martes, febrero 27, 2007

¡ESTÁS DESPEDIDO!


Acabo de ver un minimaratón de seis horas de El Aprendiz con Donald Trump.

Confieso que jamás lo había visto. El señor Trump nunca fue santo de mi devoción y aún ahora no lo es, pero algo tiene el señor, eso es innegable. Digo, además de megalómano, duro, pagado de sí mismo, etcétera, etcétera.
(Un día conocí a un señor así, tenía como puerta de su despacho una gran como piedra gruesa que se abría con un mecanismo, su oficina era de paredes negras, su abrecartas, una adornada daga marroquí, reposaba quieto en su mesa de mármol negro, el jaguar o leopardo, no recuerdo, que colgaba del techo arriba de él, era impresionante, el taburete en el piso en un rincón que era una pata de elefante en mejores días, esa sí que rondaba en el kitsch más sincero que se pudiera sentir aprecio por él).

El asunto de El Aprendiz es igual al de tantos reality shows de los que han abusado en la TV, ya sea por cable o por TV abierta, de los cuales ya también se ha hablado demasiado.

Pero siento que El Aprendiz se cuece aparte, dentro de lo que cabe.

Ya se sabe la fórmula, un grupo de postulantes quieren algo y tendrán que competir rabiosamente entre ellos para lograrlo, en este caso el objetivo es sencillo, y complejo, trabajar con el mismo señor Donald Trump como vicepresidentes de no se qué, con un sueldo de casi 5,000 dlls a la semana, no poca cosa.

De Donald Trump sé lo básico, un cuate que se metió desde muy joven a la bienes raíces y le fue, no sé si por herencia pero de seguro que sí por habilidad, super bien, teniendo un gran éxito. Trump es un tiburón para los negocios, de mucha fama en los 80’s y a principios de los 90’s quizá coincidiendo con la fiebre del alza de los bienes raíces que se dio en la ciudad de Nueva York en esos años. Tuvo su Trump Tower en mera Quinta Avenida, con terrazas a mucha altura con árboles cuales jardines colgantes de Babilonia, muy distinguido el señor, creo además que tiene un gran casino en Nueva Jersey, no muy lejos de Nueva York para los que no conozcan.

Luego Trump apareció en tabloides por asuntos con la esposa, ahora ex esposa y todos esos líos cuando hay demasiado dinero de por medio. Y así fue que desapareció de los ojos de todos. Hasta que llegó de nuevo con El Aprendiz.

Al parecer el señor no había perdido nada de su brillo. Y me ver tocó no sé si la segunda tercera o cuarta temporada (¡ya son seis!)

Este asunto de los reality es de flojera. Desde el primero que apareció en MTV allá a principios de los 90’s: The Real World. Repulsivos y atractivos al mismo tiempo (bueno, me gustaba The Amazing Race por cada lugar que visitaban en su carrera por todo el mundo, pero las tareas que les encargaban eran absurdas, verdaderamente). Y lo peor, no les acabas de agarrar la onda, hasta que, eso, le acabas por agarrar la onda, como fue mi caso. En este punto me tocó ver el resumen El Aprendiz de esa temporada en particular cuando eran 18 integrantes y como fueron quedando menos y menos.

Estos integrantes tenían que llegar a la producción a través de peticiones con una cinta de video que enviaban a los organizadores y supongo que dependiendo de su apariencia y algún mensaje que les pareciese atractivo, era como se elegían estas personas.

Me pareció que las edades eran de 23 años hasta como 33, y de todo tipo, eso sí, de orígenes diversos, pero claro, debían ser medianamente atractivos. ¡Es TV por el amor de Dios!

La mecánica de ir eliminando es más o menos como sigue: Los integrantes se dividen en dos grupos, se designa un líder de cada uno y a los dos se les encarga un proyecto, el que salga mejor de los dos gana, el líder del equipo perdedor debe de llevarse a los dos peores colaboradores delante del señor Trump quien juzgará junto con dos de sus más cercanos colaboradores quien será el que deba de salir.

Esto se repite hasta que vayan saliendo cada uno de los competidores. Los equipos después se “reestructuran” intercambiando integrantes para que tratar de alguna manera de equilibrar las fuerzas.

