiró de la cuerda. Lo sacaron. Informó: probablemente los cuatro están muertos. Lamentablemente así fue. Cuatro hermanos muertos en menos de quince minutos. El dolor de la familia.


Dolor total. Dolor eterno.

“¿Por qué bajaste tú?”, le pregunté. Me responde: “Lo haces por los familiares. Eso es lo importante, por ellos y porqué ultimadamente alguien lo tenía que hacer...”. Nunca menciona la palabra “sacrificio”, nunca menciona la palabra “deber”.

Al contarlo Eduardo me mira sin ver. No mueve ni un músculo de más. Está concentrado y enfocado. Mi cara es la que está desencajada.

Al final de la conversación me dice: “tenía más de ocho años sin contar mucho de lo que te conté ahora”.

Pienso en ello. Pienso en las familias de las personas que se les murieron hijos, hermanos, padres, madres. Y también pienso en las familias que tienen hoy por hoy hermanos recibidos en su profesión, hijas esperando bebés, padres contentos celebrando un cumpleaños, madres agradecidas en silencio mirando comer a sus hijos su mole favorito, sus tamales de carne, todos los domingos que pueden, todos los domingos extras que pudieron. Los domingos prestados en sus segundas vidas, en sus segundas oportunidades.

Pienso en la moneda en el aire. Cara, te toca vida, cruz, te toca... más bien, no te toca, maestro.

Y pienso en Eduardo, ex socorrista de Zumpango. Tal vez miró la moneda arrojada al aire a punto de caer del lado de la muerte, y en miles de actos que suponían arrojo, desprendimiento del sentido de la autosobrevivencia, del de su propia conservación, en un rapto de disasociación de su propia seguridad, rapto que fue continuo, hecho cotidiano en su vida, casi desaparición de su propio instinto. Pienso en Eduardo que finalmente alcanzó a desviar la moneda y quedó al menos muchas veces, del lado de la vida.

Eduardo el socorrista que siempre lo será. Igual hay muchos como él. Lo sé. El mundo está mejor así. Razones de más para creer en el Mundo con gente así, con aciertos y errores, cualidades y defectos, porque ellos son humanos como tú y como yo, pero aún así...

Eduardo al final sonríe con cierta modestia. Le digo que es mi privilegio haberlo conocido. Está contento con lo que hizo. Esa es su recompensa, me dice.

La mía fue escucharlo.

Nota extra: Lo más triste del caso, un año y meses de que escribí este artículo, es saber que Eduardo tiene cáncer del pulmón y que vive en su casa, casi desahuciado.

Sirva esto como muestra de respeto a una persona que dio mucho por salvarles la vida a muchas otras personas más, mostrando como hay hilos fuertes dentro de esa gran red entretejida que existe entre lo que es la vida y la humanidad.

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