sábado, noviembre 04, 2006

Las Batallas de Todos Nosotros


En muchas ocasiones nunca terminamos de conocernos. El recordar como fue nuestra niñez y nuestro ascenso, o descenso, hacia la adolescencia sólo indica de que manera terminamos actuando en la edad adulta. O tal vez nunca terminamos en sí.

Alguien dijo que el niño es el padre del hombre. Que finalmente todo lo que sabes, temes, gustas, deseas, adoras, viene de los tiempos en los que vas creciendo, en los que se forma tu esencia. Si te llevaron al fútbol, si tus hermanos escuchaban un tipo de música, o si compraban cierto tipo de ropa, tú serías así.

Finalmente vas componiendo el carácter en base a ese ambiente familiar y al ambiente posterior, el que ves en la escuela. Así, genética o herencia, medio ambiente y la misma educación, dan como resultado lo que el ser humano va siendo cuando crece.

Agreguémosle las lecturas claves que ciertas personas toman como si fueran la verdad rediviva y las cosas vuelven a cambiar. Tengo un amigo que le impactó tanto la novela-reminiscencia de Cristo se detuvo en Eboli, de Carlo Levi, que de pronto se volvió agnóstico. Leer a Henry Miller, Trópico de Cáncer, puede hacer a alguien pensar de determinada manera hacia las mujeres. Leer El Anticristo de Nietzche, igual hacia la existencia. El Extranjero de Albert Camus, tal vez nos haga pensar en lo absurdo de la vida.

Pero el caso es que los seres humanos algo traemos dentro de nosotros que nos vuelve afines, o desafines, si es que existe el término, hacia ciertas personas.

Acabo de leer Las Batallas en el Desierto mientras estuve esperando una hora a que mi hija terminara una clase. Es una novela breve, de cómo 60 páginas.

Se trata de una reminiscencia de finales de los años cuarenta de cuando el protagonista está en su quinto o sexto año de primaria y describe todo lo que está a su alcance, su escuela, su casa, el ambiente de la ciudad, sus compañeros.

En su momento habla de cada uno de sus compañeros, uno de origen gringo, otro de origen japonés, mexicanos todos los demás. Las casas son mostradas en cuanto a la recién modernidad lograda gracias al presidente Miguel Alemán, “Cachorro de la Revolución”, en cuanto a los primeros bienes que se integraban al hogar, llámese un refrigerador (como era común que todavía se usaran los de hielo diario), la lavadora, la radio, etc. (la televisión todavía estaba a varios años de distancia).

Exacto. No puede faltar en una novela de este tipo una descripción del ambiente político en el que se vive. Esto lleva a pensar con más razón de la que está uno consciente de lo que la política interviene en la vida de las personas, cuanto más que la Política es el ama de la vida de un país y por ende de sus habitantes. La economía y el bienestar de la gente en manos de los políticos y su entendimiento de lo que son las leyes y el bienestar para sus habitantes que dependen de ellas. De esos señores depende todo. ¡Y como en muchas ocasiones observamos eso de soslayo!

Y está influencia está mostrada de cierta manera en Las Batallas refiriéndose a dos o tres puntos: la apertura de ciertas empresas o fábricas norteamericanas de baja tecnología como es la de jabones y detergentes que es la que está sacando de mercado a las pequeñas, como es el caso de la que es dueño el padre del protagonista. O el punto el cual el padre de Jim, amigo de Carlos, el protagonista, acompaña al Presidente Alemán a sus continuas giras inaugurando cientos de obras que son las que demuestran el progreso a los ciudadanos que viven en la gran ciudad. O el punto del uso de las palabras en inglés que se pudieron de moda a partir de Tin-Tán, o David Silva en Espaldas Mojadas, o las frases del buen Soto “Mantequilla” que en Nosotros los Pobres había recién llegado de mojado.

Pero bueno, el detalle es que Jim vive sólo con su mamá en un tercer piso de un edificio de departamentos de la colonia Roma, que a toda velocidad dejaba de ser de clase media, según dice uno de los personajes.

Y el punto del crecimiento de los muchachos es precisamente el ascenso a la sexualidad desconocida que va dándose de manera gradual, con el extrañamiento de los sentimientos y de las emociones, como es el caso, más que del gradual desarrollo físico. Se ve en las revistas que ellos miran de reojo en una peluquería, se percibe en lo que el hermano mayor desea realizar en las noches con las sirvientas y los castigos que recibe por lo mismo de parte de sus padres escandalizados de esa conducta.

Es aquí cuando casualmente aparece Mariana.

Mariana es el prototipo de la mamá de algunos de los compañeros que conocimos de la edad de diez a trece años pero que en este caso es más que guapa, es bella, es amable, es linda, huele bien, tiene buena figura, es… es… es diferente de cualquier persona que hayamos conocido para ese entonces. Las que quitan el aliento y no sabemos con claridad porque lo quitan. Lo peor, que no lo podemos contar a nadie.

