lunes, diciembre 11, 2006

Cartas a un Joven Poeta de Rainier Maria Rilke

Por fin desde el tiempo en el que me lo hizo llegar un buen amigo pude leer el libro de Las Cartas a un Joven Poeta de Rainer Maria Rilke. Un libro notable, sobra decir.

En ocasiones es necesario hacer altos en el camino. Dice una frase acerca de que ojala nunca perdamos la costumbre de “…detenernos un rato y poder percibir el aroma de las flores”. Dicho así como el recordatorio de que la vida camina y en muchas oportunidades no queremos o no podemos parar para tener un recogimiento total de las sensaciones generales a todo nuestro alrededor.

Sabemos que esto no es siempre posible. Sabemos que tampoco es deseable. Pero cómo quisiéramos hacerlo en cuanto estamos en frente de una obra de teatro que de manera exquisita nos lo exige en silencio. O cuando estamos con nuestros seres queridos sabiendo que afuera se quedaron las tragedias, que afuera se olvidaron las incomodidades que afectan nuestra alma, las inquietudes que asolan nuestra mente.

Así, el libro de Rilke frente al entonces joven Kappus. Rilke le trata de animar, le trata de orientar, le trata de indicar que hay muchos caminos, pero cuidado, es imperativo advertir al joven que muchos de ellos están ahí sólo para confundir o para retrasar el natural crecimiento de alguien como un poeta de esa edad.

Hay que recordar que en aquellos años de principios del siglo pasado se tenían a las artes escritas de manera muy distinta de la de ahora. Como que el siglo XX en cuanto desarrolló y privilegió la violencia mecanizada y la vida humana quedó relegada a una estadística (tema complejo y de muchas aristas), despojando de esa guirnalda virtual de esos personajes que se ocupaban de convertir emociones, sensaciones, percepciones en palabras y metáforas con la búsqueda pura de la estética.

A excepción de pocos, los que quedan de los años gloriosos, ya no se estima mucho a los poetas en la actualidad. Y vemos impresas en piedra maravillas escritas de Paz y de Sabines, y… ¿de quién más que sea conocido por el público en general?


Así las cosas, Rilke trata de ser prudente, le escribe un admirador y él debe de corresponder, él se siente con la adulación propia del de mayor edad de quién se siente buscado, requerido, se siente importante. También se percibe que Rilke no está bien de salud. La carta del joven Kappus es bálsamo para su momento. Un bálsamo muy bien recibido.

Hay momentos especiales, como en el que Rainier Maria Rilke se refiere al arte: “Y mas inexpresables que nada son las obras de arte, esas entidades secretas en las que la vida no termina y que superan la nuestra, que pasa”. O más bien, las obras de arte en sí mismas o lo que uno percibe como arte hecho materia, sustancia, contenido, significado y forma en la distancia y en la sensación. Lo triste y lo grande al mismo tiempo es eso, el que la vida de las obras es eterna y que aunque fuesen destruidas, si fueron notables, estas continuarán, más allá de nosotros mismos. Las piezas que faltan al Coliseo Romano, al Templo de Zeus, al Partenón, a la Victoria de Samotracia, al templo de Tula, al Templo Mayor, a lo que fue Alejandría, enterrada, si se puede decir una barbaridad así, bajo las aguas del Mediterráneo egipcio, todo ello, no queda más que la especulación.

Luego se refiere a algo muy sencillo que está enunciado en medio de las recomendaciones, en medio de la suave admonición, Rilke invita a “renunciar a comparar… evitar la mirada dirigida hacia fuera… entrar en uno mismo…”.


Esto es de lo más complejo del mundo para alguien que está en la constante búsqueda de un punto de referencia. Esto es básico, sí, pero en el mundo de las inseguridades que vivimos los que escribimos siempre estamos en la búsqueda constante de saber en donde nos encontramos… como si hubiera una gran escala reconocida siempre por todos en todas partes, en donde nos pudiéramos ubicar en general, como si esta gran escala fuera el producto de un sistema matemático exacto, preciso y discreto que no dejara nunca la duda de en que situación uno está percibido por algo que bien puede estar englobado, o emanado, en la Gran Sociedad.

El que desconozcamos quien o que conforma la Gran Sociedad, si toda ella lee, si toda ella está cualificada o certificada por un gran Certificador allá en los cielos, allá en el espacio, no haría más que ir extendiendo la cuestión de lo absurdo de esta idea. Pero igual lo concebimos así o más bien, la racionalizamos así, y de ese modo seguimos buscando un lugar en esa gran escala cósmica cualificadora de nuestras bondades, valores y proezas varias.

