miércoles, octubre 11, 2006

¿Dónde está ahora Ah Chak Wayib, el Gran Soñador?


Ah, Ah Chak Wayib. Búsquenlo en Internet y encontrarán menos de sólo cinco referencias. Una será la de la revista Time (de 14 de Julio de 1997) de donde leí la información hará 9 años. Otra referencia será de uno de los arqueólogos a los que les sucedió el incidente. Las demás referencias caen más bien en lo poético del nombre de Ah Chak Wayib.

Y con razón.

No creo que logre nada si expongo esto aquí. No importa. A menos que alguien le saque provecho a la teoría de los Seis Grados de Separación y que alguien le toque leer esto y conozca a alguien que conozca a alguien que conozca a alguien que sea importante y con Poder de hacer las cosas, con la iniciativa correcta de las cuales, créame, de lo cual adolecemos la inmensa mayoría de los mexicanos, repito, a menos de todo lo anterior las cosas seguirán igual.

Pero alguien más dirá: “Who cares?” y yo conozco a esas personas. Y yo, de poder hacerlo, claro, responderé: “Who cares about your ‘Who cares?’” y así nos la pasaremos en un acto eterno e inútil de tintes recursivos-escherianos.

El caso es que en 1993 en una excavación a todas luces permitida, y bendecida por el INAH, en la esquina sur de nuestro hermoso país, se encontró un altar maravilloso, de ver la foto uno no puede dejar de coincidir: era un monumento preservado maravillosamente inscrito con finos jeroglíficos y escultura en relieve. Tenía la fecha, (que parecía más bien dirección IP) de 9.15.0.0.0., alrededor del siglo VII de esta era.

Ah Chak Wayib era el Gran Soñador o Sahal, o Señor del Bajo Mundo del Rey de Piedras Negras (una de las ciudades estado mayas, no confundir, please).

Se dice que los saqueadores de tumbas, de lo más organizados posible, usan sierras de cadena para cortar “limpiamente” las estelas erigidas en las construcciones, de las pocas que queden por ahí bajo la densa densa densa selva, porque así las pueden transportar de manera más sencilla para después venderlas a colecciones privadas y a museos.

El hacer esto es posible ya que muchos de la comunidad de tales lugares siente poca conexión con los antiguos, y ya muchos siglos desaparecidos, mayas, de esa manera justificando alguna parte de la población ese tipo de actividades cuando la falta de dinero aprieta.

Eso lleva a preguntas de nuestra vida real. ¿Es válido destruir obra antigua, valiosa por mil razones culturales, sola, en la selva, para de ahí sacar ganancia inmediata y de cierta manera mal habida? ¿Es legítimo? ¿Es justo? ¿Es correcto? ¿A la gente que llegó muchos siglos después, le corresponde opinar de la situación? ¿Hasta qué medida?

Se dice que en nuestro país hay miles de zonas arqueológicas sin excavar, otras miles de zonas sin explorar siquiera y otras miles más sin proteger. Eso es descuido de herencia cultural de suma importancia, y eso es también reflejos apenados de país tercermundista en subdesarrollo, o por desarrollar, todo en conjunto envuelto en una tragedia de aristas incalculables.

Cuatro años después el Altar 4 en donde está representado nuestro muy buen amigo antepasado Ah Chak Wayib (excelente nombre) fue cuidado por unos arqueólogos (uno de los que dirigían era mexicano, vaya) para poder ser trasladado a un lugar cercano, más seguro. Pero la tragedia que casi nunca le toca a Indiana Jones les ocurrió a estos amigos: Peter Mathews de Australia y Mario Aliphat de México, renombrados en su campo (búsquenlos en Internet para que vean).

Ellos fueron amenazados por bandidos violentos, por chusmas de personas que ignoraban que hacían ahí y por la cuestión de que muchos de ellos es que no reconocen la autoridad del INAH, ni de ninguna otra autoridad ni estatal ni federal por ser el lugar de “costumbres autónomas”.

Obviamente no toda la gente de la zona es así. Hay gente consciente de su pasado y se puede afirmar que esta es la mayoría, pero ¿qué podemos pensar de una zona en la que la pistola y el machete es tal que, al parecer, las autoridades prefieren darle la vuelta a ese tipo de situaciones?

Hay que recordar que la zona está al filo del Usumacinta, en medio de la selva, al sur de todo México y que desde 1994 está también por ahí la comunidad zapatista que no es muy amigable en principio de muchas cosas de nuestro mundo globalizado.

Volviendo a aquellos días de ese Julio de 1997, al parecer las personas que hostigaron a los arqueólogos les informaron que el Altar 4 no sólo tendría que ser enterrado de nuevo, sino que sería cubierto incluso por una capa de cemento. Ellos mismos, Mathews y Aliphat, fueron obligados a pedirlo y a pagarlo todo. Después el monumento fue reenterrado con ese cemento y además bajo una gruesa capa de piedras.

Mientras tanto, los pobladores confiscaron todo el equipo de la expedición y las notas de campo. Poco después les robaron hasta las botas y los golpearon con culetazos. Sólo se salvaron por caminar descalzos hasta el río y nadar hasta esperar a que un bote pasara por ahí, tal y como ocurrió.

Para acabarla, en esos mismos pocos días después de que pasó el incidente, se les reportó que el Altar habría sido desenterrado y que se habría movido río arriba a Nuevo Progreso, un asentamiento con reputación de saqueo y bandidaje. De eso no hay nada confirmado y así como puede estar en ese lugar todavía, puede haberse destruido o vendido.

