martes, enero 09, 2007

Clase de Física de primer año de Prepa en 1977-78 con un maestro que acabo de ver en 2007

¿Que te digo? Un blog de más de mil palabras de un incidente que duró probablemente menos de un minuto.

Pero la cosa fue así:

Estaba en el Vips de Cumbres en Paseo de los Leones terminando mi charla con Mario, ¿sí te acuerdas de Mario? Él, buen amigo, quien me diseño la imagen de la portada de mi novela de Technotitlan (que está visible en el blog correspondiente) y la de su por entonces website pionero (que ya no está), compañero de la mencionada novela (corría 1998, mas de ocho años desde entonces). Ya pagando la cuenta, él, por cierto, miré a una de dos personas que entraban.

El gesto, el pelo canoso, todo me fue bastante claro para saber que era el ingeniero que me dio la clase de Física en 1977 y en 1978 en mi primer año de preparatoria, en Bachilleres Obispado, afiliada a la UDEM, o sea, la conocidísima Prepa del Regio (de la que no se ha escrito, ni se escribirá nunca, la última palabra).

Así las cosas, lo único decente que podía hacer era ir a saludarlo, anticipando la consabida respuesta de antemano: “¡Pues que gusto!” Para luego él añadir un: “¿Y a qué te dedicas ahora?” y para concluir amablemente con un “¡Qué bien! ¡Mucha suerte!”.

Y sí, era mi caso, pero aquí un detalle, estaba segurísimo que el maestro no se acordaba de mí. Totalmente. Por eso, le quise ahorrar la pena del “¡Maestro! ¿Se acuerda de mí?”. Digo, para que hacerle pasar un mal rato. Fue un año entero que me dio clase, de acuerdo, pero éramos cuatro grupos de 45 personas, de una sola preparatoria. De hecho, ignoro si daba clases en otras. Además, también dio clases durante varios años. No hay que juzgarse uno mismo tan inolvidable. Bueno, los que pertenecíamos al grupo de los verdaderamente promedios.

La clase era así: Física se estudiaba con un libro verde, lo recuerdo muy bien. O era gris. O anaranjado, ¿no? (¿De qué color era el maldito libro?) El punto era que la dinámica incluía un capítulo previsto al que todos debíamos estudiar de antemano.

El maestro invariablemente llegaba con su camisa a cuadros. Se sentaba frente al escritorio, mirando a la clase. Me imagino que saludaba. No recuerdo si había un tema introductorio, si trataba de relajar al grupo o qué. No sé cuanto duraba ese preliminar. Pero el momento de respiro terminaba en cuanto él decía la Frase.

La Frase era aterradora. Era el anticipo del Terror. Era el anticipo del Suplicio. Tormento. Angustia. Ansiedad.

Lo que también recuerdo era lo siguiente que sucedía de manera simultánea:

Todos lo mirábamos con una mezcla de respeto y…, sobre todo a principio de mes, ya explicaré porqué, repito: lo mirábamos con una mezcla de respeto y… pavor, sobre todo pavor.

Supongo que cada quién, la mayoría al menos, en su interior pensaba si había estudiado correctamente el capítulo a seguir. La mayoría se preguntaba si había una posibilidad de que, si llegaba a ser el Señalado, pasaría la prueba. Muchos nos encontrábamos en la circunstancia terrible y algo entendible, sólo algo, acepto, de querer estudiar un capítulo entero de doce páginas de un tema grave, aparentemente anodino (la tensión superficial, coeficientes de resistencia o de elasticidad), cinco minutos antes de que empezara la clase.

Homicidio-suicidio anunciado. Fusilamiento desde los pupitres. Ya sabes, como si fueran cinco tiradores, cuatro con balas de verdad, uno con bala de salva, nadie sabrá con certeza quien disparó a matar. Inocencia compartida no interrumpida.

La Frase era… “Cierren sus libros por favor”.

Y ahí comenzaba el temblor en las manos, el escalofrío recorriendo la espalda, la sensación terrible de vacío en el estómago, el vértigo que pedía que pararan esa música de carrousel infernal.

Ex abrupto, ¿se puede?

A mi me gustó muchísimo una película de Val Kilmer llamada Top Secret!, de allá por 1984, de los hermanos Zucker, en la que el rubio encarnaba a un agente secreto. Era una parodia y sátira por toneladas tipo ¿Dónde está el piloto?, y supuestamente, ya sabes, era chiste tras chiste tras chiste burlándose de cada cliché posible de películas de la segunda guerra mundial y de espías, una delicia.

Pues bien, hay una escena en la película que describe claramente ese tipo de terror tan familiar: Atrapan a Kilmer, lo empiezan a interrogar en un calabozo sucio y brutal, lo comienzan a torturar latigueándole la espalda de una manera bestial. El tormento y castigo son demasiado para él, en eso se desmaya y se desliza, inesperadamente, en un sueño.

En imágenes entre nieblas en el sueño está él, Kilmer, joven, vestido de colegial, corriendo por un pasillo vacío de una escuela tenebrosa llena de brumas. Desconcertado y lleno de ansiedad, grita: “¿¡Qué sucede!? ¡¿No hay nadie?! ¡DÍGANME, ¿QUÉ SUCEDE?!”. Nadie le contesta hasta que pasa por ahí un compañero que le responde con voz de ultratumba: “Hoy… hay… examen… de… química…” “¡QUÉ!” Kilmer empieza a gritar como desaforado, la angustia y la desesperación lo invaden: “¡No estudié nada! ¡NO! ¡NOOOOOOOOOO!”.

En eso, Kilmer se despierta, está en el calabozo y mientras los latigazos están haciendo trizas a su espalda, él, sonriendo angelicalmente, dice: “¡Oh! ¡Gracias a Dios! ¡Era sólo un sueño! ¡Era sólo un sueño!”

