martes, febrero 20, 2007

Bajo tu propio riesgo: mejor mantén tus Ojos Bien Cerrados

Ayer vi Eyes Wide Shut en TV por cable.

Una película extraña, misteriosa, fría. Tom Cruise y Nicole Kidman son esposos que rozan el concepto de las fantasías sexuales y no precisamente con sus cónyuges.

Una vez más Stanley Kubrick estremece por las vibraciones de frialdad emitidas por sus imágenes, si es que esto puede ser imaginado. Ojos Bien Cerrados, como se llamó en español, fue su última película filmada a lo largo de dieciocho meses y estrenada en 1999, a una semana de la muerte de Kubrick, recién entregada para el proceso de las copias a ser distribuidas para su estreno mundial.

Definitivamente salta a la vista que no es como sus otras películas, más luminosas (me lo podrían discutir, por supuesto), claras (bueno, 2001: A Space Odissey es 2001: A Space Odissey) más sin embargo Eyes Wide Shut también trata de aferrarse a la gran idea, en este caso el de la complejidad y confusión que hay debajo de la mente humana, a la de verla como una cebolla que contiene capas y capas con significados de todos tipos. De un viaje de exploración a las contradicciones que benditamente ignoramos porque a final de cuentas no podemos hacer otra cosa.

En Eyes Wide Shut está en definitiva la elegancia siempre presente, no obstante el papel de Cruise, el doctor Bill Harford es el de alguien sofisticado acostumbrado a no detenerse por pequeñeces como pagar 375 dólares por un disfraz. Así las cosas no es extraño que la idea de que a las personas ricas aunque no famosas, definitivamente pueden quedarse sin ideas para divertirse… para buscar esas diversiones y escapismos en lugares más peligrosos para su propia conciencia y vida.

El argumento está basado en una novela algo desconocida de los años veintes que se llama Traumnovelle escrita por un tipo llamado Arthur Schnitzler y que es denominada como un “thriller psychosexual”, sea lo que eso pudiere significar.

Sólo que ahora son los años noventas y muchas más cosas pueden pasar. Tales como encontrarse con un viejo amigo pianista que le cuenta que hay cada cosa en este mundo… como tocar en un lugar en un evento especial más allá de toda imaginación posible.

A nuestro doctor Cruise-Harford eso le llama la atención y puesto a descubrir que es por viva voz ni tardo ni perezoso consigue la dirección del lugar. Y entonces va y…

Pero antes, bien valdría la pena examinar lo que acompaña a Eyes Wide Shut. Está por ejemplo al principio la escena en la que está una fiesta fabulosa en la que el matrimonio (ex matrimonio, más bien) de Kidman-Cruise les toca separarse por un segundo y ya están conversando con otras personas de sexo opuesto para intenciones imprevistamente non-sanctas. Esto lleva por caminos insospechados para sembrar la sombra de la duda en un matrimonio en general bien avenido.

No es necesario (¿o sí?) mencionar la soberbia técnica de dirección de Kubrick (sí, el señor se puede decir que es frío en su mano directora, ¿pero que es que siempre deberemos adorar sólo a directores que no lo sean, o qué?) como va transcurriendo la cámara en una coreografía exacta y con un dominio total por su ambiente. En las escenas simultáneas del tipo húngaro que trata de seducir claramente a Kidman y en el de las dos chicas que van llevando a Cruise por un pasillo con destino desconocido de pronóstico reservado pero al mismo tiempo esperado, son clases de cine de cómo hacer parecer lo complejo en sencillo, en como pareciera que todo estaba listo para poner la cámara y ¡listo!, una gran escena. Cámara por un lado que baila con la pareja pecadora-to-be y cámara con su favorita técnica de Steadycam (que fue de los primeros en utilizar en The Shining, en 1979) utilizada como conciencia constante preparada para hacernos partícipes de la seducción de ellas (doble premio), las jóvenes anónimas (bueno, una se llama Nuala, algo así) al pobre Dr. Cruise.

Pero aquí, como siempre, interviene el destino de dos maneras. Una, el dueño de la casa, un señor de cierta edad protagonizado por el director de cine Sydney Pollack (director de Tootsie y que ha aparecido en al menos una de las películas de Woody Allen), está en un aprieto: una chica con la que tuvo cierta actividad cae en un letargo producido por una indebida combinación de drogas. Para eso es llamado el Dr. Cruise, amigo de confianza en la que sin perturbarse de la exquisitez de la chica, desnuda en toda su extensión, la saca de su inconciencia. Se llama Mandy, dice Pollack.

Y dos, durante el evento el Dr. Cruise se encuentra con su amigo ex condiscípulo que ahora es pianista y les cuenta lo que mencioné arriba.

En fin, al pasar una situación de cama que implica escuchar a Chris Isaak con Baby did a bad bad thing, con su sonoro bajo que suena a conspiración, complicidad y complacencia, entonada con humo de mariguana, se suceden confesiones innecesarias pero que en la mente de el buen doctor le disparan imágenes indeseables, que eso, le causan deseo de irse a reconocer el bajo mundo de la noche y las luces. Un Nueva York con sus calles malvadas english-made en alguna parte del Londres que tanto amaba Kubrick. O eso, o su temor de volar tan poderoso como siempre.

