viernes, septiembre 29, 2006

Metrópolis de Tezuka, festín para los ojos

Acabo de ver la película de Metrópolis de Ozamu Tezuka, (llamada Metoroporisu y dirigida por Rintoro, así nomás, Rintoro, de 2001), por el Cartoon Network, ni más ni menos, película que está basada en la película de Fritz Lang, la original Metrópolis de 1927.

¿Por dónde comenzar? Creo que lo haré por la original.

Metrópolis de Lang es de la época en la que las películas eran mudas, pero tomando en cuenta que películas son películas sin importar si tienen sonido o no, se debe de destacar lo que es posible lograr con un derroche en todos los sentidos: de técnica, de dinero y sobre todo de imaginación, y todo en la dosis correcta alcanza a ser una obra futurista ciento por ciento, en la que la utopía se vuelve distopía para finalmente volverse vida como debiera de ser (teóricamente hablando, claro).

Primero que nada, la película original de Fritz Lang es una obra maestra por donde se le quiera ver y que a través de su historia cuenta como el mundo básicamente está dividido en privilegiados, que son los pocos, y en los no privilegiados, que son los muchos (bueno, pensándolo bien no hay nada nuevo aquí), en lo que existe un al parecer equilibrio en que aún y que se aparente la estabilidad y el orden siempre están al acecho los elementos de ruptura ya que las cosas en el Universo no pueden seguir de cierto modo fijo para siempre, conforme las leyes de la Historia sobre los eventos humanos.

Lang nos lanza imágenes tras imágenes, poderosas y equilibradas en su inercia, con los peligros de la automatización in extremis, como cuando aparecen los obreros como grupos de masas informes llegando al trabajo en grandes cantidades para realizar operaciones brutalmente mecanizadas, unos tras otros, entrando y saliendo, todos en procesión uniformados, en filas correctas, al parecer haciendo lo mismo cada quien en cada larga jornada sin detenerse jamás a descansar.

Esto puede afirmarse que es un reflejo de la época ante la desconfianza de la mecanización total industrial que estaba tan en boga desde hacía más de cien años, y que despertaba la alarma en muchísimos círculos intelectuales, de pensadores y de artistas, motivándolos a realizar manifestaciones en forma de crítica o de condena, definitivamente nadie hacía defensa de lo inhumano; de ese modo tenemos a Charles Chaplin que lo haría en 1934 desde su obra de Tiempos Modernos.

Tanto en Metrópolis como en esta película de Chaplin se recurre mucho a mostrar las maquinarias en sí como complejos cuadros plásticos compuestos de inmensos engranes y pistones envueltos de vapor, que vendrían a ser los preludios a lo que el mismo Diego Rivera prepararía en su propio ámbito cuando hiciera los murales para la Ford en Detroit en aquellos años 30’s; y más allá en el paso del tiempo se continuara como una introducción a las Sinfonías Industriales de las que David Lynch nos enseñaría en sus documentales de los 80’s

Estos esfuerzos diversos más que nada son una clara muestra de una especie de fascinación y amor por la máquina exacerbados que tal vez para nosotros en esta época nos parezca un tanto distante y exagerado.

En la película original de Lang aparece una conspiración en la que se trata de crear un robot igual a una hija privilegiada de sociedad para reemplazarla de tal forma que fuese a encabezar una revolución. Se da la rebelión y todo queda a punto de romperse totalmente, el desastre como siempre, llama, hasta que el bien triunfa y el orden se reestablece cuando se decide que las manos (los trabajadores) y el cerebro (las clases privilegiadas) sean unidos a través del corazón (o el entendimiento, el amor y la comprensión), de ese modo la utopía-distopía daría la bienvenida a lo que sería un paso más allá de la normal esclavitud de los hombres por los hombres.