Fin del ex abrupto

El maestro lo que hacía era revisar la lista de nombres del salón. Una y otra vez. De arriba a abajo, de abajo a arriba. Su mirada en el papel. Las miradas de todos nosotros sobre la de él. Miradas ansiosas y angustiantes convergiendo como rayos laser sobre su pluma flamígera buscando el Nombre del Condenado. De quien a través de alguna Misteriosa Manera sería el elegido para dar la clase de ¡memoria!, de… ¿hoy de qué será? ¿Vasos Comunicantes? ¿Fuerzas Centrífuga y Centrípeta? ¿Vectores de Fuerzas? ¿Fuerzas y Aceleración?

La pluma iba y venía hasta que por medio de un impulso imperceptible se detenía y decía sencillamente el nombre del que había sido el elegido al sacrificio.

Y era un sacrificio porque el mencionado compañero o compañera tenía que pasar al frente a pararse enfrente de los alumnos, unos burlándose en silencio, otros condoliéndose, los más, indiferentes, y enfrente del maestro, por supuesto, que tenía su libro en la mano, y de corrido y de la mejor manera, el Elegido debía de dar una descripción completa del tema en la medida de lo posible. De eso dependía una calificación mensual. Los puntos no se regalaban, ¡pero que manera de desperdiciarlos!

En ocasiones el tema podría ser noble, daba de sí con naturalidad pero la inmensa mayoría de las veces no lo era. Temas abstractos e inasibles, fórmulas, gráficos, planteamientos, conceptos que no sabíamos quien con claridad fue el afortunado que los descubrió o para que demonios nos podían servir el día de hoy (lo cual es otra historia).

Era doloroso ver como el Condenado a dar la clase, o a intentar simular que daría la clase, que de plano se notaba que no se la sabía. Pero, si me pongo a pensar, no recuerdo que muchos se hubieran negado a pasar al frente ya que eso significaría un cero fulminante que pesaría muchísimo en el promedio mensual. Mejor un cuatro que un cero. Siempre mejor un cuatro que un cero.

El interrogatorio terminaba como comenzaba, el maestro anotaba algo. El Condenado que sobrevivía ya, como fuera, con la calificación que saliera, ya era libre de no estudiar a la siguiente clase el siguiente día que tocase Física ya que su turno sería hasta el siguiente mes. ¡Él ya podría mirar a los ojos al Diablo si quisiera! Hasta la próxima ocasión.

¡Espera! La clase no ha terminado. El maestro ahora continuaba con la pluma y la lista. Y todos los demás seguíamos con la vista a donde dirigiría su mirada, si al principio, al medio o al final del papel. Alguien más daría la clase esa misma mañana.

Poco a poco, si no te tocaba, obviamente tus probabilidades de ser inmolado aumentarían con cada día que pasase. Así que ya ni sabías que podría ser mejor, si rezabas porque te tocase al principio o si rogabas para que te tocara al final para que no tuvieses que estudiar tanto.

Ni a cual irle.

Claro que la solución era sencilla. Estudiar todos los malditos capítulos hasta que fuera tu turno y listo. Pero hay tantas cosas que quisiéramos cambiar si tan sólo se nos pudiera dejar enmendarnos…

No recuerdo como calificaba el maestro. Sólo sé que pasé su materia los dos semestres. Sólo digamos que pasé.

Me imagino ahora la necesidad urgente de que haya más ingenieros en nuestro país. Yo estudié ingeniería de sistemas. No creo que haya sido por su causa. Probablemente era la parte de sistemas la que me atrajo. Pero de que hacen falta jóvenes que crezcan con interés por las ciencias como la química, la matemática, o la misma física, hacen falta. Y muchos.

Hace años leí la novela de Rising Sun de Michael Crichton (creador de Jurassic Park, E.R., etc.) en la que un personaje, que supongo que era la voz del mismo escritor, decía que había en las universidades en ese instante, más de 300,000 estudiantes que querían destacar como conductores de televisión y que querían parecerse a Charlie Sheen.

Muchos entonces ya no querían ser ingenieros, hoy han de ser más. Pero los orientales sí lo desean, los indios, los coreanos, los taiwaneses, los chinos. Esos países saben que la tecnología es la que hace a un país más próspero.

Maestros como el profesor Rogelio Elizondo faltan. Recuerdo que trataba de hacer la materia difícil, pero no remota. Esas materias deben de enseñarte a pensar, a razonar en un mundo que es difícil de por sí. Él tenía sentido del humor, y no era perro perro, y eso sí, jamás supe que fuera barco.

No sé si me quedé corto al describir esto, pero han pasado treinta años y ahí está su buen recuerdo. No sé si inculcar el amor en la prepa por las matemáticas, la física y la química nos consiga un país mejor, pero quizá sí. Tal vez ya sea demasiado tarde llegar a prepa

Debo de aclarar, no sentí que me lo inculcaran en prepa. Eran materias difíciles, pero no imposibles. Tal vez se deben de buscar más maneras de hacerlas atractivas, de hacerlas necesarias, de hacerlas naturalmente prioritarias.

Con el paso del tiempo, eso sí se entiende. La falla fue de uno mismo. O sea, mía. No esquivo mi responsabilidad. La falla no fue tanto del maestro. O tal vez la falla fue del Sistema que no te destaca estas necesidades. Ni lo sigue haciendo entre los más jóvenes. Algo en ese sentido debe de hacerlo alguien, pero ya.

Los medios deberían de inculcar, y nosotros mismos, que estas materias son de importancia nacional, estratégica, en la primaria, la secundaria.

El profesor Elizondo no pudo acordarse de mi nombre, pero yo sí de él.

Y para mí en lo particular, eso es lo que cuenta.

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