viernes, noviembre 03, 2006

La Silla Del Águila y Fuentes


Acabo de leerla y pues, es una novela satisfactoria, pero nada más. Es decir, aquí es cuando se observa que el diablo sabe más por viejo que por diablo, lo que se percibe en muchas de las líneas.

Desgraciadamente no conozco mucho de la obra de don Carlos. A lo mucho leí su novela de La Cabeza de la Hidra, pero esa fue hace como 20 años y no recuerdo mucho de ella.

El caso es que vi la novela en la biblioteca y me la llevé para darme un entrón en la escritura del señor y descubrí lo anterior. La novela tiene tonos políticos de un país llamado México al que le pueden pasar por encima aplanadoras y corruptos y asesinos y ambiciosos y enemas similares y el país quedará en pie.

La novela tiene sus detalles de ingenio: está narrada en puras cartas y comunicaciones entre todos sus protagonistas. Eso hace enterarnos de lo que piensan, hacen y reaccionan estos frente a los eventos que se van desenvolviendo.
“El presidente, un hombre bueno pero abúlico, su intrigante Jefe de Gobierno, su calculador Secretario de Gobernación, su consejero áulico que se sabe inútil, el severo Secretario de la Defensa, portador de un terrible secreto, el Jefe de la Policía, que no tiene enemigos porque los ha matado a todos…

El Anciano del Portal, antiguo ex presidente, dispensando sabiduría política desde los cafés de Veracruz y el misterioso prisionero de San Juan de Ulúa… y dominándolo todo, una operadora política y sexual suprema que un día le dice a su joven amante: ‘Tú serás Presidente de México’”.


De ese modo tan conciso se explica la acción a contener dentro de la novela. Drama como hay pocos, es la descripción de un México a mediados de sexenio en que las fuerzas de dentro de Palacio intrigan en un movimiento tectónico de placas de poder, se rozan unas con otras para saber donde será la erupción del mismo, es decir, el Futuro de la Patria está en cómo se resuelven los conflictos de pasillo de Palacio, que no es cualquier Palacio, los conflictos de alcoba, que no es cualquier alcoba, jamás los conflictos de la modernidad que requiere el Pueblo, que aquí sí, es tratado como cualquier pueblo como hay muchos.

Es el Poder lo único que importa, poco es lo que piensa la gente común, poco sucede afuera más que en las dos o tres pequeñas visiones del México Chiquito que son los empleados, aún y que solo son del mismo gobierno, que actúan de comparsas o como disparadores de acciones inesperadas que tienen ciertas consecuencias, graves, la mayoría, tal como debe de ser en una novela.

Es entonces La Silla del Águila una demostración de fuerza de conocimiento que el señor Fuentes expresa de manera obvia, que él sí sabe de los tejes y manejes de ese deseo total hacia el Poder. Ese respeto, esa angustia por no tenerlo, esa ansiedad de ver cómo se escapa de las manos, esa desesperación que surge cuando ya lo ves detrás y que no habrá manera de que estés cerca ya de él, hagas lo que hagas, lo hayas merecido o no.

Porque el Poder no es algo que se te da o mereces. Gracias a un accidente cósmico lo tienes, y no será para contemplarlo, será para usarlo, jamás compartirlo, para quedar después de él, porque el Poder eterno no es, para quedar, repito, como héroe o como villano, como débil o como autoritario, como justo o como injusto.

No es un estudio del Poder, La Silla del Águila, a como nos había mostrado la versión de Luis Spota en aquella colección de finales de los setenta y principios de los ochenta, de la Costumbre del Poder (Retrato Hablado, Palabras Mayores, Sobre la Marcha, El Primer Día, Los Sueños del Insomnio), en cinco o seis novelas de las que leía yo cuando tenía veinte años (muchísimo tiempo disponible y buenos amigos que las prestaran) y que no sé si releerla sería en estos tiempos perdida del mismo o no. Digo, al menos para recordar en contexto cual era el punto de vista de cómo se hacen las alianzas, cómo se hacen los pactos incluso entre enemigos para llegar a un objetivo común y cómo las esferas de poder cambian y se transforman de muchas maneras y que a final de cuentas, aún y que los dados puedan estar cargados, todavía podría haber sorpresas.

