lunes, noviembre 06, 2006

El Recordadísimo No-Desfile del 20 de Noviembre de 1976


Que treinta años no es nada.

Con motivo de que este 20 de noviembre próximo no se va a desfilar en la ciudad de México (por cuestiones eminentemente políticas, por supuesto) me logré acordar de mi propio, y único, momento para desfilar, mi 20 de noviembre, pero de 1976.

Y es que este 20 de Noviembre se cumplen treinta años de que no se participó, por lo menos de parte de mi escuela, el Instituto Regiomontano, en el desfile deportivo de ese día en la ciudad de Monterrey.

Primero que nada mi escuela, el Regio, donde estudié parte de mi primaria (los 
primeros dos años), secundaria (los tres completos) y hasta preparatoria (cuando era de dos años) es de los llamados colegios de tradición de esos como hay en todas las ciudades, colegios típicos de los que los escritores luego escriben sucesos que tuvieron que ver dentro de sus instalaciones como Los Cachorros de Vargas Llosa o Las Batallas en el Desierto de José Emilio Pacheco (que acabo de comentar en estos días) y que los formó o deformó para siempre en sus personalidades.

Cómo ya sabemos, la escuela es uno de los pivotes más básicos de la existencia de las personas. En ella te enfrentas a la selva por primera vez, a la competencia, a la crueldad, a los desprecios, a estar en parte de la sociedad en la que por primera vez te vas midiendo en todas proporciones, lo quieras o no.

Por supuesto que también en la escuela están sus momentos geniales, divertidos, sublimes, irremediablemente estúpidos. O sea, hay de todo. No se puede pedir más.

Para mí los años de 1976 y 1977, Segundo y Tercero de secundaria, significan de los mejores años de mi vida entera.

Desde su fundación, en 1942, el Regio quiso, y logró, figurar como escuela protagonista a través de la participación constante y permanente en los eventos en los cuales se pudiera manifestar públicamente sus ideales de disciplina y responsabilidad tales como se pueden muy bien exteriorizar en los desfiles cívico-deportivos. 

Así las cosas, el Regio participaba con su banda de guerra y de música sin cesar en ellos, ya sea en la calles de la ciudad de Monterrey el 20 de noviembre o en las calles de Laredo, Texas (no olvidar el pasaporte y dinero suficiente para comprar allá “del otro lado”), cada tercer domingo de febrero de cada año, en el día conmemorativo de Washington.

Pero el año de 1976 fue diferente.

Nosotros vivimos una adolescencia en lo político muy distinta a la que los adolescentes de estos tiempos presentes han vivido. Éramos más sumisos, más conformes con lo que sucedía. No estábamos tan enterados de lo que pasaba afuera. No había muchas fuentes de información de las cuales disponer. (Bueno, se dice que las nuevas generaciones están hoy más indiferentes que nunca, excepto los radicales de Oaxaca, pero, mmm, luego lo comentamos.)

Ahora todas las protestas que se ven en la calle son ya cosa común: las manifestaciones, los bloqueos a las calles, las pintas, la falta de respeto a la autoridad (cuando no es ella la que los promueve, por si no se habían fijado, a través de proveer las carpas o de que no los molesten en sus actos) son cosas de todos los días.

El autoritarismo se diluyó y quedó el vacío total. No quisiéramos un regreso a esos tiempos, pero la mano firme para aplicar la ley, y lo repetiremos en mayúscula: PARA APLICAR LA LEY (no se olvide, el sujeto clave es LEY, el verbo clave es APLICAR), sigue sin aplicarse.

Es lo que siempre hemos deseado.

Déjenme les cuento que hace 30 años en 1976 había un presidente que se llamaba Luis Echeverría Álvarez. 

