jueves, octubre 26, 2006

Las Campanas Doblan por Oaxaca



John Donne y Ernest Hemingway tenían razón. Si la humanidad es un todo, la muerte de un solo ser humano disminuye a la humanidad y por lo mismo me disminuye a mí. Por tanto no preguntes por quién doblan las campanas. Están doblando por ti y por mí.

La imagen es clara y duele en todo lo que da.

Unos tipos soldando las puertas de metal de una escuela para impedir que entren los padres a reanudar las clases para sus hijos en su propio intento, quizá envuelto de un dejo terrible de patetismo, pero realizado ya no con la mejor intención, sino con el deseo de hacer algo, lo que se pueda, lo mínimo que se pueda para disminuir el daño.

El gran daño.

La imagen de la barbarie. De la violencia. De la ignorancia. Del deseo de que las cosas sigan así. Del deseo ESTÚPIDO de que las cosas sigan así.

Le contestaba a mi amigo Jaime acerca de Albert Camus y su filosofía del absurdo, respecto a que la vida es así básicamente, absurda.

Y es que si no la vemos así, ¿cómo entenderla? Aún así, es tan extraña, tan ilógica, que nos quedamos sólo en el débil intento.

Llegamos aquí a través de medios muy extraños, es decir todos fuimos producto de la persistencia, resistencia y perseverancia de un espermatozoide entre decenas de millones y de un solitario óvulo dado que dio en suerte que fue precisamente el que se desprendió de su ovario el día en que se juntaron esos dos elementos, y de ahí fuimos creados (no puede ser magia ni milagro ni nada así, tan cotidiano que se hace el asunto después de pensar un rato en el), eso en la parte de herencia que nos corresponde.

Es un encuentro absurdo, ¿no? ¿Dónde está la lógica en esa creación? ¿Dónde está lo divino?

Luego por los factores externos por los que se conoce el concepto de vida cotidiana y sus múltiples vicisitudes en las que estamos envueltos, es como llegamos a que vivimos en un absurdo directo de cual nadie, pero nadie tiene una idea, y a lo que puede aspirar la gente, los más sabios si se quiere expresar de ese modo, es a tener una idea de ello, una aproximación a la seguridad interior, pero si analizamos con prontitud el asunto, jamás nadie tendrá la plena seguridad, más que en su propia mente, sólo tendrá la creencia o ilusión de que es una seguridad de lo que es la vida, lo cual en sí es vivir la ilusión de la misma y para muchos es suficiente.

El caso de Oaxaca, llegando de lo aparentemente sublime a lo claramente patético es también absurdo, porque si tratamos de explicarnos en la mejor de las luces posibles que es lo que hay dentro de las personas y sus así-llamados-cerebros que se atreven a soldar las puertas de las escuelas para que estas no sean abiertas por los padres hartos de tanto desorden, es entonces cuando nos quedamos con la cara estupefacta y nos preguntamos que tendrán esas personas en eso que aseguran tener dentro de sus cráneos, y amargamente nos quedamos en la confusión al querer respondernos sobre el porqué no pudieron encontrar otra manera más efectiva para protestar en el todo y el porqué hay otras personas que sencillamente lo han permitido todo: alterar el orden, vejar a personas que ellos perciben deben de serlo, tomar rehenes a una población que se cree inerme, y vituperar un gobierno estatal inepto en el tema de negociación.

Hay muchos ángulos aquí y muchos de estos, si no todos, ya han sido tratados en los ríos de tinta en tantos editoriales de todas partes desde el mero principio del conflicto. Es decir, no hay quien haya mostrado el repudio hacia esta manera tan bárbara de mostrar una furia o una petición, otra vez el calificativo, de absurdas.

Los hechos están ahí. No he estado yo allá para explicarlos, no tengo los medios, sólo sé lo que tengo enfrente, y lo que percibo gracias a mis sentidos y a lo que deseo explicar a través de mi (pobre y definitivamente sesgada) razón.

Pero allá en Oaxaca se pueden ver los hechos y todo lo que resulta de este tipo de escritos no es más que dejar una sensación de angustia que por más que amanece y anochece queda igual, ¿y si mis hijos estuvieran ahí, que hubiera hecho yo?