Película llena de detalles y como mencioné, de amplio presupuesto, que durante los años 80’s fue puesta en circulación de nuevo para mostrarse al público con filtros de colores durante ciertas escenas y con una nueva pista musical, arreglada, muy evidentemente agregaría yo, por Giorgio Moroder y encabezada por un grupo de rockers importantes tales como Jon Anderson de Yes y sobre todo, sin jamás disminuirlo, por el gran Freddie Mercury.

Ahora llegamos a Ozamu Tezuka.

Los japoneses son gente de muchos recursos y jamás se les podría acusar de querer mal a sus ídolos. Ozamu Tezuka es el creador de muchos de los dibujos animados que luego fueron a invadir las televisiones vespertinas de muchos hogares en los que había niños.

Entre ellos están Kimba, el león blanco y sobre todo sobre todo, el famoso Astroboy. Al encontrar la fórmula de minimizar las caracterizaciones en dibujos animados de la expresión humana (seguido del uso continuo de ojos grandes en los rostros de los personajes, dándoles una apariencia decididamente occidental) pudieron superar las dificultades técnicas y así concentrarse en la historia. Sus temas fueron siempre una búsqueda de la individualidad por un lado y la lucha por proteger a los desamparados de lo que corresponde a entender como el mal que nos acecha y del que no podemos salir de él solos. Sus temas, son el valor, el coraje, la amistad, y la lucha por la justicia, no poca cosa.

Tezuka jamás paró. Al final de su vida Ozamu Tezuka incluso construyó una historia alrededor de Adolfo Hitler en seis tomos que se llamó precisamente Adolf que si acaso es algo absurda en su premisa, no deja de ser interesante y absorbente. Murió en 1989.

Tanta fue, y es, su influencia que los de Disney Company, esos depredadores de imaginación que embarcan grandes proyectos para niños y grandes y que tienen que reflejarse en subida de acciones y entrega de dividendos, hicieron su propia versión de un león rey de la selva que casualmente se llamó El Rey León (la originalidad mata mata mata), en que un “Simba” luchaba contra enemigos por hacerse rey ya que su padre había muerto asesinado cobardemente, y que tenía por ahí a un mandril como consejero, entre otras cosas (Kimba por supuesto, también lo tenía y antes). Pero los de Disney jamás han reconocido que son ladrones de ideas frente a la evidencia y pues así quedó.

Tezuka dibujó el comic relacionado con Metrópolis allá por la segunda mitad de la década de los cuarentas y se comenta que jamás vio la película original, pero eso no es raro ya que hay creadores japoneses que parten de creaciones para mostrar sus propias visiones. (Nada más por no dejar, ellos sí reconocen que lo hacen.)

Katsuhiro Otomo el escritor del argumento, es el creador de Akira y de las Leyendas de la Madre Sarah (en el que sólo escribe el guión), entre muchísimas historias mas, sobre todo es muy popular en todo el mundo porque creó a Akira, (más de dos mil páginas) la historia de un joven japonés que lucha por sobrevivir de manera un tanto violenta y existencialista en lo que queda de Tokio, o más bien como se acostumbra en estos casos, de NeoTokio. Mezcla de cyberpunk y de filosofía, monstruos, soledad, existencialismo y Apocalipsis, Akira fue un exitazo.

Ahora los dos, Tezuka y Otomo se unen de cierto modo en la película de Metrópolis en la que dan muestras una vez más, de su lirismo y de su increíble potencial imaginativo.

Otomo acaba de terminar hace dos años Steamboy en la que se muestra una historia eminentemente de ciencia ficción en un ambiente victoriano incluyendo campiña inglesa, máquinas de vapor ad nauseaum y sobre todo los impulsos militaristas de los que adolecían las potencias colonialistas de vocación durante la segunda mitad del siglo XIX.

Película para mí incomprensible y llena de detalles bélico-balísticos hasta el exceso, Steamboy no deja un buen sabor de boca, en ocasiones mostrando su poderío en forma de una nave gigantesca que por lo mismo de su tendencia beligerante palidece al compararla por decir con el Castillo Vagabundo de Hayao Miyazaki, la cual es una obra llena finalmente de sensibilidad humana.

