viernes, enero 19, 2007

La Concavidad de las Grandes Preguntas Convexas. El Séptimo Sello, un primer punto de vista.

El Séptimo Sello es una película. Es una película sueca. Es una película sueca de 1957. Está en blanco y negro y está hablada en sueco. Y la acabo de volver a ver después de casi quince años.

Por lo mismo acabo de leer que en la actualidad, en esta terrible Edad de la Ironía en que vivimos, ya no se hacen películas así (como tampoco se hacen álbumes como The Wall de Pink Floyd). De hecho, que ya no se pueden hacer películas así.

Es complicado vender entre las nuevas diminutas audiencias de los multiplexes una película que hable de Dios, o más bien, de su no existencia (en el sentido de la cuestión en sí), o si lo prefieren, de su obstinado silencio. Es complejo imaginar seriamente en estos días, una película en la que se escenifique que La Muerte (vestido de negro, cara blanca, voz solemne, seria, mortal, si se me permite decirlo así), se enfrente con un caballero recién llegado de las Cruzadas por su vida.

Para acabarla, este caballero llega a su país natal, Suecia en medio de la Peste Negra asolando todas las comarcas, el sentido del Fin del Mundo que se acerca y los Sellos del Apocalipsis que se van abriendo uno a uno.

Un enfrentamiento entre entidades de esa naturaleza hoy en día a fuerza tendría que ser una comedia de acción o una aventura llena de emociones y paroxismos. Comedia sí, pues hasta Woody Allen hizo una obra de teatro cómica basada en el encuentro central que sucede en El Séptimo Sello.

Y una aventura de ese tamaño, porque si nos ponemos a pensar, ¿cuántas historias del cine no podrían ser basadas en una situación así, en las que el ingenio del Caballero, o el del Policía, o el del Héroe con múltiples recursos que en resumidas cuentas no sólo logrará vencer a la Muerte con algún truco original, quizá con tremendos efectos visuales, sino la vencerá con creces de una manera que dejará a todos en sus asientos mortecinamente iluminados con la boca abierta? Y cada escena bastará para mantener la vista enganchada en la pantalla. ¿Enganchada? Soldada a la fábrica de luces, quise decir.

Las películas de pensar no son muy populares. (Recuerdo un crítico de un periódico de Monterrey, todavía en activo, que al hablar de películas así como las de Bergman o de las de Andrei Tarkovsky, sólo hacía referencia a las “imágenes inexplicables”, no con un dejo propio de respeto, sino más bien con uno absurdo de confusión, ¿qué pensaría este cuate de Mullholland Drive, de David Lynch?).

Ahora, creo estar seguro, las únicas películas que sobresalen, en los medios al menos, son las películas para crear reacciones. Asustarse, reírse, enojarse, horrorizarse, divertirse, entretenerse.

El Séptimo Sello de Ingmar Bergman. Este señor de hoy 88 años es alguien que tenía muchas necesidades de explorar no sólo la vida que lo rodea con todas las interioridades del dolor de los sentimientos hacia nuestros propios padres, con el sentido de la culpa y el remordimiento sino en el mismo sentido amplio de la existencia, en lo que se pueda abarcar.


El precipicio mismo que se abre arriba de nuestras cabezas. Así es, arriba. O para donde mires, si lo prefieres así.

¿Qué hay más allá de la vida? Y no me refiero sencillamente al contraste con lo de la Muerte, sino, realmente ¿qué hay más allá? ¿O cuál es el sentido de todo? ¿Quién nos puso aquí? ¿Para hacer qué?

Me recuerda algo a la pregunta clave a la hora de hacerse reflexiones filosóficas: ¿Hay vida más allá de nosotros los humanos en este Universo? (Porque para esto se especula que podría haber muchos, la Física no lo descarta, se imaginan que hay como un Río del Tiempo en el que los Universos pululan como burbujitas en lava ardiendo fluyendo, ¿hacia dónde? He ahí otro problema.)

El argumento de la pregunta clave (y su respuesta) va mas o menos así:

El día que tengamos la certeza absoluta, absoluta de verdad (o sea, la irrebatibilidad total, si es que me explico), de que SÍ hay seres extraterrestres (como sean, verdes, o marcianos, o microbianos, o vulcanos, pues) más allá de este buen y maltratado planeta Tierra, por más lejanos que estos estén, ese día será de asombro total para toda la humanidad.

En ese caso diríamos: ¡Increíble! SÍ hay seres que nos acompañan. SÍ hay seres que existen y que quizá sufren y que tal vez se hacen las mismas preguntas que nosotros, pensamiento celestial que aturde y acobarda.

