jueves, septiembre 07, 2006

Memorias (no arrepentidas) del Sonido Disco



Imagínate por un momento el lugar donde la Silver Convention grabaron el tema de Get up and Boogie, con su sonido tan sibilante como serpiente, su bajo uno tras otro rasgueado y de alguna manera punzando en nuestro diafragma dándonos lo que necesitamos: un ritmo sincopante, que hace que nos dé una sensación de serotonina en nuestro cerebro equivalente a un gran shot de adrenalina inyectado directo en el corazón, si quieres no exactamente como el que le tuvo que acomodar John Travolta a Uma Thurman en Pulp Fiction, pero sí al menos de algo que te rejuvenece y que trata de meterte dentro del alma de un muchacho que va creciendo de 15 años en el cuerpo camino a su inermidad de 43 años.

That’s right! Get Up and Boogie! gritaban, interrumpían, exigían que te levantaras a bailar, a bailar... ¿qué?

En ese momento no se sabía con claridad ya que de hecho no había una definición propia del ritmo en sí. 



Ahora, si gracias al paso del tiempo nos dimos cuenta en retrospectiva de que el concepto definido y delimitado conocido como el de música disco existió con fuerza y con, digamos, cierta madurez, pues el año de 1976 fue con certeza una época que podríamos llamar pre-disco o Disco Pre-Clásico.

Y si dedicamos un poco más de atención a este punto de llevar con cierta corrección, propiedad y decencia, esta cronología, de hecho ese año gringo-bicentenario a lo mucho dieron de sí las piezas de You Should Be Dancing y Night Fever, ambas de los Bee Gees y la de A Fifth of Beethoven, de Walter Murphy ya que fueron parte primordial del soundtrack de la película de Saturday Night Fever.

Como ya olvidada e innecesaria nota de pie de página, esa Quinta de Beethoven de Murphy fue la música que llegó a utilizarse utilizar de cortinilla en las transmisiones de Televisa de los Juegos Olímpicos de Montreal de ese annum mirabilis de 1976, el año de la-inmortal-y-bellísima Nadia Comaneci y del gran Daniel Bautista.

Bien, la película estelarizada por John Travolta (que, ya dijimos, fue quién le clavó ese mencionado shot de adrenalina a Thurman, a 17 años después de bailar More than a Woman) fue la que comenzó con propiedad el período Disco Clásico que duró entre 1977 y 1979, agregando Y.M.C.A. de Village People, Disco Samba, por unos brasileños, Born to be Alive, de Patrick Hernández, los éxitos de Gloria Gaynor (I Will Survive, ¿hay otro éxito de esta mujer? Sí, How High the Moon Is) y los del grandioso K.C. and the Sunshine (con That’s the Way (I Like It), y sobre todo el inmortal I’m Your Boogie Man con su grandiosa introducción).

Nada más para precisar, el período anterior a éste fue el denominado Disco Pre-Clásico que abarca de los años de 1974 a 1976, con prominentes piezas como la de Disco Lady de Johnny Taylor, More, More, More de la ex actriz porno Andrea y su Andrea True Connection, la de Rock the Boat de, de, de ¿?, The Hustle, de Van McCoy, Berta Butt Boggie, de, de, tampoco recuerdo de momento.

Posteriormente al Disco Clásico tenemos el Disco Post-Clásico, que fue más corto, de 1979 a 1980, con piezas como la de Ring My Bell de Anita Ward, In the Bush de Musique, Brickhouse de Commodores, terminando posiblemente con Funkytown, de Lipps, Inc. y la inmortal Ladies Night de Kool and the Gang, entre otras, ya en este sentido de relación de hechos que trata de ser fiel a la memoria, este Disco Post-Clásico decadente por así afirmarlo (de lo cual puedo apuntar que tengo un amigo que de seguro me diría que la frase “sonido disco decadente” es en sí misma una triple oxymoron por donde se le vea) no duraría mucho ante el embate del New Wave Post Punk de The Clash y de Talking Heads y del Nuevo Romanticismo de The Motels, The Police y de Duran Duran.

En Monterrey al menos la música de Silver Convention se colocó con fuerza por donde se le vea. Es de notar que estos datos sólo los saben unos pocos y yo, no por falta de ganas, sino que además son calificados (o descalificados) como intrascendentes por unos y de poca valía por otros.

A ver, pensando un poco, si no fuera, y pensándolo bien, por los programadores de estación de música en inglés de aquellos años NADIE DARÍA UN CACAHUATE POR ESTA MEMORIA DE LA SILVER CONVENTION.

¿De qué sirve recordarla? ¿Dónde está el valor de la misma memoria?

Sigamos la discurrencia:

Silver Convention. ¿Un grupo de blancos y negros de origen alemán? Mmm. ¿Dónde está la parte aria del asunto? Y si recordamos más llegaríamos a... Boney M, eran mulatos, ¿no? Hasta la misma Donna Summer supuestamente grabó en Alemania, por la relación que tenía en aquellos años con su productor-sintetizado Giorgio Moroder y que hizo sus pininos (vaya pininos) con la grandiosa Love to Love You Baby con lo inaudito en aquellos años de la Summer con sus quejidos suaves, armoniosos, definitivamente orgásmicos, ¡qué fueron emitidos en su versión larga por 18 minutos hace 30 años! ¿Dónde quedaba la moral que por todo truena hoy mismo?

(Algo ha pasado desde esos tiempos lejanos, entre otras cosas, la moral se elastizó, se contrajo, se expandió y se relajó, todo en múltiples niveles y en múltiples horizontes y dimensiones.)

La Silver Convention eran para esto, según la imagen de la portada del disco LP, un grupo disímbolo de blancos y negros que tocaban la siguiente retahíla de canciones: la clásica Fly Robin Fly, el seductor The Boy from O-La-La, la meditabunda Son of a Gun, la estrambótica Play Me Like a Yo-Yo, el elegante San Francisco Hustle, la mencionada Get up and Boogie, la tranquila Thank you, Mr. DJ, entre otras (para esto, una ex Silver Convention, Penny Mclean, tuvo un éxito moderado posterior con una pieza memorable que se llamó Lady Bump).

Según Polo Álvarez, mi sensei musical, quien estuvo al frente de varias estaciones de radio aquellos locos años de mil novecientos sesenta y setenta y ochenta y tantos, me cuenta que ellas colocaron en el gusto del público de Monterrey, en la XERG, sobre todo la estación del momento, etc, el 75% de las canciones de ese preciso LP.

Para darle significado a lo anterior es de notar que en los USA, sólo se colocó la de Fly, Robin Fly y la de, a lo mucho, Get Up and Boogie, queriendo decir que fue “el gusto del público” local, sea lo que sea en su significado, más que la imposición de una tendencia general como las que tradicionalmente marcan los Top Forty del Billboard, quien fue quien dio ese éxito a la banda de la Silver Convention en la ciudad del cabrito.

Entonces, esta pieza, con sus rítmicos sonidos que ordenaban ir a bailar, son los que llenaban esa parte de mí que buscaba un sentido musical armónico con cierta mezcla de sensaciones que no podían ser más que el desborde de una alegría de estar vivo. 



Aún y que el estreno de Saturday Night Fever significó en lo popular la condensación de lo que debería ser una disco y sus extravagancias y manifestaciones culturales, de alguna extraña manera sugería, y en ciertos puntos, imponía, como deberían de ser las cosas, en como se debe de conducir un chico en un baile, aun y que esos patrones de conducta ya en sí eran muy disparatados para el grueso de los habitantes de este planeta Tierra, pero ni modo, eran contra los que se comparaban: el vestir bien, el bailar bien, el atraer bien, el tener sexo bien, incluso.

Los pobres mortales que íbamos en camión a la escuela no teníamos mucho presupuesto disponible y sólo descansábamos en la información que se recababa en los descansos en la prepa sobre todo, o después en la que se dio una especie de intercomunicación para saber dónde había bailes a través del correo electrónico o chat de entonces, el legendario C.B. con su célebre “breika, breika”. Así sabríamos donde sería la cita en la noche.

Finalmente, aquellos fueron los años en que escuchábamos el radio AM y FM, al éxito de moda, mientras íbamos en el carro con alguien de salida de la escuela, mientras estábamos en casa haciendo la tarea, mientras íbamos al baile del viernes o el baile del sábado, que en Monterrey eran los que formaban los efímeros lugares de reunión (no había el dinero o la edad para ir al Sgt. Pepper, o a la Ajá) en casa de alguna quinceañera desconcertada que era invadida por hordas de muchachos desconocidos que anhelaban entrar, y que buscaban a una de las chicas dentro del baile, normalmente detrás de la reja, o en la plena oscuridad de las entradas de las casas para que ellas fueran a convencer a la quinceañera para que le dijera al de la puerta (alguna tía, amargada y fría, sin sentimientos) que nos dejara entrar.

Ya cuando de milagro estábamos adentro (algunos lo logramos con la mitad de la mitad de alguna invitación original):



los focos acomodados para prenderse y apagarse al ritmo de la música, el bom-bom-bom-bom sincopado con el que se metía al ritmo cardiaco, 


la media luz con la que se medio buscaba en la penumbra que la chica que querías estuviera esperando ahí sentada, 


el estúpido amigo tuyo de la escuela que te acababa de reconocer y con quien tú no querías estar al lado de él porque te “estropeaba la oportunidad” de bailar con la más bonita a la que tu status estético varonil pudiese aspirar, 


la fila interminable de chicas sentadas fingiendo que no estaban nerviosas por ir a bailar temiendo la vergüenza-humillación que tendrían conforme pasaban las horas si no las sacaban a bailar, 


el chico que estaría siendo empujado por los demás amigos para que él sí sacara a bailar a alguien, a la que fuera.