Bueno, que más da contar partes sí y partes no, ¿verdad? El caso es que el amigo pianista le da literalmente el santo y la seña del lugar donde la siguiente fiesta será y es. Casualidad de las casualidades, esa misma noche, y aprovechando que el doctor Cruise tiene permiso para estar fuera de su casa esa noche por acompañar una situación de fallecimiento de uno de sus pacientes mayores a domicilio, pues se dan las cosas, la verdad.

La trama no se complica, sólo se adereza con la búsqueda de un disfraz y así las cosas ya por fin, entramos en materia.

La escena de la extraña celebración religiosa-sexual no tiene nombre. Inolvidable y sin comparación. La ambientación está rodeada de cantos extraños, que no eran más que de una misa al revés hablada en rumano.

Un ambiente circular en una gran sala de dos pisos llena de personas con máscaras tipo venecianas, unas estilizadas y otras sencillamente grotescas, que rodean el centro de la escena. Si en alguna ocasión la puesta en escena, como la llaman los franceses es una mise-en-escene es aquí mismo.

La gran sala está llena de una gran tensión. Hay un rito en marcha. Se siente que es un rito nada apegado a lo que estamos acostumbrados. No creemos que tenga tintes diabólicos, aún y que el que lleva la voz cantante está vestido de rojo, siempre con su máscara y en su mano izquierda llevando un incensario.

El incensario está dirigido hacia las ocho personas que están hincadas en el piso, haciendo un círculo también con máscara, capa y capucha. Se despojan a una señal de su capucha y se ve que están desnudas con excepción de una tanga y tacones terminados en punta. Son mujeres jóvenes con sus cuerpos bellos, rozagantes, firmes. Se besan a través de sus máscaras en un acto de solemnidad cada quién con la que está a su derecha una por una, como si hubiera un beso de algún sentimiento desconocido entre cada quién. Fraternidades ocultas para los espectadores.

El doctor Cruise está ahí de intruso. No sabemos que hay en el alma humana que nos impele a buscar lo desconocido, de ir a buscar dónde no nos llama, cuando la curiosidad nos posee y el deseo de lo que no sabemos es tan poderoso, nada podemos hacer. Nadie en nuestras medidas y escalas.

Su mascara no es de las grotescas, en teoría no debería de llamar la atención, es blanca, con adornos dorados, delicada. Las máscaras que ocultan tu persona, las máscaras que por esta vez sí son físicas y que todo mundo sí ve que usamos sin que tengamos que mentir.

El doctor Cruise observa con intensidad a las mujeres a través de las ranuras de su bella máscara. Todas ellas son perfectas en sus proporciones, en sus caderas, en sus pechos, en sus hombros. No sabemos por sus propios disfraces si serán hermosas o no, pero creemos que sí. Deseamos creer que sí. Que esas perfecciones de cuerpos, resaltados por los estiletes que usan de tacón que en alguna parte este rito sexual será oscuro y misterioso, quizá hablan de un umbral que si supiéramos de que se trata no desearíamos seguir.

Ellas ya están de pie. Y empiezan a moverse, a caminar con una lentitud y pausa delicada, tal vez estudiada, firme, creando ondas de vértigo que fluyen a todas partes, especialmente hacia la cabeza del doctor Cruise, tan alejado en su vida de ese ambiente, de esa decadencia que causa mareo por su irrealidad.

Cada una de las mujeres va hacia uno o una de las presentes. Y una se mueve hacia el doctor Cruise, en su cara no sabemos, pero la incredulidad se ha de hacer presente. Una mujer desnuda te toma de la mano y te lleva, ¿hacia dónde?

El sinuoso y nada arduo camino de la hermosa mujer que lleva al doctor Cruise es acompañado por la cámara de manera continua esta vez sin Steadycam presente y más bien tomado con una handheld camera que nos recuerda el propio camino de David Bowman al recorrer los pasillos lúgubres de la nave Discovery hacia su cita mortal con HAL-9000, con todo y sus movimientos pausados en los mundos perdidos de 2001: Odisea del Espacio. Tal vez, el camino de la pareja, desnuda una y oculto el otro tendrá sus tintes mortales, peligrosos. Los negocios riesgosos de Tom Cruise que parece que son sus panes de él de cada día.

Pero a diferencia de la nave Discovery errante en órbita decayente frente a Júpiter y al Monolito-Puerta-de-las Estrellas, no entramos a pasillos llenos de interruptores de diseño sesentero-espaciales-futuristas-que-no-existieron-jamás, entramos más bien a salas y salas aparentemente prohibidas en la que vemos los placeres del sexo exhibicionista, de tonos eróticos y decadentes en parejas que sin desinhibiciones explosivamente y en silencio anormal copulan también en coreografías armadas de manera que no logran sin embargo lograr excitación a menos que nos mintamos todos de lo voyeuristas (porque de que nos incluyeron, nos incluyeron) que podemos llegar a ser, dueños de toda la voluntad posible (¿podrías creerlo?)