Mas tarde, Rilke nos habla: “¿Moriría si estuviera vedado a escribir? ¿Verdaderamente me siento apremiado para escribir?” Las grandes preguntas. No es mi caso responderla en particular. Pero sé la respuesta perfectamente.

Aún así es una de las frases claves del libro. “¿Moriría si estuviera vedado a escribir?” Literalmente no se sabe la respuesta hasta estar ahí. Hasta estar en ese tipo de filos, en ese tipo de bordes. Viviendo la vida que llevamos, teniendo con nosotros a nuestra familia a la que amamos, es fácilmente deducir que esa pregunta es una del tipo retórica, pero ¡caramba, cómo se le acerca a la realidad!

Después, Rilke afirma “construir la vida de acuerdo a esa necesidad…” y eso es válido para todas las personas. La vida no es como la vamos dictando, es como nos va saliendo, lamentablemente, y si acaso podemos (creer) ir planeando, anticipándonos de vez en vez en lo que podemos, en lo que alcanza nuestra pobre o gran visión. Es ya sabido: podremos prever lo imposible, y un día lo posible, sí, lo posible, vendrá a pegarnos en donde menos lo esperamos.

A la hora de crear Rilke tiene puntos de vista correctos, llenos de sentido común: “Escoja lo que la cotidianeidad ofrece…”, ¿qué más se puede pedir? Podrás inventar, podrás ir a galaxias y tiempos lejanos pero no te escaparás nunca de esta vida diaria, de estos momentos diarios, de las miles de circunstancias que se desenvuelven en el mero enfrente de nosotros mismos, de todos los días, de todas las mañanas.

La parte interior está con nosotros y nosotros en cada quién está en su soledad total. Lo anterior lo afirma Octavio Paz en su Laberinto y tiene toda la razón. No hay nada más con nosotros. La palabra sirve para expresar lo que sentimos, en todas las dimensiones, a los demás. Rilke orienta al joven Kappus: “Diga sus tristezas y deseos, los pensamientos que le llegan a la cabeza, su fe en una belleza… Use para expresarse las cosas que lo rodeen; las imágenes de sus sueños, los objetos de sus recuerdos. Si su cotidianeidad le parece pobre, no la culpe. Cúlpese a sí mismo de no ser lo suficiente poeta para encontrar sus riquezas… Para el creador nada es pobre... no hay lugares pobres o indiferentes…”.

Así lo hacía Marcel Proust, así lo hace Stephen King (si se me permite mencionarlo en este contexto). Debemos buscar en nuestro pasado, en nuestro presente, en nuestro futuro más ansiado, e imaginado, sobra decir. Nuestros objetivos de hoy, que casi siempre serán distintos a los de mañana.
Una vez más Rilke se lo dice al joven poeta: “Es ahí donde encontrará la respuesta a la pregunta: ¿debe usted de crear?”

¿Debemos de crear? ¿No ha dicho Gabriel Zaid que ya hay demasiados libros? Cómo yo nunca leí ese comentario original y radical debo de hacer caso omiso del mismo. ¿Qué sabe Zaid? Digo, además de ser el personaje grande que es, escritor lúcido de editoriales y, sí, poeta reconocido. ¿Pero él decirme lo que no deba de hacer ya que hay ya demasiados libros? No. No es mi caso.

El que deba de crear, que crea. Nada más. Y lo dice Rilke mismo: “Porque el creador debe ser todo un Universo para sí mismo, hallar todo en sí y en el fragmento de la Naturaleza a la que él está unido…”

Más adelante el libro continúa diciendo: “No se deje dominar por la ironía… esfuércese por servirse de la ironía como un medio más para apoderarse de la vida.”

Esto anterior si lo veo como imposible. La ironía en uno debería de ser utilizada más como defensa que como ataque. Pero estamos en un mundo que duda de nuestras intenciones, de las que sean. Un mundo que ya ha sido sorprendido de muchas maneras.

La ironía es un recurso rápido de usar, como de metralleta que escupe palabras de burla, de sátira, de parodia. Todos estamos expuestas a ella. No la dirán enfrente de nosotros, algunas veces. Utilizaran lo que sea, aunque esté fuera de contexto para hacerlo. Para vejar, sobajar, reducir, inferiorizar, minar: destruir.