Ya que nuestros arqueólogos estuvieron a salvo reportaron todo el asunto con lo cual la alarmada comunidad mundial de arqueología quedo más tranquila, aún y que después mandaron notas de preocupación y protesta por los eventos.

Ahora bien. Esto que narro, como ya comenté, apareció hace nueve años en una revista internacional de noticias. No tengo acceso a muchísimos bancos de información o de datos ya que son privados, tales como los registros de los periódicos que por obvias razones ya no están accesible al público, y puede que ahí venga algo más.

Pero a mi humilde capacidad no he encontrado nada nuevo al respecto. Dentro de un mes, Google, el dios anglosajón de la Información, habrá pasado por los dos lugares en los que guardaré este archivo y así habrá ahora dos puntos de referencia más en los que Ah Chak Wayib, reposará, pensando tal vez algún día en volver a la luz de los suyos en su pétrea magnificencia.

Al ver la imagen del Altar me pregunto, sobre todo en estos días de la Nueva Vieja (¿o cómo decirle?) Piedra de Tlaloc que acaban de encontrar en una de tantas aristas del Masivo Templo Mayor, por más hermosa que sea una piedra y por mas que sea un fino ejemplo de arte maya, ¿tendremos en nuestro país, o en nuestro mismo mundo, tantas piedras y Altares de qué preocuparnos que no nos da, ni nos dará, el tiempo o la voluntad para prestarle atención a ese ya algo olvidado incidente en una remota orilla-recoveco de México, aunque fue ya hace casi diez años y en el que finalmente no murió nadie?

¿O es mejor ni comentar el asunto de nuevo?

Con menores datos ya se hacen historias de las que salen películas y novelas. Historias que comienzan con un sencillo dato leído en un periódico o revistas viejo que un punto aquí y uno allá va saliendo una madeja de pasiones y ambiciones humanas que son de las que salen los hilos conductores de donde se tejen las mejores narraciones, dados los elementos que se destacan.

La historia podría comenzar con: “Johnson y Villafranco se miraron con pesar. Estaban los dos flotando en medio de aguas cenagosas, en la rivera que corresponde a Guatemala en pleno Río Usumacinta. La sangre del pie de Johnson había dejado de manar. –La piedra, Frank, no la hubiéramos podido sacar solos, ya no te atormentes… antes di que salimos con vida… Con dificultad salieron las palabras del neozelandés, en su inglés educado: –Beto, algún día, ya muchos años después de que salgamos de esto, me las voy a cobrar… y no será buscar quién me la hizo, como dicen ustedes, sino buscar quien me la pague…”. Y así podría seguir con escenas situadas en paralelo en Guatemala, en México, D.F., en Nueva York, en Toronto, en Madrid y en Frankfurt; tendría personajes alemanes, chol, lacandones, mexicanos, mayas, norteamericanos, canadienses, australianos y neozelandeses, y posiblemente estaría situada en esta época y en la del Clásico, por supuesto. Quizá sería una narración en primera persona y con tintes de cinismo. O tal vez sería en tercera persona con punto de vista limitado al protagonista. O quizá pueda ser en forma de capítulos cortos con narración en stacatto. O tal vez pueda ser de narración naturalista con ribetes de violencia exquisita. O tal vez nadie jamás se inspire en esto porque ya es tan trillado hablar de arqueólogos superhéroes despojados de su tesoro que uno más sería vomitivo. Sólo faltaría describir la gran bola pesadísima, como meteorito dantesco cayendo por un pasillo. Los dardos, no olvidar los dardos. Y la músiquita.

O eso, o sería toda la cosa muy idealista.

¿Cómo estará el Altar en estos momentos? ¿Alguien la tendrá? ¿Seguirá enterrada? ¿Me quedaré con la duda toda la vida?

¿Se imaginan la piedra? Según la imagen que tengo de la revista es bellísima. El mismo nombre de Ah Chak Wayib, el Gran Soñador, es evocativo de manera suficiente como para querer apreciarla de cerca, examinarla al detalle centimétrico, imaginarla en un altar para un altar en que todas las personas que deseen hacer esa conexión tan evanescente pero tan necesaria puedan verla, admirarla, calibrar por si mismos la sensibilidad del artesano o artesano, artista o artistas que la tallaron hace doce siglos en medio de una mañana de algún mes de, por decir, julio, antes de los grandes cambios violentos de clima, habiendo llovido desde temprano y tal vez el hijo del creador del Altar jugando cerca, escondiéndose de los quetzales y de los jaguares que seguramente no muy lejos de ahí, compartían con los mayas las regiones pre-agrestes, cerca, muy cerca, del Río Usumacinta.

Al final del día, el artista o artesano, junto con su hijo, descansaría satisfecho.

Yo por mi lado, en este año de 2006, sólo espero un día saber el desenlace de esta, hasta ahora, melancólica aventura.

Sólo me queda esperar por los Efectivos y Poderosos Seis Grados de Separación.

Y algún día...

2 comentarios:

GEORGE dijo...

Es lamentable que espacios, donde la inteligencia habita,se cierren una y otra y ota vez...

Luis Eduardo García dijo...

Me imagino que te referías a Víctor.

Y sí, se ha escrito mucho acerca de si fue forzada su desaparición o si es parte de su propia estrategia.

Yo me inclino a pensar que la estrategia que prevalece es la suya, pero que comercialmente lo que le conviene a su consorcio (una entidad comercial a fin de cuentas con propósitos comerciales) es esperar a que se haga menos visible su personaje de Brozo (porque también salió de su programa el viernes pasado), para que vuelva a salir por algún canal de Televisa en enero...

Pero como dije arriba, prefiero a Víctor antes que a Brozo...

Cosas de la esquizofrenia vista desde fuera...

Saludos

Luis