Los proyectos van de vender cosas, conceptos, hasta como inventar pizzas y venderlas, o sino diseñar productos y venderlos a las administraciones correspondientes de las compañías que no sé si patrocinan o pagan o son consultadas para que apoyen en la competencia (Ya supe. Sí pagan por aparecer y es una de las principales críticas al programa en EU).

Las dinámicas entre los integrantes son curiosas. Primero hay que notar que ahí están las cámaras omnipresentes en todo momento, como en todo reality que se respete. Los escuchan, los graban, le toman a los gestos de cada quien cuando hay intercambios emocionales de fuerza, en cuanto hay que registrar toda la furia, la decepción, el triunfo, el desengaño.

Se ven las peleas y recriminaciones porque unos trabajan más que otros, otros descuellan sin intentarlo y otros de plano se roban las ideas creativas de sus compañeros en sus narices. Unos más hasta dan zancadillas a sus compañeros y otros más de plano se van a dormir de manera un tanto irresponsable a pocas horas de presentar un proyecto importante.

Al presentar el proyecto a los consultores de la empresa para la que ambos equipos están haciendo su trabajo empiezan a definirse si se utilizaron enfoques originales, atractivos y sobre todo, si el punto era ganar dinero, que ganase uno más que el otro.

Si el punto es que se presentase el proyecto ante la firma de marras que ésta definiese si el proyecto cumpliera con los objetivos previstos, con el sabor deseado por más subjetivo que este fuere. Dependiendo, uno de los equipos gana al otro.

En ocasiones de plano sí se ven decisiones de los integrantes del equipo que envuelven tiempo derrochado, o recursos, o líneas de diseño que se van de lado a lo que pidieron. Hay integrantes que nunca se terminan de integrar y que sin embargo pueden estar sobreviviendo en cada ocasión que su equipo es derrotado ya que a la hora de estar frente al señor Trump hay alguien que siempre sale peor que él.

Ese es el caso de los líderes de proyecto que fueron los culpables ya sea por tomar esas malas decisiones que se llevaron de encuentro a todo el equipo o por sencillamente no ganarse el respeto de sus integrantes. El señor Trump deja hablar en el interrogatorio final a los culpables para ver como ellos se defienden de las acusaciones de sus compañeros que hacía pocas horas se prometían entre ellos amistad absoluta. Conforme se acerca el final y los integrantes son menos, la cosa es clara, la lealtad es hasta que entran a la elegante sala de juntas del señor Trump, porque pasado ese instante cada quién se lanzará hacia la garganta del otro.

Al principio puede ser patético mirar como se echan la culpa entre ellos. Y el espectador con ese ánimo de siempre gustar de observar una buena pelea, se va contra uno o con el otro, si es que aquél realmente no participó lo que debía participar o si aquél tomó una mala decisión al perder el tiempo o si en lugar de hacer una reunión por teléfono con el focus group debió hacerla en persona.

El señor Trump es feroz. Tiene ojos como de rendija, no lo describo más porque, ¿que tal si me demanda?, por ese motivo no mencionaré ni lo de su aparente tupé, que jamás se mueve un instante, al parecer la producción lo cuida demasiado, siempre digno, como un antiguo César que está al pendiente de condenar al gladiador a la muerte con su pulgar hacia abajo (es un mito eso, lo sé, pero la metáfora sonaba correcta en este instante). Nunca quita ese gesto de león molesto. Sabe que los que están en esa sala con él son los perdedores.

De hecho, a los ganadores de cada proyecto los premia de manera inolvidable, como por ejemplo uno de los premios que le dio a cada integrante de un equipo ganador fue llevarlos a un vuelo de 0G, que es uno en el que se van en un avión que vuela hacia las alturas de manera suficiente como para de pronto cambiar de dirección y lanzarse hacia el suelo para poder crear por un corto tiempo la sensación de ingravidez que sólo los aspirantes a astronautas están familiarizados; otro premio fue ir a desayunar con el señor Trump desde su hiperlujosadorada suite, que mira a todo Nueva York, y que hacia donde poses tu vista alrededor del desayunador es todo de oro.