Pero el caso de Metropolis no es el de Steamboy. No soy propiamente el adecuado para evaluar anime japonés ya que en mi perspectiva no conozco muchas obras del tema, si acaso las más populares (tal como la Princesa Mononoke, también de Miyazaki, que es a todas luces maravillosa en su compleja animación por un lado, y en su nada común planteo de ideas en el tema de la protección del ambiente para decirlo en su total simplicidad, llegando hasta lo cósmico imponente tomando en cuenta tres puntos de vista equidistantes entre sí) pero lo que sí me puedo atrever a afirmar es que Metrópolis muestra un mundo basado en el de Lang pero de cierta manera y con toda proporción guardada deriva más allá del planteamiento estético de los diseñadores de Lang, que demostraron su respeto por la magnificencia romana, de la cual heredamos ese gusto que tenemos los humanos por los grandes monumentos de los que incluso Hitler, como buen fascista que fue, también quiso dejar ese tipo de huella (como lo han demostrado las maquetas de lo que sería el Nuevo Berlín que sería construido a partir de la victoria alemana en la Segunda Guerra Mundial, que como todos sabemos sólo se ha podido dar en las historias alternativas de la ciencia ficción del cine y de la literatura) en el universo.

De esa forma la ciudad de Metrópolis en la película es compleja hasta para describir en un párrafo lo bello que son los cuadros realizados en esta película durante los 120 minutos que casi dura, y no se trata de tapar el diseño de una película original de 1926 con uno propuesto en esta época realizado por ejércitos de diseñadores que ahora no solo traen en su mente esa propuesta original urbana post modernista sino las nuevas, sobre todo las de Blade Runner tal como los demuestran los amplios espacios llenos de videos con comerciales de tamaño de un edificio (como están probablemente ahora mismo en la Plaza de Ginza en Tokio, en Piccadilly Circus de Londres, o en el mismo Times Square de Nueva York, todos circa 2006).

Cuadro tras cuadro pasan delante de nosotros que de haber sido DVD la proyección (haciendo honor a como se llamaba el proceso de exhibición de una película) hubiera sido detenido cada dos minutos por un minuto para poder asimilar y captar en toda su extensión lo que nos están proponiendo.

Así el diseño gráfico de los niveles urbanos superpuestos: arriba, la gran y hermosa ciudad donde están los privilegiados, que disfrutan a todas luces (literalmente) de los encantos de la gran ciudad planeada con detalle y con esa magnificencia, pero que de cualquier modo no alcanzan a ocultar que debajo sigue (y seguirá) existiendo la inmensa clase de desposeídos que desean alcanzar una parte de los beneficios que la clase gobernante obtiene. Lo social jamás puede faltar.

Las historias aquí difieren un poco. Mientras la película de Lang se enfoca hacia la lucha de clases evidentemente, la película del Metropolis de Tezuka deriva una vez más hacia el cliché del robot, o del Frankestein, que desea destruir a la humanidad, y que llega a tanto el asunto que se vuelve casi apocalíptica hacia el final, como el camino que demostró con suficiencia el bueno de Akira.

Sin embargo hay amor, hay ternura, hay compasión, pero así también hay desprecio, crueldad y deseo de destrucción. La ambición es humana. La robot más avanzada llega más adentro todavía que los replicantes de Blade Runner, ¿soy humana? Pienso, ¿luego soy de plástico y metal?

Pero antes de que suceda eso nos quedamos con esas imágenes de una ciudad bella, magnífica, sobrecogedora por los amplios espacios (por inhumanos que puedan ser) en los que deambulan sus habitantes junto con robots sirvientes, además de uno que otro robot capaz de hacerse preguntas existenciales, consciente (ya una palabra muy atrevida para ser robot) de la violencia en la humanidad para así querer encontrar humanidad en la violencia.