En este México de Fuentes hay un federalismo atroz que se muestra en los mini-reinos de sus gobernadores en donde la ley del más fuerte es la verdadera ley, donde los caciques imperan, donde las dinastías existen, donde la fuerza del NarcoPoder también se deja escuchar.

Es un país en el que la reflexión política sale a flote a la menor provocación en muchos casos, como si fuera el espejo correcto en el cual todos entenderemos esos vericuetos que por no estar ahí, jamás nos hemos dado cuenta. Donde todos tienen a Maquiavelo de cabecera, donde los juegos de estrategia lenta son como ajedreces escenificados con personas reales, y que como los alfiles, torres y caballos, también van muriendo en forma real, allanando caminos, dirigiéndose jaque mates inesperados, incluyendo los enroques y la traída al juego de piezas que se pensaban muertas desde el principio.

Las insinuaciones indirectas están a flor de piel, lo no dicho, lo sutil, lo expresado solo con gestos, con miradas, solo con silencios que hablan horrores de circunstancias que no pueden quedar claras más que en la mente de los que están ahí, en esa escena particular, en ese estudio de la comedia humana que es estar hombre con hombre, hombre con mujer. En sus mentes están, insisto, detalles, sucesos, miles de conexiones que solo sueltan en esas comunicaciones en forma de carta o de grabaciones que se autodestruirán en cinco segundos, lo que ellas quieren, lo que a ellas les interesa.

Los pensamientos y aforismos que van y vienen, son muchos. ¿Una muestra?

“…en las grandes batallas, después de los héroes vienen los malosos; en política, la mariposa del mediodía es el vampiro de la noche; en México el ladrón precede al honrado que a su vez será el siguiente ladrón; la retaguardia de la política mexicana son los lambiscones, los rateros, los pedigüeños, los pillos y sus soldaderas perfumadas; mira volar a las palomas, ahí detrás vienen los zopilotes…”.

De hecho, como la novela está construida en esas circunstancias epistolares, en muchas ocasiones esa transmisión de sensaciones parece cooptada por la reflexión posterior del autor de cada comunicación, es como si se transmitiera solamente momentos independientes y hasta cierto punto frío de cada encuentro, de cada relación, de cada momento crítico que de cualquier momento, por lo mismo que son comunicaciones ya realizadas en busca de su destinatario, ya consumadas.

De esa manera la estructura de la novela está articulada en acción realizada-pausa de reflexión-consecuencias previstas-futuro incierto, que en la siguiente entrega de comunicación entre los involucrados, este acumulado de sucesos dado en el futuro incierto anterior ya se convirtió en la nueva acción realizada quitando un posible suspenso en el desarrollo de la acción en general que casi obliga a pensar que todos los mencionados actores van siguiendo un script envuelto con cierta dosis de fatalismo que se va dando en los momentos en los que debería darse, incluso con los consabidos cambios inesperados que los personajes, y sin caer en contradicciones, habían previsto como escenarios alternativos que podrían o no darse, pero eso sí, salvo muy pocas excepciones, eran más probables de que se dieran a lo contrario.

La buena dosis del sexo nunca falta y eso se muestra de una manera en que se usa como arma, como zanahoria al frente de la pobre víctima, como recompensa en ciertos casos, como castigo en otros. De pronto también se puede observar que su uso está puesto a la orden de una descripción que no cae en lo exquisito, sino en lo humano en que pueden darse tales cosas en las circunstancias que están previstas para causar un shock, al que se puede decir que en estos tiempos de primera década del siglo XXI, ya no lo es tanto.

El detalle de que la novela sea epistolar responde a un problema que surgió debido a un conflicto con los Estados Unidos que en respuesta tronó todas las opciones de comunicaciones dentro del país, situación improbable artificiosa que cae en lo irreal:


“…los Estados Unidos, alegando una falla del satélite de comunicaciones que amablemente nos conceden, nos han dejado sin fax, sin e-mail, sin red y hasta sin teléfonos. Estamos reducidos al mensaje oral, o al género epistolar…”.
Según esto el problema fue:


“…cedimos el manejo de los medios televisivos, radiales, telefónicos, así como la red, los aparatos móviles al Centro Satélite de la Florida y a la llamada ‘Capital de Latinoamérica’, Miami”.

Digo, solo preguntar a algún mediano especialista en telecomunicaciones para saber si este escenario tuviera alguna probabilidad de suceder, ya no en México, sino en Haití, por decir algún país.