Considerado como el cerebro intelectual de la represión de Tlatelolco de 1968, de aquél dos de octubre cuando siendo Secretario de Gobierno, con todos los poderes efectivos de un presidente, contrapunteó al ejército frente a un grupo paramilitar, el Batallón Olimpia, y en medio de todo e indefensa, una multitud como de 3,000 personas en la plaza de las Tres Culturas.

En 1968, con las Olimpiadas encima y el Gobierno comprometido a dar un “buen ejemplo a las Naciones” de dedicación, fervor público, de participación y sobre todo de paz, eso fue precisamente lo que dieron, mucha paz, eterna en muchos casos, a ese pueblo que recibiría tan calurosamente a esos atletas que vinieron de todo el mundo a sus competencias.

En ese tiempo, finales de sexenio, y sin saberlo abiertamente el pueblo, se llevaba a cabo unas silenciosas luchas de poder impresionantes entre los posibles precandidatos a la Presidencia de la República.

El PRI, una de los mejores aportaciones que México ha dado al mundo o el cómo hacer que muy diversas facciones, aguerridas todas ellas y deseosas de ocupar el Poder, no se maten a balazos todos contra todos y mejor coincidan en un candidato de unidad y paz a través de un pacto de caballeros (aparentemente y dentro de lo que cabe), decidió ese año, bueno, el presidente Díaz Ordáz los puso de acuerdo, a que fuera el ultratrabajador y ultraenérgico Luis Echeverría Alvarez el designado como el mejor hombre de la Revolución para dirigir los designios de México de 1971 a 1976.

Éste, callado y obsequioso además de aparente lector de la mente de Díaz Ordáz, se revolucionó en otra persona: Echeverría se volvió de pronto locuaz y juvenil, tanto, que se puso de parte de los jóvenes como respuesta al agravio de Tlatelolco (incluso guardó un minuto de silencio un año después por las víctimas), sorprendiendo a todos, pero a tooooodos, en primer lugar a Díaz Ordaz y al ejército, por supuesto,.

Años después, del ex presidente Diaz Ordaz después se dijo que desde entonces se cacheteaba a diario frente al espejo para castigarse por haber elegido a Echeverría como su sucesor.

Echeverría ganó de todo a todo ese día de julio de 1970 y empezó de inmediato a darle otro sesgo al gobierno. Bajó la edad de votación a los jóvenes a los 18 años y también las edades para ser candidatos a diputados, senadores y gobernadores, queriéndose ganar así sus voluntades.

El primer domingo de ese julio en Tampico, yo de siete años, acompañé a mi mamá a que ella votara en una casilla de la Avenida Hidalgo esquina con Ejercito Nacional, que luego se llamaría Ejército Mexicano. Mamá votó muy obedientemente por el PRI. 

No sé si, hoy por hoy, lo lamenta.

Pero las cosas no pueden hacerse bien sin balance o equilibrio y el señor Echeverría no lo quiso hacer. Se hizo amigo del Tercer Mundo, viajó, viajó y viajó; abandonó el modelo de Desarrollo Estabilizador de tanto éxito en los 60's y lo único de lo que nadie se queja de aquellos años de 1958 a 1970: poca inflación y crecimiento constante y continuo, para irse después a modelos claramente inflacionarios que inquietaron a muchos; y por si fuera poco, se enemistó con los dueños del dinero por sus escarceos con los populistas y socialistas estrellas de entonces, Fidel Castro y sobre todo, Salvador Allende.

Mi papá durante esos años, 1971 a 1973, me encargaba todos los domingos puntualmente El Heraldo de México, que compraba yo obedientemente en una revistería, de la misma Avenida Hidalgo, cerca de la calle Delicias (ahí conocí por primera vez la norteamericana revista MAD, por cierto, el comienzo de la puesta en duda y la burla hacia la autoridad establecida, cuando es requerida) y siempre que me ponía a leer los titulares me encontraba constantemente con unas siglas que no reconocía de todo a todo: “LE” y “LEA”. Mucho tiempo después me di cuenta que eran las siglas del ya no tan flamante Presidente de la República (¿qué querían?, tenía 8 años apenas). Lo que si me queda muy claro fue un titular del Heraldo que todavía lo tengo en la mente, no sé por qué razón: “1973, AÑO DEL DESPEGUE ECONÓMICO DE MÉXICO: LE”.