Muchísimos de los planos de la película de Metropolis de Tezuka están para admirarse detenidamente. En ocasiones miramos callejones y por un segundo nos preguntamos hacia dónde irá tal o cual pasadizo, tal avenida, que habrá en tal negocio, como sería tomarse un café en ese pequeño restaurant al pie de esa gran plaza frente a los monumentos, junto con las palomas, en ese equivalente de Plaza de San Marcos retropostmodernistautópica.

Es tal lo que roba el diseño la película que en ocasiones no nos damos cuenta de algún diálogo, tan ensimismados que estamos en el diseño o perspectiva en la pantalla. EL detalle es fastuoso, como lo diría un famoso crítico, es impresionante cuando vemos como un personaje examina un libro antiguo para después observar como se le pierde una hoja al mismo, la hoja cae en lentitud, como hoja de árbol en otoño, y la pregunta es: ¿cuántos segundos de animación fueron eso que es un simple y sencillo detalle que muchos ni se dieron cuenta?


En otros momentos nos preguntamos como fueron diseñadas tales tuberías, tales conductos industriales, que motores, que procesos habrá debajo de ese vapor, de esa electricidad, de esa nave industrial, de ese horno, de esa planta de energía de esos generadores.

En ocasiones las tonalidades nos recuerdan algo del diseño original de aquella película de El Señor de los Anillos, la versión de 1979 filmada por Ralph Bakshi, que nos dejó asombradísimos cuando la vimos en aquellos años de principios de los 80’s (de la que Bakshi solo alcanzó a realizar la primera parte y que pero por supuesto nos dejó en la confusión total al no poder entender nada de la historia, ya que los libros de la colección de Tolkien, ediciones Minotauro, eran rarísimos y los fuimos a leer sólo hasta años después de la película, claro con lo de la películas recientes, ya ni quién se acuerde de esos tiempos heroicos).

Es cierto, en un momento aparece la rebelión que también apareció en la película de Fritz Lang, una revolución que lleva a la conclusión que mencioné arriba, aquí en la película de Tezuka no, aquí la revolución fracasa y no se vuelve a saber nada de los revolucionarios, huele a traición de alguna parte.

Las esperanzas de los pobres han sido aplastadas sin misericordia. (Un drama de la vida real).

Siempre habrá una atracción para los realizadores de todas partes y de todas las épocas el exponer las desigualdades humanas (por eso existe la narrativa en sus miles de formas e interpretaciones), para eso recurrirán a mostrar en los escenarios más disímbolos y estrambóticos sus penas y sus glorias.

Por fuerza de contraste, los realizadores, la inmensa mayoría pues, nos enseñan lo blanco y lo oscuro, lo bueno y lo malo, lo rico y lo pobre, los absolutos polos que equidistan en el globo terráqueo, pero el mundo ya no es solamente eso (éste planeta dejó la inocencia de sus guerritas limitadas entre Auschwitz y Hiroshima y antes de Vietnam), y de ello estamos ya todos conscientes. El mundo está lleno, más que de blanco y negro, de muchísimas toneladas de toneladas de tonalidades de gris.

Metrópolis de Ozamu Tezuka, un festín continuo para los ojos que en su inmensa mayoría nos dejan con la boca abierta. Donde la substancia se une a lo industrial, en poesías tersas y mecánicas envueltas de melancolía, poco antes de la conflagración que jamás podrá ser final.

En las grandes ciudades del futuro, la sensibilidad y la necesidad de ser escuchados, y sobre todo, el anhelo de ser libre y de la justa necesidad de bienestar, estarán entremezclados para lograr esa vida que a la que aspiramos, a la paz, la tranquilidad y si es posible, la felicidad que cualquier ser humano merece, sin distinción alguna...


Agradezco la colaboración de Sandra Esther García Besnier y de Luis Eduardo García Besnier por sus acertados comentarios y puntillosas observaciones en la elaboración de este comentario.

No hay comentarios.: