jueves, octubre 19, 2006

Respecto a Federico Arreola

Desde que lo leía en el periódico El Norte, Federico Arreola siempre se me hizo un periodista muy inteligente, muy agudo, muy enfocado.

Fue de los primeros que escribió abierto en esos tiempos todavía de oscuridad en los años de De La Madrid y de don Alfonso Martínez Domínguez, un personaje que dominaba la vida de Nuevo León en esos años 80’s. Federico desde su propia posición, siempre fue fuerte, tenaz. Muy leído y controversial. Muy del lado de la gente, del sentido común, del cielo es azul por donde lo quieras ver.

Por supuesto Federico estaba fuera del Poder y desde esa posición privilegiada que es la de tener una tribuna de aparente papel, denostaba las fallas, demasiado comunes, lo tenemos que aceptar, de todos los aparatos gubernamentales habidos y por haber.

Pero algo sucedió. Conoció a Luis Donaldo Colosio, se hizo amigo personal de él, creyó en él, digo, son temas personales finalmente, legítimos a final de cuentas, pero no era papel de un periodista.

A lo pobre que yo pueda conocer, un periodista debe de ser el Cuarto Poder él mismo, debe de estar entre el Poder real que gobierna, y el pueblo que nunca termina de saber lo que sucede. “Lo que sucede”.

El Poder y su apéndice, la Real Politik, son esos temas incomprensibles para el ama de casa, para el señor que está detrás del mostrador, para el chofer de ese autobús, para el estudiante que va en secundaria, para todos en resumen, excepto para un pequeño grupo de personas afortunadas, o desafortunadas, esas cosas pasan, que sí están enteradas de “lo que sucede”.

Y el saber “lo que sucede” es ser parte del Reino del Conocimiento del Poder, o tener parte del Poder del Conocimiento del Reino, podríamos dilucidar.

Todas las personas que no están incluidas en ese conocimiento o en ese reino, viven, medran, trabajan, mueren, existen en sus propios mundos y los de su propia incumbencia, trascendencia y relevancia. Todo lo que hacen tienen impactos limitados a sus propios círculos.

Lo que hacen los políticos tienen en muchas ocasiones impactos mayores y con consecuencias inusitadas para todos. Una declaración en falso y volamos todos (recordemos a Serra Puche); una declaración desafortunada y los escándalos se desatan (recordemos a Ruiz Massieu y sus demonios sueltos); una retahíla eterna de comentarios fuera de lugar y tenemos un desasosiego en continuo y sin descanso a la vista (o hasta el próximo primero de diciembre a las 10:59 de la mañana).

Entonces, nosotros legos, que no sabemos más que una aproximación nunca en línea de quién es quién en la Nomenklatura, que no conocemos personalmente a los que ejercen el Poder Real, que están muy lejanos a nosotros, que no hay tema que podamos tratar de bien a bien si es que algún día estamos cerca de ellos, y que tampoco no estamos cerca de conocer a los que ejercen a la Real Politik, nos sirven muy bien los columnistas políticos.

Los columnistas políticos nos dan sus visiones parciales o imparciales, de los hechos relacionados con el gobierno y con los que intentan tener parte en él (los que siguen la escuela de proverbios de Hank González).

Son interminables sus opiniones vertidas de los Méxicos de arriba y de abajo, sus visiones de alianzas non-sanctas, sus ángulos inesperados de conspiraciones casi transparentes, sus escenarios inverosímiles de patadas bajo la mesa, sus puntos de vista inusuales de futuros apocalípticos de trenes en ruta de colisión.

Casi nadie de ellos podría afirmar que tiene la verdad, pero en lo que se asegura, en lo que se afirma, en lo que se insinúa, en lo que se transcribe entre líneas, en lo que se dice y en lo que no se dice, en lo que por contraste se expresa, en lo que se destaca, en todo lo anterior, el columnista, no me queda claro si se está comunicando con el pueblo ignorante (sin ser peyorativo), o con el mismo Poder, o con los miembros de esa enigmática Nomenklatura, o con los que ejercen la Real Politik.

Así las cosas, los tiempos no cambian desde que un Walter Lippman liberal era la voz de un pueblo norteamericano conservador en tiempos desde Wilson a Roosevelt, desde que un Jack Anderson estaba en uso libre de demostrar sus amplias conexiones con la CIA y la alegría de declarárselo al mundo, tal vez con intenciones no tanto de libertad de expresión o con la búsqueda de la libertad de información, pero sí con el poderío de un periodismo norteamericano que nunca quedó del todo claro a servicio de quién podría estar. O ni el caso de un Walter Cronkite que cuando dejó de creer en la posición gubernamental norteamericana de Vietnam, todo quedó abierto para la cuenta final hacia su peor desastre militar. O tampoco el caso de un Bob Woodward y Carl Bernstein que con su búsqueda sistemática del dinero, apoyados también por una ética sin parangón derrumbaron el gobierno inepto de un paranoico. Ni han cambiado desde el caso de un Manuel Buendía que se acercó tanto a la verdad, que el poder hizo que le costara su propia vida. O la de un Jesús Blancornelas que está hoy mismo del lado de la sociedad a costa de su propia seguridad.

En resumen, los anteriores saben lo poco, o lo mucho, que se descorre del velo de secreto de la Real Politik, y se la cuentan al mundo. Que lo poco, o lo mucho, que se diga ya venga filtrado, con tonos de censura y de autocensura (sobre todo porque las cosas son así, en forma de total frase al parecer sencilla pero que tiene significados de lo más profundo y lapidario: “las cosas son así”), no es más que la forma en que nosotros legos, exploramos esa parte desconocida de afuera de la caverna absoluta de silencio informativo en la que nos encontramos.

Ya sean los consorcios los que están detrás (y sus accionistas), ya sean los intereses oscuros y mezquinos que de tan complejos son bizantinos, ya sean las mismas pasiones humanas las que están en sus propias sombras en forma de ambiciones escondidas, egos sublimados, corrupciones subjetivas, el hecho cotidiano es que los columnistas políticos nos pintan el mundo a como ellos lo ven: en su posición surreal, abstracta, naturalista, hiperrealista, primitivista.

Ellos nos comunican su sabor, su humor, su mirada, su amargura, su seriedad, su ligereza, a fin de cuentas, su humanidad.

Federico Arreola, que estuvo cerca de Luis Donaldo Colosio el día de su muerte, al parecer es alguien que se deja envolver por el mesianismo de los hombres. No sé que hubiera pasado con Colosio, si hubiera sido la quinta parte del prohombre que se ha querido ver. Nadie lo puede saber ni afirmar.

Pero esos días, Arreola dejó el periodismo, supongo. Al reacomodarse los hechos en forma de tragedia shakesperiana con la muerte de Diana Laura, con el tiempo reapareció en el Milenio no sé cuando, tanto así fue mi despiste. Lo ví en la revista Milenio cuando apareció, de la cual fui suscriptor sus primeros dos años aproximadamente. Al llegar yo al estado de Hidalgo coincido casi con la aparición de la edición local. Al leer sus columnas me siento al principio en confianza, yo, regiomontano de adopción, pienso que es como saber de un paisano y sus decires y pareceres, que aunque no esté al cien por ciento con él, es como con todos, me digo.

Pero algo sucede, conforme pasa el tiempo y se calienta la contienda electoral, Federico Arreola aparece no tanto como imparcial, no tanto como expositor de ideas y de argumentos rebatibles, sino como portavoz de una verdad. El pequeño problema es que nadie puede afirmar la verdad de sus cosas, todo el mundo lo debe de saber, sólo puedes exponer una aproximación de tu verdad con todo lo que eso pueda ser.

Federico Arreola salió como apologista de un líder carismático, quizá de buena voluntad, quizá sabedor de que una gran parte de su gente ya no lo veía con ojos de votantes, sino como de fanáticos exaltados. Y de mi parte siempre he creído que todos los seres humanos tenemos cualidades y capacidades, virtudes y vicios, exageraciones y sobriedades.

En la visión de lo que recuerdo haber leído de Arreola en los últimos dos años, sólo leí (y claro que generalizo, mi memoria tiende a hacerlo) apologías sobre López Obrador. Es decir, sí siento que era candidato de muchos, sí, puede que haya sido un buen gobernante, y sí, puede que haya sido honesto.