Esos años también fueron cuando apareció la Liga 23 de Septiembre, compuesta supuestamente por personas que eligieron la lucha subversiva para manifestarse, muy violenta para esto, robando bancos, asesinando policías, secuestrando hombres de negocios, generando así un clima de incertidumbre total en la población.

Es cuando comenzaba a decirse que la Liga estaba patrocinada (o favorecida de cierta manera) desde adentro del gobierno, y de hecho se ha llegado incluso a decir en estos últimos años que la noticia de que se iba a secuestrar a Don Eugenio Garza Sada, patriarca industrial de Monterrey, cerebro creador de muchas de las empresas e instituciones que movían a esta ciudad y que murió en esa ocasión, en la mañana del 17 de Septiembre de 1973, se conocía desde hacía un año y medio antes, y que los departamentos oficiales de seguridad encargados dieron aviso y que nadie movió un solo dedo para notificar o prevenir la amenaza, lo cual estuvo siempre a su alcance.

¿Quién con suficiente poder podría tomar ese tipo de decisiones? ¿O de crear ese clima estúpido de confrontación?

Sin pecar de ingenuos, tal vez no lo sepamos nunca con seguridad.

Los rumores de escasez también estaban a la par. Se decía en las oficinas, en las escuelas, en las casas, que alguien sabía que pronto faltarían en los supers productos de consumo básico tales como pastas de dientes, sopas, aceites comestibles, etc. La reacción de la gente no se hacía esperar saliendo disparados hacia los establecimientos comerciales para surtirse por si hacía falta, provocando a su vez la escasez tan temida.

Siendo así, la gente empezó a sacar su dinero del país. Es innecesario decir que por más que las cosas aparentasen estar bien no lo estaban.

Yo estuve en sexto año en 1973-1974 (en la escuela primaria pública Fernández de Lizardi, al Regio no volví hasta secundaria) con un maestro que usaba el pelo largo y que era en sus enseñanzas alguien como de tipo extremista. Él nos hablaba acerca de que el comunismo y el fascismo históricamente eran una buena opción para los pueblos, hablaba genialidades de los nazis y del mismo Füehrer, of course y de lo terrible que eran los judíos y los norteamericanos. Yo intuí que no sería una buena idea comentarlo todo eso en casa. Hasta que pesqué al maestro en una contradicción básica (sí, a los 11 años, era muy básica) y desde ahí comencé a dudarle de todo lo que decía. El problema inesperado que se generó es que me hizo dudar de todo lo que me dijeron posteriormente. Ahí comenzó una gran carrera hacia ser librepensador (okay, con sus asegunes, pues).

En aquél tiempo se hablaba mucho de una Ley de Asentamientos Humanos en la que se afirmaba por entonces que “se iba a promover la compartición de los hogares que se consideraban subutilizados, con personas que no necesariamente fueran sus dueños”. Una equivalencia a una comunización de facto para la población. Sin saber con claridad si eso era esa Ley, o a que se llevara a cabo en realidad, eso era lo que la gente creía que iba a pasar. ¿Cómo no se iba a tener miedo?

¿Qué sucedía allá arriba? ¿Qué pensaba el Presidente Echeverría? ¿Qué pensaba su gente?

Se inauguró en esos años en Monterrey un novedoso centro de distribución vial llamado precisamente Complejo Vial Gonzalitos, Fausto, un compañero de sexto ya olvidado me dijo que le iban a cambiar el nombre a “Complejo Vial Echeverría”, ¿por qué?, pregunté yo, “porque tiene muchas salidas pendejas”.