Estamos en un mundo que por algunas razones ha sido vejado o agraviado u ofendido. Y desde hace décadas no le importa quién se la hizo sino quién se la pague. Y no hace distingos. El que hoy no es irónico es cursi. Y eso también se castiga. Se burlará de manera sistemática en cada momento que se pueda. La ironía es el arma más sutil que se pueda usar. Y tiene su doble filo. Es parte de ser irónico. Deja la duda, deja el veneno. No importa si después te retractas, del veneno algo habrá quedado.

Algo tan pequeño pero de alcances tan bestiales.

Pero Rilke se torna más amable. Y va al mundo de los libros: “Viva algún tiempo en esos libros, aprenda lo que merece, según usted, aprenderse pero sobre todo, ámelos. Este amor le será mil y mil veces devuelto, y sin importar que sea de su vida, atravesará, estoy seguro, la trama de su ser…”. Eso en cuanto al amor que hay que profesarles. ¿Cuáles libros? ¿A los que se refería Zaid? Probablemente no. Hay libros para amar, hay libros para entender y utilizar su conocimiento y hay libros para olvidar.

Y en cuanto a libros para olvidar, ¿se referiría Rilke a lo siguiente?

“…Lea lo menos posible obras críticas o estéticas. Estas son o producto de espíritus de capilla – petrificados, privados de sentido en su endurecimiento sin vida- o hábiles juegos verbales. Un día una opinión hace ley. Otro, la opinión tiene un sentido opuesto.”

¿Qué más se puede decir de ello? Una opinión hace ley. La del poder, la del dinero, la del reflector. Pasa el tiempo, y todo pierde contexto, todo pierde sentido. ¿Qué es lo que nos queda? ¿El recuerdo de los malhadados quince minutos de Andy Warhol?

Rilke apremia: “Salga usted del equívoco. El desarrollo natural de su vida interior le conducirá lentamente, con el tiempo, a otro estado de conocimiento… Deje a sus juicios su propio desarrollo, silencioso. No lo contraríe, porque como todo progreso, debe venir de lo profundo de su ser y no puede sufrir ni apresuramiento. Llevar a justo término, después, dar a luz. Todo está ahí.”

Todo está ahí.

Poco a poco las mismas necesidades, las mismas contrariedades, los mismos obstáculos que se ponen frente a nosotros nos van ubicando, nos van posicionando, pero no contra ninguna escala a medirnos, sino contra nosotros mismos.

Rilke concluye ese tema: “Espere con humildad y paciencia la hora del nacimiento de una nueva claridad. El arte exige lo mismo a los más sencillos fieles que a los creadores…la paciencia es todo.”

La claridad llegará tarde que temprano de la forma que sea, en el momento que sea. Estemos manejando, estemos en una presentación, estemos bañándonos. La claridad llegará a nosotros como relámpago en frente de nuestros propios ojos.

Sabiendo de ese proceso recordamos que en ocasiones es impresionante el momento de euforia que sigue. Sí, en ocasiones puede ser una falsa alarma, pero la mayoría de las veces no lo es. Y esa euforia da alegría y sustento al alma.

Es como estar frente al tráfico y de repente mientras escuchamos el mismo comercial de siempre frente a nuestros ojos se desvanece el carro de adelante, milagrosamente enmudece la voz del locutor y todas las piezas de nuestra idea sin pies ni cabeza, de nuestro plan informe de nuestro esquema incompleto, comienzan a aparecerse de manera inesperada.

Y asimismo de forma misteriosa inician un acomodo de modo silencioso en una especie de coreografía moderna, irregular y de principio confusa, y que con una seguridad y firmeza que aumenta poco a poco, en una especie de cámara lenta como de imágenes de hojas cayendo hacia el suelo como debieran de caer, en una posición aparentemente imprecisa, pero que en nuestro corazón sabemos con plenitud que esa posición de cada hoja cayendo irregularmente no es más que la justa y correcta, debajo de su árbol-madre que las dio a luz.

Eso sí. La paciencia. Es una palabra de tres sílabas. Y tiene una carga enorme. Y nos negamos a ella, y nos rebelamos, y nos oponemos, y ella suave está ahí, esperando por que acabemos ese impulso contra ella misma. Después de la explosión contra la tremenda espera, contra el tremendo silencio, ahí está ella recargada en la pared, sonriéndonos. Tratando de convencernos con esa sonrisa que hay que esperar. Que no hay más que esperar. Que no hay otra manera, que aunque huyamos de ella, ella estará esperándonos, sumisa no, sabia sí, totalmente. La paciencia sabe que volveremos a ella. Siempre.

Rilke lo sabe.


Y lo digo en presente. Rainier Maria Rilke lo sabe.




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