Y no se trata de afirmar que vivo hoy por hoy en donde vivo con la angustia continua de que es lo que pasa allá y peor aún, que es lo que pasará allá, pero no es necesario que yo haga un movimiento consciente hacia ese punto, sólo basta con mirar los titulares de los periódicos, algunos de sus editoriales (sólo algunos porque afortunadamente o desafortunadamente hay otros eventos en el mundo, tan o más graves que lo de Oaxaca), y los noticieros y programas de análisis de la TV, ahí está Oaxaca, siempre presente, ahí están sus problemas como las llagas que se niegan a curar por más que parezca que lo estén intentando.

Lo peor de esta sobreexposición (o subexposición) de noticias es que nada de esas letras, palabras y párrafos vertidos con la mejor de las voluntades (muchas al menos) agregan algo a la solución.

El daño a Oaxaca es incalculable y lo vamos a pagar todos, ¿por qué?

Porque en este país federal (supuestamente, ¿no?) hay un estado que tiene casi el medio año inactivo, con todas las incontables pérdidas en todos los ámbitos: turismo, comercio, las pocas industrias que se tengan, etc. Va a necesitar muchísimo dinero que tendrá que salir de alguna parte, y supongo que no lo va a entregar ni la ONU o el FMI o el BID, saldrá de nuestros bolsillos, no hay más, es un problema nuestro y nosotros lo tendremos que resolver, como si habláramos de que en casa de unos familiares estos se pelearon entre sí, destrozaron todo y olvidaron todas las obligaciones que les correspondía, los hijos ahora son los que están sin escuela, de donde sacan dinero para ir a la tienda a comprar ¿qué? Ese es el problema de las incertidumbres y las angustias: ¿cuándo llegará la normalidad de nuevo?

Si la vida ya era difícil de antes, ¿ahora con todo esto en contra? ¿A quién le quitaremos ese dinero para reponer en algo las condiciones de “normalidad” para Oaxaca? ¿Qué tipo de desastre natural es equivalente al daño actual (huracán, inundación, terremoto, ciclón) que está, si quieren no acabando, pero si dañando de manera innecesaria y… absurda al estado de Oaxaca.

No es hablar aquí del gobernador y sus fallas, o del gobierno federal y las suyas. Llegaríamos a repetir lo mismo que todos repiten.

Lo que se trata de expresar aquí es nuestro pesar por el daño que se le está haciendo a los niños que tienen seis meses en el sobresalto, en tratar de entender que es el perder una mitad de año escolar, o más bien de dos, si es que hablamos del pasado ciclo escolar y del actual.

Lo que está haciendo es jugar masivamente en forma totalmente irresponsable con el futuro de un millón de alumnos y alumnas de todas las edades que de alguna manera se les está a todas luces perjudicando, a todas luces dañando a una sociedad que lo menos que necesita hoy por hoy es eso, que la distraigan del trabajo de la formación de sus vidas, de su enseñanza, de los escalones necesarios que serán imprescindibles en su propio crecimiento económico, intelectual y moral.

Y esto no es por una escuela, por un distrito o región, es por todo un estado de la república, el más pobre de todos, el que más lo necesita (puede haber otros, pero daño como éste, ni en Chiapas en 1994 con el levantamiento zapatista), esa es la gran tragedia, la del Futuro, que como siempre nadie da un comino por él a la hora de la venganza por los agravios recibidos, a la hora de la revancha por las prebendas y canonjías que no se consiguieron por la buena (merecida o inmerecidamente).

¿Qué habrá en la mente de esos que le ponen soldadura a unas puertas de una escuela?

¿Qué habrá en la mente de esos que ordenan ese tipo de cosas?

La tragedia de Oaxaca ha sido, es y será, la de todos.

Lo dicho: No preguntes por quién doblan las campanas de Oaxaca.

Están doblando por ti y por mí.

Por eso es que vivimos en lo absurdo.

1 comentario:

Pepe dijo...

este es un post y no mamadas