Todas las expresiones de todos los presentes son esos rictus tan escondidos debajo de sus máscaras que jamás sabremos que hubo-hay-habrá debajo de los ojos de cada persona, testigos de placeres que en ocasiones, a deducción del lenguaje corporal de algunos de los asistentes, por decir una pareja de mujeres que están en uno de los sofás, arregladas las dos en abrazos indiferentes, llenas de hastío, llenas de vacío, si eso fuera posible.

Quizá el aburrimiento ya está en la mente de los testigos de tantas y tantas copulaciones (¿o cómo llamarlas? ¿Simples actos sexuales? Tal vez, pero, eso ya es en sí, otro lugar común que fastidia, harta, causa vacío e indiferencia), quizá el fastidio se apodera de todos, quizá hay que ir empujando más allá y permitir que nos envuelva además de la decadencia, la degradación, ¿qué seguirá? ¿Las pasiones asesinas del marqués de Sade? ¿Un club de suicidas? ¿Un club de caníbales? ¿Una patrulla de boy scouts?

La larga escena del club de si-tu-tienes-que-preguntar-de-que-se-trata-es-probablemente que-jamás-te-inviten no es agradable ni con mucho, eso sí, es fascinante, repulsiva y atractiva a la vez, como lo es la pornografía, como son los accidentes de tránsito, como son las biografías de los niños actores que nunca llegaron a ser más que fracasados.

¿Qué más hay después en la película Eyes Wide Shut, Ojos Bien Cerrados de Stanley Kubrick hacedor de sólo 13 películas en su vida que llegó a los 70 años?

Las reverberaciones de nuestros hechos nos seducen y nos condenan. El doctor Cruise hizo algo indebido en su mundo de infelicidad y tendrá que pagar de una manera, que no será onerosa, y tal vez esa es la parte que más esperábamos.

Pero no sé, quizá al quitársele la venda de sus ojos, ya no tan cerrados, fue condenado a ser parte de un mundo que ya sabe, que ya confirma, que no hay más allá. Que el ser común y corriente no te impide recordar de por vida que hay mundos (que te atreviste indebidamente a ver por tus propios ojos bien abiertos) en los que no se te permitirá entrar por más que seas doctor, rico, agraciado por la vida, por más que seas perfecto en los cánones que el mundo crees que le importan.

Porque ni tu poder temporal, el que tengas, será suficiente para resolverte todos los problemas de los que son culpables tus propios deseos y oscuridades, y de entre los que estás más consciente de que los ignoras, y más los que subyacen en tu mente, de los que sospechas que están encadenados a una pared delgada y endeble de mínima cordura, y que lo terrible de todo es que también intuyes en tus sueños intranquilos que esos rasgos oscuros de tu mente están tan al borde de desencadenarse y que tienes la firme y terrible idea de que no sabrás como regresar a ese tu hogar de paz y sanidad, que no quisieras que sea, que no quisieras descubrir, que podría ser destruido con sólo un soplo de locura violenta, la tuya propia.

Kidman y Cruise viven vidas aparte, lejos el uno del otro, ¿amargados? ¿infelices? Sólo ellos saben. Misiones de reunirse de nuevo Imposibles, y con los Otros, todo el mundo también todos-somos-voyeurista mirando. Sólo recordemos que Stanley Kubrick siempre supo sorprendernos, que tuvo la terquedad de alguien que quiso entregarnos sus puntos de vista, de los amores ilícitos imposibles indebidos incorrectos, pecadores, del fin del mundo cómico-trágico, de la tecnología-cósmica-mágica-universal incomprensible, de la ultraviolencia que nos acecha a ti y a mí, de la exquisitez frívola de tiempos pasados que nunca fueron mejores, del mismo terror sobrenatural imaginado en la soledad congelada, de la guerra que despedaza los sentimientos y sensibilidades, y aquí, los reductos mentales y emocionales perdidos o prohibidos, que nunca jamás podríamos recuperar o que más nos valdría jamás recorrer.

Ahora, si tan sólo alguien me dijera cómo pasaron la Naranja Mecánica por televisión abierta sin que esta pierda sentido, orden y significado, sería fabuloso. (Y al mismo tiempo, el que la transmitan es una muestra irónica de cómo el destino de Kubrick nos alcanzó en una película que en su origen, 1971, hará 36 años, fue permitida sólo para adultos mayores de 21 y que ahora sus primeros espectadores tendrán mínimo más de 57 años, que se encontrarán con el panorama de ver esa misma película con sexo, violencia y brutalidad que de seguro pasará en medio de comerciales de lotería, sorteos y automóviles, que pensándolo bien de seguro en alguna medida traerán sus mensajes mezclados con sexo, con violencia y esperando ellos, de seguro, que seamos nosotros los que pongamos la brutalidad.

Ah, entonces está bien.

Supongo.


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