Pero en la vida el balance debe de existir: sí, López es honesto, pero estúpido al permitir la corrupción de sus lugartenientes corruptos; sí, puede ser un gobernante hábil, pero la obra faraónica del segundo piso fue a todas luces, eso, lucidora y luminosa para él e insuficiente para todos; sí, López quiso ser justo, pero el problema del desafuero era legal y él no obedeció la ley (ahí, según mi opinión de pueblo, fue cuando surgió el conundrum: si la aplico yo, soy virtuoso y justo, cuando me la quieres aplicar a mí, eres un fanático rabioso que me quieres dañar a mí y al pueblo, porque el pueblo soy yo, a la manera del Rayo del Sol… parafraseando al Rey Sol de hará casi 300 años); sí, López era discreto en su ejercer, pero ahí estaban las conferencias mañaneras en las que buscaba la publicidad y atención nacional gratis, a todas luces para imponer una agenda nacional en la que todos caían, medios incluidos.

Arreola buscó deliberadamente ignorar todo esto. Estaba en su función ser crítico de todo, ser crítico de lo que no es correcto, de lo que no es parejo para todos. Pero no. Para él, la figura del Poder, o más bien, esta SU figura del Poder debía ser intocable.

López debía ser la madre Teresa, el Winston Churchill, el ave del pantano que jamás se ensucia, el que representaba (o representa) la esperanza de muchos desposeídos, la Evita Perón con sus descamisados, y en resumen, en el Cristo que vendría a sacar a los comerciantes de su templo, o sin llegar a tanto, al Hércules que lavaría los establos de Augías.

Y así lo fuimos leyendo todos los días. Y no por nada, hablaba bien del periódico Milenio, la voz discordante, el que veía al cielo verde y no azul, el que decía las cosas desde su propia trinchera. Siempre es importante la voz disonante, siempre es importante la voz de la discordia, implica algo, no todo el camino debe de ser terso, y aún así, en la suma de las cosas, hay muchas voces que resuenan a su propio tambor.

Nos interesa leerlas, nos interesa recomponer el rompecabezas del Real Politik, nos interesa saber que hacen los de la Nomenklatura, nos interesa saber los escenarios probables de la ineptitud, nos interesa saber de los abusos que no queremos que lo sean más (ingenuos que somos), nos interesa saber de las injusticias, nos interesa saber de los políticos en los que creemos (¿los habrá?), nos interesa saber que los malos ejemplos, los malos políticos y los malos manejos salgan a la luz (si no es la prensa, ¿quién? ¿¿¿los diputados??? No TAN ingenuos), nos interesa saber que hay voces ahí, a seis pesos de distancia (lo que cuesta el periódico), que ya empapados en el tema, avizoran un camino con piedras adelante, o con problemas, o con desafíos.

Y de vez en cuando desearíamos saber de buenas noticias, de buenos políticos, de realmente buenas obras, pero ¡ah, como están escasas éstas!

Federico Arreola. Los excesos se suceden en todas partes. Las interpretaciones a su salida se darán como si fuera un acto de censura de parte del Poder, como si fuera una mordaza a una voz que en justicia, habló todo lo que quiso: con sus ironías bien plantadas, con sus rasgos de inteligencia bien probada. Pero el exceso te consume, la visión del cielo verde te convence a fin de cuentas de que sólo hay una verdad, que es la tuya o la de tu caudillo que lo tomaste y lo bebiste como si fuera tuyo.

Se le extrañará, pero no mucho. Era divertido leer la imagen de ese cielo verde, de percibir qué hay en la mente de un hombre angustiado por que su oportunidad de estar cerca del poder de tal vez influenciarlo para bien (sus intenciones no están a juicio aquí) se hacía cada vez menor… aún y que la petición del voto por voto no era descabellada, pero en un país con instituciones en formación, la forma en que se exigía, sí lo fue.

Federico Arreola, atenazado emocionalmente por ese caudillismo atroz, y que pensaba que la única verdad era la que transcurría y escurría desde su columna, víctima de su propio hubris, se sintió inmunizado al exponer la vana creencia de poder poner en duda la intención de su propia institución, tal y como su caudillo hizo querer ver a todas las demás instituciones, excepto, igual que su caudillo, para su propia conveniencia.


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