Y otra cosa muy importante, de haberse dado el punto anterior, aún y que haya sido producido por una venganza de los Estados Unidos por alguna opinión política en particular, el mundo hubiera protestado, no todos están precisamente ya en su esfera, y lo hubieran considerado como oportunidad de negocios pues.

Pero bueno, ¿para qué nos peleamos con la premisa básica que da pie a la novela en sí, si nadie de la crítica la protestó como brutalmente irreal si es que la novela está planteada en la mera realidad nuestra?

Así ya entendidas las cosas la historia se nos va narrando en fragmentos de secuencias de un protagonista principal a otro así, y de un secundario a otro más allá. Esto tiene como consecuencia que mucha de la acción sucede contada dentro de las misivas con lo que muchos sucesos ocurren ya consumados.

Por otra parte es poco probable que muchos de los seres humanos en los que están basados los protagonistas se escriban entre sí con tanta delicadeza, elegancia y claridad, que no nos cabe duda que en realidad lo que vemos y percibimos que es el señor Fuentes quien está detrás y que por más que quiera no puede disimular que es el gran escritor que es.

Por decir un personaje femenino, escribe:

“…curso con la mirada rediviva la ciudad que miró tu tocayo, Bernal Díaz del Castillo en 1519, resurrecta mediante la fuerza del deseo, dejo detrás toda la miseria del melodrama político que hemos vivido tú y yo; resucito a la ciudad antigua, desplegando sus alameda de oro y plata, sus techos de plumas y sus paredes deliciosas, sus mantos de pieles de jaguares, pumas, nutrias y venados. Camino al lado de las farmacopeas indias con curas de piel de culebra… me entrego de nuevo al suicidio lento que es la política…”.

Bueno, ¿que el señor Fuentes no ha leído los artículos de Manuel Camacho Solís?

El punto es que no puedes evitar que Carlos Fuentes te caiga bien. Es un personaje que tiene gracia para hablar y decir las cosas. Es alguien muy articulado al expresarse, verlo es una delicia. Pero tal y como escribo arriba, de entre todas las cosas mucho es por viejo, por su misma sabiduría y haber estado en muchísimos escenarios, locales, internacionales, globales. Es un punto de referencia inequívoco para la cultura de nuestro país. En cada situación mundial que tenga que ver una referencia de México, a él van y le preguntan. En la New York Times Sunday Magazine no hace más de tres meses, lo entrevistaron y al final él sorprendió a la mujer que le hacía las preguntas de película opinando más favorablemente de las piernas de Condoleeza Rice que de sus políticas, situación que desconcertó a la mujer. Pero eso sí, a Carlos Fuentes le parece que la señora Rice, tiene los tamaños como para ser presidente de Estados Unidos en el año 2020. Dios nos agarre confesados.

Finalmente un personaje le escribe a otra, una despedida llena de tristeza y melancolía:
“…me voy, antes de que el cielo deje de verse para siempre en México DF, y me reprocho a mí mismo irme con rabia, irme sin serenidad, me voy con rabia porque me dejé seducir por la política, descubrí que el arte de la política es la forma más baja de todas las artes, me voy con rabia porque no pude convencer al presidente de que el jefe del estado no puede pesar solo más que todos y más que el tiempo, me voy con rabia porque no supe detener la locura política de cada sexenio que es la de apropiarse de toda la historia de México y reinventarla cada seis años, que locura, me voy con rabia porque soy culpable de que el presidente me hiciera caso cuando le di un buen consejo, la culpa es mía, no suya, me voy con rabia, porque mi razón y mi lógica no vencieron a la propaganda, que es la comida de los fanáticos, me voy con rabia porque no aprendí nunca a cultivar magueyes, me voy con rabia porque empecé indignado y terminé irritado, me voy con rabia porque prediqué la moral desde la cumbre de una montaña de arena, me voy con rabia, porque nunca fui capaz de decirte: te amo…”.

Definitivamente La Silla del Águila es un pequeño curso de las realidades de nuestra insípida democracia en todo el esplendor que se merece, lo cual, si lo piensan bien, es lo suficientemente ambiguo como para ni quedar mal, ni quedar bien, sino todo lo contrario.

Y releamos a El Príncipe, de Maquiavelo, que nada se pierde, y mucho se puede ganar ¿ok?



(Hoy, 15 de Mayo de 2012, murió Carlos Fuentes. Se le recuerda.)

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