Los perdedores son sujetos de la furia del cielo. Saben que alguno de ellos será despedido implacablemente. Los tres sujetos deberán de defenderse con las uñas por el derecho de quedarse una semana más para poder demostrarle al señor Trump que ellos pueden ganar la próxima ocasión. Pero antes deberán despedazar a sus amigos, compañeros, compadres o comadres.

Las acusaciones vuelan de un lado a otro, se gritan, se irritan, callan al otro, el señor Trump debe de mantener el orden a veces. Sin perder el gesto de desagrado de estar con perdedores, a él sólo le interesan las estrellas que ganarán con él, busca en cada quién la señal inequívoca del perdedor, tal vez no del perdedor nato, sino del que no se pueda adaptar a estar en su grupo. Hace la pregunta de porqué se deberían de ir los otros, de porqué cada quién piensa que debería de irse.

En ocasiones se va contra el líder que no supo tomar las riendas del proyecto, del que vaciló cuando jamás se debe de hacer, del que no tomó riesgos, del que no supo delegar, del que no supo medir la capacidad de sus subordinados. En otras ocasiones más se va contra el integrante que causó con su ineptitud y negligencia la derrota del equipo.

Finalmente se decide por uno y se va contra otro y lo deja hablar. Y si este último, que ya se había salvado, dice una estupidez, el señor Trump cambia de opinión y le dice la frase lapidaria: “¡ESTÁS DESPEDIDO!”YOU’RE FIRED!”.

¿Lecciones de la vida real? Algunas. Tal vez no sea un curso de administración hecho y derecho, pero es el único reality en el que puedes ver interactuar a personas de diversos orígenes, ver como ellos son forzados a formar equipo, observar como cada quién debe de luchar con el amigo-casi-hermano para imponerse por la razón (sea cual esta fuere), atestiguar como se debe de entregar de cuerpo y alma a un proyecto que tiene como fecha de entrega al día siguiente, como éste se debe de entregar en forma excelente, no sólo “bien”; en suma, El Aprendiz nos da la oportunidad de presenciar como se debe de entregar un proyecto completo sin fallas al día siguiente, excelente y productivo como para ganarle a algún otro equipo.

Y no es que sea simplista en cuanto a que lo que vi no tenga ningún valor educativo por menor o mayor que sea, por más que sea trivial y frívolo un programa de TV que no tiene nada que ver con una escuela de administración (la TV tiende a frivolizar y trivializar todo lo que toca, esa es una de sus peores funciones), pero en la vida real, en el mundo de las oficinas, llámese privadas o públicas, el tema es entregar proyectos que tengan cierto grado y clase de excelencia, o presencia al menos acerca de lo que se te encarga. Ahí es dónde se percibe El Aprendiz de manera real. Muchas personas podrían tomarlo más a la ligera, el ver el programa, pero en este caso me ayudó a mí el ver seis capítulos en seis horas una tras otra para poder formarme una opinión al respecto.

En fin, para uno de los integrantes no hay mañana, todo mundo (y eso es lo que extraña algo al verlo) puede estar condenado y aún así, con ese pensamiento que debe de estar siempre en tu cabeza, había algunos integrantes de los equipos que todavía perdían el tiempo, como cuando estabas en la escuela y te tocaba estar con alguien que no se involucraba nunca en el proyecto, y sólo pedía, con una sonrisa cínica, que él lo iba a teclear.

Así las cosas ver El Aprendiz te va mostrando como es el mundo de la competencia feroz en una oficina cualquiera a nivel personal, a nivel simplificado, a nivel de una hora de tu tiempo, a nivel en que puedes ser testigo de esas interacciones constructivas muchas de ellas, destructivas las más.

Pero es que sólo puede ganar uno. Y al parecer ser El Aprendiz del señor Trump vale la pena como para sufrir en 16 semanas su ferocidad, la implacable competencia, el cansancio mental, la tortura de la competencia sin parar, o incluso la desalmada frialdad de que el vender menos pizza que el otro te podrá exponer a estar en la línea de fuego, en la que es posible que ese día escuches la terrible y ya clásica frase de “YOU’RE FIRED!”.

E irte a tu casa a tu normal vida de siempre. Lo cual en este tipo de circunstancias es siempre una bendición.

O tal vez... no.

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