jueves, septiembre 14, 2006

Memorias de mi abuelo a veinticinco años de distancia


Mi abuelo cumplió esta semana veinticinco años de no estar aquí…

Escrito hace quince años y publicado por estas fechas, lo publico de nuevo.

Incluyo esta foto de una escena quizá realizada en 1964 o principios de 1965, cuando el Rancho Santa Martha estaba lleno de sueños… Mi abuelo es el de la extrema izquierda. Mi tía, “La Guera”, al frente, mi tía Lucha caminando. Al fondo está un pequeño almacén, hacia atrás estaría en varios años, otro almacén conocido como el Gallinero.

Como es costumbre en esos meses en esos lugares, debió de haber habido un frío de los mil demonios.


Lo que sigue me suena a las "composiciones" que hacíamos cuando estabamos en primaria o secundaria.

Es relativa a mi abuelo paterno, como ya se habrán dado cuenta.

Él nació en Camargo, Tamaulipas el 21 de enero de 1907 y no por desmerecer a mi abuelo materno, el cual nació hasta 1921, pero mi abuelo paterno fue más mi último nexo con un pasado ya muerto y remoto pero no olvidado.

La primera memoria que tengo de mi abuelo se remonta a cuando estába yo de unos cuatro o cinco años, allá en el rancho Santa Martha, lugar de dos hectáreas que él tenía por la carretera de Monterrey a Reynosa en el kilómetro 145 (luego redimensionaron y quedó en el 154), como a tres kilómetros después de Peña Blanca, y más precisamente a 100 metros después del Número Tres (que así se llamaba o llama la ranchería).

Por razones que desconozco a mi abuelo le gustaba el rancho (no puedo decir que le gustaba el "campo", porque diciendolo así me imagino un paisaje de planicies, praderas y arboles frondosos del tipo de los que salen en películas, y para nada, que el concepto "campo" a mí me recuerda más los terrenos áridos, de agostadero, con múltiples huizaches, mezquites y demás matorrales espinosos que son bastante frecuentes en la región del norte de México, especialmente en el municipio de General Bravo; eso es parte de mi concepto de "rancho", no de "campo"), y por tanto solo muy pocas veces él salía del rancho para ir a Monterrey, a la casa de mi abuelita.

Cuando coincidíamos él siempre nos quitaba la tele, él prefería ver "Estrellitas del Doce" y mientras que nosotros detestabamos ese programa, lo que queríamos era ver a "Gilligan" o a "Mr. Ed".

También estaba su caracter. Era muy enojón, es más, me quedé corto, cuando le colmábamos la paciencia más bien se volvía un energúmeno. Cuando estaba de mal humor, la situación era "¡sálvese quien pueda!", sobre todo sí nosotros fuimos los causantes. Tenía la mano pesada, muy pesada.

En tiempo de frío (y vaya que hacía frío por aquellos lugares), siempre estaba él con sus pantalones color caqui (nunca lo vi con otro colores, excepto en bodas), su chaqueta y su gorra para las orejas. Y siempre nos ponía a hacer algo, no le gustaba que no tuvieramos nada que hacer.

Barrer, limpiar, mover cosas, sembrar sorgo, ayudar en la fragua, (yo de nueve años sosteniendo, a como entendía, con unas pinzas de presión una defensa de camioneta Chevrolet 66 con una sección al rojo blanco, mientras que don Fidel, el herrero, dejaba caer a toda velocidad un mazo hacia el pedazo de metal doblado, acto seguido, un poderoso ¡BLAM! que casí me hace perder las pinzas de las manos, lo que de haber sucedido me traería consecuencias catastróficas), arrear vacas, cortar maíz, desgranar, traer tortillas del Restaurante El Lucero a trescientos metros de distancia de Santa Martha, mover pastura, sacar agua de la noria para llenar barricas de doscientos litros, regar los arbolitos de atrás de la casa, y tantas otras cosas que ya olvidé.

Pero lo que no olvidé ni olvidaré, era lo que tenía al fondo de la casa. Todo en relativa oscuridad. Arriba de un escritorio, acomodadas en hileras, un montón de revistas Selecciones y Contenido. Por allá, un diccionario Larousse deshojado probablemente de 1946 y más hacia la pared, una caja metálica de galletas sin galletas. Durante todo el verano de 1972 esas revistas y libros fueron mis únicas vías de comunicación con el exterior.

En las noches no teníamos luz eléctrica, usábamos una lampara de gas, a la cual me permitían prender, nada más que tuviera cuidado. También prendíamos una lámpara de petróleo de las que luego vería en abundancia sólo en películas.

En esos momentos de quietud, mi Abuelo organizaba juegos de lotería, y la jugábamos con entusiasmo. A veces me daban oportunidad de leer las revistas casi sin luz.

Al día siguiente de nuevo lo mismo, siempre él nos despertaba para empezar a hacer cosas, no a trabajar, claro.

Y así día tras día.

La escuela llegó y solo volvimos al rancho esporádicamente. A mi abuelo lo seguimos viendo al igual que al rancho, de vez en cuando.

Sin darnos cuenta, las visitas al rancho cada vez fueron menos.

Cuando metieron agua a la casa del rancho, también metieron baño y regadera. Cosas del destino, mi abuelo ahí se quebró la cadera o algo así. Lo trajeron a Monterrey y poco a poco se comenzó a habituar en la casa de mi abuela. Él, que era tan independiente, de la noche a la mañana no pudo evitar ser lo contrario.

Me pidió que le comprara una lupa porque ya no podía leer bien. Lo hice, y fue por ese tiempo, 1979 o 1980, cuando empezamos a platicar, de cosas, del pasado, de su pasado y empecé a conocer esa otra parte de la personalidad, la que me habla del ser humano en sí misma y no de la entidad institucional que conocemos como "abuelo".

Al platicar con él traté de conocer la faceta personal donde de alguna manera conectamos nuestro pasado y nuestro futuro, en donde nos damos cuenta de algo del origen de lo que somos y del porqué lo somos.

En aquellos momentos me platicó anecdotas particulares (una con don Marte R. Gomez, Secretario de Agricultura de ese tiempo, 1948), historias (sobre todo de cómo hacía para resolver problemas de sus cosas), me habló de poemas que aprendió de cuando era joven, y de muchas otros temas más.

Esa era la faceta más personal y real de un hombre que vivió y que se casó con una mujer, y que tuvo hijos y que luchó y que trabajó día con día solo teniendo en mente el bienestar de su familia. Un hombre que existió realmente y que tuvo sus virtudes y sus defectos, al cual ya no podré ver nunca más.

Cuando uno se encuentra con el terrible abismo que se descubre al examinar fríamente las absolutas palabras de NUNCA y SIEMPRE...

Cuando voy a McAllen, por la antigua carretera, paso por el antiguo rancho Santa Martha, ahora ya no sé como se llama ese lugar, pero siempre volteo hacia la derecha, hacia el recuerdo, hacia el camino que lleva a la casa, y pienso en el pequeño puente que pasa por un arroyito casi siempre seco, que hizo mi abuelo y donde se lee la simple inscripción "2-04-1966 LG".

Son ya diez años y yo... no lo he olvidado.

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