En 1975 las fuerzas vivas eligieron al seguro sucesor de Echeverría, José López Portillo, que casualmente no hacía ni cinco años había sido sólo un abogado-intento de escritor rococó que daba clases en la Universidad y que de pronto fue llamado para ser director de la Comisión Federal de Electricidad, de ahí a ser (creo) Secretario de Hacienda, para que sólo a un paso pudiera ser elegido candidato presidencial (con el paso del tiempo se publicaron fotos de Luis Echeverría, de José López Portillo y del bueno de Arturo Durazo, juntos, de jóvenes, ¡ah, las buenas compañías!).

Además, con ese lema de “La Solución Somos Todos”, y sin nadie más compitiendo, ¿cómo no ser Presidente de la República?

Mi maestro Chuy, de Matemáticas de Segundo año de secundaria, tuvo un tiempo sobre su escritorio un libro que como título decía "Llámenme Pepe”, y en la portada aparecía un López Portillo muy campechanamente en campaña saludando al lector con su brazo extendido. El maestro no me lo dejó ni hojear. Quizá pensó que mi edad era muy temprana como para echarme a perder.

Pero las tensiones económicas en el país fueron rompiéndose como edificio de gobierno en terremoto y el mercado es el mercado, por más que se deseé y crea poder mandarlo a través de decretos y órdenes contradictorias. Me llamaba la atención que un tío mío, en la planta de leche que administraba y en la que yo trabajaba o hacía como que lo hacía los fines de semana y en vacaciones, a los trece-catorce años, La Purísima, se quedara siempre con los billetes de dólar que la gente pagaba al comprar su leche diaria, de envase de vidrio o de cartón, a sólo dos pesos con diez centavos el litro. (Como cambian las cosas: mi tío me pagaba 60 pesos el día, el salario mínimo era de 80, así las cosas yo me podría haber comprado casi 30 litros con ello, a pesos de hoy el salario mínimo sería de 400 pesos diarios, y está hoy ¿cómo a cuánto? ¿A 40 pesos?)

1976 también fue el año en que estuve clavado con mi maestra titular, la Hilda. Bueno, éramos legión yo y mis otros 179 condiscípulos. No había porque culparme, o culparnos, la maestra era, es, podría afirmarlo con certeza, preciosa, y sólo nos llevaba cuatro años de edad, ella era de dieciocho, todavía no terminaba su carrera de Licenciada en Ciencias de la Educación y nosotros andábamos por los catorce en promedio. Su perfume era, por cierto, bellísimo y evocador.

El peso ese 31 de agosto de 1976, y después de haber estado durante 22 años y meses a 12.50 por dólar, de repente quedó en algo llamado “en flotación” y se fue para arriba de los 18. El propio presidente Echeverría se negó en su kilométrico Sexto Informe de gobierno a utilizar la palabra “devaluación”. Mucha gente “enterada” sacó su dinero pocos días antes del evento. Muchísimos millones de personas más, se enteraron el mero día 31 con la sorpresa total, y la ira, en sus rostros disminuidos, en valores, y en ánimo.

Ahí entramos ya en nuestro entrelazar los temas de "megapolítica" y "muchachos de secundaria".

Allá por principios de noviembre de ese año de repente me dijo Jaime que a Claudia, su hermana, le había dicho Selma, su mejor amiga (no olvidar, ¡teníamos trece, catorce años!), que iba a haber Golpe de Estado. Un tremebundo Golpe de Estado. Ahí nomás.

Cuando escuchamos eso nos quedamos mirando el uno al otro. ¿Golpe de Estado? ¿No deberían los Golpes de Estado cumplir con un rito o protocolo de sigilo, de astucia, de secreto, de conspiración? ¿No son la antítesis de un conocimiento público que en nuestro caso nos fue transmitido, de entre todo el mundo posible, por unas niñas de Segundo de secundaria?