El no querer abandonar la zona de seguridad en donde tus amigos se la pasaban fumando con todo nervio sintiendo que los cigarros se iban a acabar pronto, 



que el mayor de los amigos o conocidos seguía bailando con la que te gustaba, que el tiempo se estaba acabando y que no sabrías como regresar a tu casa, 


que había muchas parejas bailando al parecer muy a gusto, que la pieza que más te agradaba y que querrías bailar ya acababa de pasar, 


que temías que llegaran las “calmadas” porque si no lograste bailar las "movidas", menos ibas a poder sacar a una desconocida para que bailara pegado contigo, 


o el problema de no saber que decirle a una chica en el sentido de querer conocerla pero no tener el arrojo o valentía o atrevimiento promedio del joven promedio.

El reconocer cierta zona de chicas como la del “squash” porque el que fuera, el que fuera, era rebotado de ahí sin clemencia, 



el sentir de que si eras rebotado por una, eras rebotado por consiguiente por todas las del grupito. 


El tener que irte con el “ride” temprano porque no había opción mientras te estabas divirtiendo como nunca con una chica que estaba a punto de pasarte su teléfono. 


El saber que afuera iba a haber un conato de bronca con un tipo a quien le caías mal y que cometiste el terrible error de haber sacado a bailar a su ex novia y con la tragedia pendiente de todavía él no enterarse de ese cambio de su estado civil (no había Facebook todavía).

La decepción total cuando ibas con una chica no muy agraciada (la verdad la verdad, solo lo que querías era bailar, divertirte), y nada, que ella te decía que no rotundamente. Y todos se daban cuenta.

El reconocimiento de que tenías un coeficiente social de -300 cuando no sabías de que hablar con la chica en la pista de baile a la hora en que estaba un cambio de canción.

El saludar a los cuates que eran los dueños del equipo de sonido, que en ocasiones los veías en la escuela porque eran tus compañeros y veías con gracia que sus bocinas tenían aditamentos hasta con cajas de 
vil cartón .

En un caso, él terrible silencio cuando ya todos se estaban yendo y la soledad que se empezaba a apoderar del lugar cuando sólo se iban quedando los familiares. 



En el otro caso, cuando llegada cierta hora, las rancheras del eterno Ramón Ayala tomando el control del lugar convirtiendo un excelente baile en una pasable tertulia tirando a ya-larguémonos-de-aquí.

Uno de los peores casos cuando llegaba el probablemente-nunca-comprobado gran amor de tu vida y empezaba la susodicha a bailar muy contenta con alguien que evidentemente no eras tú y que nunca se le despegó en toda la inmensa y larga noche, ¡ni en las calmadas, el maldito!

Y dos de los mejores casos cuando saliendo directamente del salón de clases de la UdeM en el vetusto y respetable Labastida, de la clase de Introducción a los Sistemas Computacionales de ICAP, primer semestre de carrera, todo vestido como no se debiera ir vestido a un baile: mezclilla, camisa a cuadros, y tus amigos estaban ahí afuera en el pasillo de los salones, para que fuéramos juntos a la calle de Laredo en Lomas del Valle, porque había un baile de una amiga lejana de uno de ellos y que se convirtiría inesperadamente en un delicioso baile cuando estuviste toda la noche bailando con una chica amable y divertida de la cual sólo recuerdas su blusa moteada tipo leopardo (y que la recuerdas vagamente después de 31 años).

Y el otro caso cuando saliendo hacia otro baile por San Jerónimo, entras y descubres que no hay hombres, la inmensa mayoría de los invitados, ¡eran puras chicas! El verdadero paraíso. Y sin precisamente sin tener que saber bien bailar música disco.


Fueron también los años en que también el sonoro sonido (la redundancia es dulce) que transmitía esa mencionada adrenalina que nos indicaba que había que moverse, 



que nos lo ordenaba de inmediato, sin miramientos, que era inminente, en un sentido de despojarse de las inhibiciones y de buscar a alguien, aunque no la conocieras, con quien compartir esa noción de perdernos en una jungla musical llena de árboles vibrantes a las cuales aferrarnos y correr por los senderos juntos, riéndonos, exaltados, 


con el corazón perlado de sudor, quedando extenuados al final como si hubiéramos sido exprimidos de todos los esfuerzos posibles de nuestra alma, sólo mientras no empezara otra pieza más por las negras bocinas gigantescas y ensordecedoras, que nos llevara a ese mismo lugar, 


entregándonos la promesa de otra visión, todo para volver a vivir desde lo más alto de esos árboles, poder mirar arriba y ver juntos un cielo estrellado que sonriente estaría también satisfecho de vernos contentos por un breve momento en el que llegamos a ese paraíso temporal lleno de vibra que golpeaba inclemente justo donde está el corazón y el bien sentir, el bien vivir.

Cada noche de cada viernes, cada noche de cada sábado, refugiada la esencia en la temporalidad eterna del recuerdo, de cuando tenías diecisiete años y pensabas que ibas a vivir para siempre...




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