(En Encuentros Cercanos del Tercer Tipo de Steven Spielberg, de 1978, pero más bien, en su parodia correspondiente aparecida en la revista MAD de ese mismo año, el personaje de Richard Dreyfuss, que se había ido de casi colado en la Nave Nodriza hacia el espacio, llega al planeta de los extraterrestres, millones de años luz tal vez, totalmente en su propio Nirvana personal, tal vez asimilando la Máxima Reflexión de las Alturas a las que puede llegar un ser terrestre como tú y como yo… quedandose anonadado cuando lo dejan en medio de un suburbio de una ciudad cualquiera de su planeta de origen sólo para descubrir que ahí esos seres TAMBIÉN se la pasan contando chismes, perdiendo el tiempo, cortando el césped, espiando a los demás y discutiendo con sus propios vecinos del daño que les hacen las cochinas mascotas en sus propios patios: Total que uno nunca sabe que va a encontrar cuando pueda uno mirar hacia un lugar así… si tan sólo pudiéramos por un segundo…).

Serios de nuevo.

En ese caso, ¿tendrán ellos también su anhelo de búsqueda de Dios? ¿Habrán encontrado la manera de filosofar y de saberse en comunicación con su Dios?

O la más impactante, ¿será el Dios de ellos, los extraterrestres el mismo que el nuestro? Y nosotros que nos creíamos universocentristas. Con razón si rezamos a Dios para sacarnos la Lotería o el Melate o la Casa del Tec, no nos hace caso, ¡tiene demasiados Universos en que ocuparse para hacernos caso!

Por otra parte…

Lo único malo es que, el día que tengamos la certeza absoluta, la misma certeza mencionada arriba, irrebatibilidad y todo, pero en el sentido contrario, de que NO hay seres extraterrestres en el Universo, por más lejana la distancia que busquemos, ese día, TAMBIÉN será de asombro total.

O sea, sencillamente, la certeza de la SOLEDAD absoluta más allá de este, ya dije, buen planeta, madre nuestra. O en entender, comprender, asimilar, abarcar que no hay más que nosotros en este Universo. Sólo nosotros y nada más.

Bueno, lo anterior también funciona de manera similar con Dios.

El día que se compruebe, más allá del entendido de que la fe siempre funciona en ese sentido, que existe, o sea, que ya sea factible la demostración de la prueba definitiva de que Él está aquí y demás, pues, ese día será de asombro total aunque muchísimos millones de gentes en estado de gracia nos mirarán de manera beatífica con un “te lo dije” en sus ojos. Y podría ser que empiece entonces a funcionar el diálogo de la Humanidad con Dios mismo. Podría funcionar, ¿no?

Y si se diese lo contrario, de encontrar la manera de demostrar que Dios no existe, más allá del dolor de los creyentes tibios (y la obvia negación de los creyentes fieles), también caeremos en esa certeza abismal. La nada más allá de nosotros mismos. ¿Habrá desesperación y angustia? ¿O habrá ese estado de aturdido intento de querer entender y acercarnos al sentido posible de la frase de “ni modo, ahora estamos solos, pongámonos a trabajar”?

Sería triste escuchar la frase: “Ya no reces, nadie te responderá.” Muy triste.

Y si pensáramos más en el asunto llegaríamos a creer que eso está en el rango de los novelistas o de los cuentistas. (Me trae al recuerdo el cuento de ciencia ficción de Harlan Ellison de El Pájaro de la Muerte uno de las historias más estremecedoras que he leído en toda mi vida, recomendadísimo y peligrosísimo, ya que pone en riesgo el punto de vista religioso personal. También este asunto me recuerda la novela de Morris West, Los Bufones de Dios, que trae un tema de Apocalipsis y elegidos, pero eso sí, algo suave y en tonos pastel.)

En fin, la secuencia de preguntas que pueden generarse desde aquí es de lo más desoladoras y no le gustarán a nadie. Por tanto no llegarán a ser muy populares que digamos. ¿Qué le vamos a hacer?

El Séptimo Sello es una película fascinante. Siempre me he preguntado como alguien hace ese nivel de arte en noventa minutos. Noventa sencillos minutos, lo que se tardan incontables programas que salen al aire todos los días que no nos dicen absolutamente nada.

Discutiré más de la película próximamente, si la llegada o no del Apocalipsis lo permite.

En caso de ser así esperemos que haya buen clima.

(Si tienen alguna pregunta o deseo de conocer algo más de las referencias mencionadas aquí, no olviden escribir
luisgmetaconexiones@gmail.com, con todo gusto responderé.)


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