Pos sería el sereno, pero el caso es que nos dijeron en Educación Física en esos días que ni para qué ensayáramos ni las tablas, ni las pirámides ni los rollos esos gimnásticos. El Regio no iba a ir al desfile. ¿Cuántos años pasó el Regio yendo al desfile para interrumpirlo aquí precisamente? Como 33 años. Seguidos. ¿Desde entonces a cuantos desfiles ha ido el Regio desde entonces? A 29. Seguidos.

El mismo tío de los dólares me dijo que mejor no fuera al desfile del 20 de Noviembre. Que iba a haber problemas. ¿De qué tipo? No me lo dijo con claridad.

Con los años leí las crónicas políticas  periodísticas al respecto de que esos últimos días de noviembre fueron de miedo e incertidumbre muy reales.

Se decía que Echeverría se la iba a pasar nacionalizando tierras (como lo hizo en Sonora diez días antes de terminar su sexenio), provocando más divisiones, temores e inquietudes, mil cosas más. Se afirmaba que él pensaba que lo iban a matar ahí mismo en Sonora, a donde viajaría en esos días, muy valiente él.

En aquellos días también se intentó secuestrar, por parte de los estertores de la Liga 23 de Septiembre, y que les costó muy caro, a doña Margarita López Portillo, hermana del presidente electo… a la que después se le acusó de ser la culpable por negligencia de la quemazón de la Cineteca Nacional, uno de los peores desastres culturales de la historia de México (para seguir cortando leña del árbol caído, por su enajenación con Sor Juana Inés de la Cruz y por considerarse ella misma gran escritora, ah, la adulación de los subalternos es canija, se le puso a doña Márgara uno de los motes más ingeniosos que he conocido: La Pésima Musa), casi creo que todos pensaron que se la hubieran llevado los de la Liga, qué caray.

Pos no fuimos al desfile.

El día anterior al del dichoso desfile, el 19 de Noviembre, muy presente tengo yo, lluvioso y nublado, nos fuimos al cine a ver Rollerball, de Norman Jewison, con James Caan. Me gusta tanto esa película de gladiadores del futuro que pelean a muerte entre ellos (cualquier precampaña política, nada nuevo, pues) con patines y motocicletas, desde hace 30 años precisamente, que este año al ver el DVD lo compré de inmediato.

65 pesos, una verdadera ganga.

Y no hubo ningún Golpe de Estado. Nos chutamos con el Perro (él dijo que defendería el peso así, como un perro) otros seis años enteros más de poca gloria y mucho desencanto petroleros, a partir de ahí nos hicimos aficionados a terminar los sexenios en zozobra hasta el 2000; lo peor: nos acostumbramos a dejar de respetar las instituciones; a que la ironía, el cinismo y la desconfianza se posesionaran de nuestras mentes, y a que la palabra “crisis” se instaurara para siempre en el contexto nacional, al ladito de la bandera, del escudo y del himno.

¿Y el señor Echeverría? Vivito, libre, y coleando. Pescado enjabonado, es poco. Increíble.

¡Pero no fuimos al desfile, caramba!




1 comentario:

Minerva.* dijo...

Hola. He disfrutado mucho esta entrada. No he leído las demás pero ya lo haré. Llegué a ella porque yo nací el 20 de noviembre de 1976 y en los últimos años me ha dado por regalrme algún escrito que tenga que ver con la ocasión. Este año, mi cupleaños no será precisamente optimista, así que estoy preparando una especie de...¿cómo se llama?...¿efemérides? en el que incluiré sucesos nada lindos que hayan tenido lugar el día de mi nacimiento.
Es algo así como una protesta contra los astros y contra la fantasía.
Crecí pensando que todo el universo estaba hermosamente acomodado el día que nací. Y que eso repercutió en que yo haya sido una princesa, con zapatos de princesa, cama de princesa, pelo de princesa...y sorpresa...soy sólo una mujer.
Bueno, gracias por compartir.