Mariana trata bien en la cotidianeidad de una merienda para hacer la tarea, cosas así, a Carlos, porque él trata bien a Jim, su hijo. Carlos no hace caso de los rumores malintencionados en el salón de clases, que dicen que Mariana no es más que la, mínimo, querida del alto funcionario del gobierno del Presidente Alemán, y que por eso viven en ese departamento de bajo nivel.

No contaré mucho de la historia, sólo que el impacto que sucedió en la mente e imaginación de Carlos fue de tal tamaño que lo deja marcado para siempre, dejándolo envuelto en resonancias y remembranzas sin igual.

Mariana es la belleza personificada, el ideal por el cual vives y mueres. El que te hará buscar en las personas por el resto de tus días, el gesto, la sonrisa, el rostro, el olor, la mirada, los labios, el guiño, la delicadeza, de una imagen, más que sombra, menos que cuerpo, de la creación del ideal perfecto que para los demás no puede serlo, nunca quisimos que se enterarán, pero que cuando se vea algo en los cientos de mujeres o tal vez miles que conoceremos en nuestro camino a la adultez y más allá, se reconocerá.

El hecho de que la diferencia de edad exista entre Carlos y Mariana, bueno, él de diez, doce años y ella de veintiocho, es más que suficiente para saber que todo no es más que una locura instantánea. Bien pudo ser tu maestra de escuela de español, bien, en el caso de las mujeres, su maestro de música.

Los flechazos en esa edad claro que existen y mucho, es una especie de infatuación que se da por una persona, un enamoramiento denso y profundo desesperado porque no tiene más solución que el olvido, el que nunca llegará con plenitud, como se comprueba con el paso del tiempo, porque será un olvido que a lo mucho se sublimará.

Es cuando se dice: ¿me podrá esperar ella a cuando sea grande? Sin que se sepa exactamente que pasará por entonces, ni porqué se está obligado a que transcurra el tiempo. La intuición desconocida pero presente es la que marca que es necesario que ese tiempo maldito suceda para estar en una aparente igualdad de condiciones… olvidando con ingenuidad que el tiempo transcurrirá para ella también, de manera inexorable.

La novela no tarda en llegar al meollo del asunto: Carlos se encuentra con la mamá de su amigo, que casualmente está en un kimono japonés rasurándose las piernas y mostrando el detalle erótico de cualquier autor latino que sea digno: se le abre el mismo y…, en fin, que el asunto no pasa a mayores, un momento electrizante que no es erótico más que de intención y de espíritu, lo cual en este caso es más que suficiente, pues ¿qué más puede hacer un chavito de esa edad con una mujer adulta en plenitud, hecha y derecha?

El caso es que todo el asunto revienta en la cara al pobre Carlos, etcétera, etcétera.

A mi me sucedió un punto, bueno, no tan erótico ni nada, pero el caso es que yo sí tuve… No sé si ponerme personal pero… bueno, desde los ocho, nueve años, conocimos en el transcurso de esas vicisitudes inexplicables pero naturales, a una de las amigas de una tía que trabajaba de secretaria. Ésta mujer era bella, punto. No tenía manera de saber yo de prototipos de belleza. Sería de veintiseis a veintiocho años. Ella tenía un rostro y una mirada tales que luego las descubrí vagamente en la actriz alemana Romy Schneider, con esos peinados de finales de los sesenta que sólo se acomodaban con laca, con labios casi gruesos, sensuales, con cejas finas, rasgos exquisitos, delicados.

El detalle era que ella me agradaba y mucho y yo sentía algo especial, raro, extraño, ¿cómo explicarlo? ¿sentidos de afinidad curiosa?, por ella, pero en fin, nada que se pueda plasmar a esa edad.

Conforme pasaron los años mi familia y yo nos fuimos a otra parte, pero he aquí que un buen día ella llegó a mi ciudad con mi tía para una boda local de una amiga en común y estuvo una tarde en mi casa, o sea, la casa de mi mamá. Tendría yo como veintidós años, algo así. Ella tendría algo así como cuarenta y dos.

Pero.

Lo único que pude hacer en un rato que estuvimos solos fue alcanzar a decirle que en aquella época de mi infancia ella significó mucho para mí. Ella me sonrió y me miró y sólo me dijo gracias. No quise ahondar más, no quise echar a perder el momento. ¿Habrá entendido ella lo que le quise decir? ¿Habré sabido yo expresar lo que quise decirle? ¿Lo sabré en este momento?

No lo sé.

¿Qué más hubiera podido hacer? Era muy amiga de la familia, de mi tía, de mi mamá. No se hubiera podido hacer nada. Nada más en absoluto.

Ella murió dos años después de cáncer.

Nada más que decir.

Las Batallas en el Desierto de José Emilio Pacheco.

Un buen libro con el que hice contacto a través de sus letras con esa parte de uno en el tiempo en que se estuvo captando todo nuestro exterior, ambiente, percepciones, sensaciones, ilusiones, muchas de las cuales no entendimos entonces, y que con el paso del tiempo hemos querido creer que lo hicimos.

Pero quedan esas reminiscencias que uno no entiende.

Pero que nos hicieron soñar e imaginar.

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