sábado, marzo 31, 2007

La (nunca fue, pero pudo ser) No-Iglesia Católica basada en el Evangelio de María Magdalena, Parte I: una pequeña Introducción.


A modo de introducción ya que este blog va a ser largo largo largo como la Cuaresma, incidentalmente, fecha de publicación.

Hubo muchas palabras escritas el año pasado con tintes religiosos, con no sé qué propósito.


Había salido hacía tres años antes lo del Código Da Vinci, un libro mediocre que produjo una película también mediocre que levanto un revuelo tipo cualquier cosa, excepto, nada mediocre, la verdad.

Apareció el Evangelio de Judas Iscariote patrocinado ni más ni menos que por la National Geographic Society con el que hicieron muchísimo escándalo, lo transmitieron hasta el infinito en su canal e incluso imprimieron un número especial al respecto.

Y últimamente apareció un documental con el señor James Cameron por ahí en la producción, que tenía que ver con que habían encontrado la tumba de Cristo.

Sin ser yo especialista, el tema de la religión, como de todos los seres humanos, creyentes o no, me atañe.

Mucho se dice de cuales son los motivos por los cuales se tocan temas así. Muchas personas de inmediato mencionan que es por el dinero. Así de sencillo. Los perpetradores culpables de querer alterar el status quo quieren llamar la atención y por ese sencillo hecho esperan que haya dinero a toneladas que habrá que recoger.

Esto puede ser cierto en muchos casos, pero no en todos. Digo, hay personas que sí les gustan sus temas, que sí están apasionados y que sí hacen cosas que en sí les dan placer.

Otros motivos que se pueden derivar de ahí es, dicen, “desear hacer daño a las tradiciones, a las instituciones, y a la Iglesia en particular”.

El problema es que dentro de cada quién existen motivadores que despiertan o que incitan a seguir tras la comprensión y el entendimiento en muchas circunstancias.

Así como la Iglesia está dentro de su derecho a perseguir una erudición en temas teológicos dentro de su misma naturaleza de manera superlativa, así ha de haber miles de personas que se sienten también con derecho a perseguir su propia y diversa erudición por el sencillo punto de querer saber más acerca del entorno que los rodea y de la búsqueda de esa comprensión y entendimiento por sobre muchísimos misterios de los que está poblada la historia de la Humanidad.

La historia de la Religión es así, uno de esos temas en los cuales muchas personas quieren conocer sus propios orígenes como seres humanos en lo que concierne a la búsqueda de su creador.

Así como cuando uno va a la Iglesia físicamente no puede dejar de sorprenderse de estar en medio de una institución tan rica en capas de análisis queriendo tratar pobremente de abarcar lo que está sucediendo en medio del rito.

Primero el edificio que alberga el culto. Las imágenes que están ahí por motivos específicos. Las personas que imparten un mensaje de 2000 años de antigüedad atenuado o intensificado con las circunstancias modernas de 20 siglos de progreso, titubeos, cismas y revoluciones.

Luego, tenemos a la misma gente que acude al llamado a escuchar ese mensaje. Llenos de fe y en este caso casi sin vacilaciones, los que domingo a domingo acuden a recibir la palabra que ellos atribuyen a un ser de origen divino, más allá de la comprensión de todos nosotros. Acuden con fervor a lograr un poco de comprensión que pueda ayudarlos en su día con día. A tratar de realizar la conexión de la divinidad del universo con la misma esencia, miserable o no, de la presencia cotidiana de los mismos seres humanos. Seres humanos llenos de fragilidad, rodeados de tentaciones, repletos de angustia y de incertidumbre de lo que sucederá en sus vidas, y un asomo de certeza de que algo sucederá después dentro de sus inevitables muertes.

El mensaje que se da en la Iglesia es el producto de esos veinte siglos de tradición en que las palabras de un profeta diferente de los muchos contemporáneos que habían aparecido en esos tiempos, que murió y de quien luego se asegura que resucitó (la indiscutible clave de todo), que son el verdadero sentido de la existencia de más de 2000 millones de personas en toda la humanidad.

Palabras de concordia, palabras de fe, palabras de misericordia. Palabras de alegría, dicen incluso.

Palabras dichas por alguien que existió al principio de un tiempo que él como nadie más en la humanidad ha puesto denominación a su época, punto de referencia, punto de comienzo en la línea del tiempo que por eso es 2007 la cantidad de años después que el nació (que haya en realidad pequeños errores de cálculo, ¿qué son cuatro años entre buenos cristianos? bueno, eso no disminuye el significado del punto).

Esos estudiosos que se ponen a leer los registros que la arqueología entrega de tiempo en tiempo (de hecho cada vez más frecuentemente), no pueden ser acusados per se de querer cambiar un status quo. Ellos buscan saber culturas, muestras, castillos, reliquias, no exactamente buscan un cuerpo específico. Supongo.

Si la gente ya cree en las circunstancias divinas de Jesús, si la gente cree en la transubstanciación, si la gente cree en sus palabras, en sus hechos, bueno, que sigan creyendo a pesar de lo que aparezca: intrínsecamente nada cambia. Si se encuentran los restos de la Santa Cruz, si se encuentra la tumba de José de Arimatea, si se encuentra, ¿qué? ¿Los restos de la celebración de la tumba de Canaan? Lo que sea.

Nada cambia. Sólo se enterará un 2% de los cristianos mencionados arriba. De ese 2% un 90% ni les impactará. Los otros 1960 millones de personas actuarán como si nada.
Ojala la inmensa mayoría de la gente fuera como el ejemplo que Jesús predicaba. Ojala pusiera su otra mejilla, ojala fueran por la oveja descarriada, ojala siguieran el bien, punto.

Ojala no hubiera sacerdotes pederastas (con todo que han de ser más los pederastas no sacerdotes, por supuesto), ojala hubiera sacerdotes sin ambiciones ni orgullo, que fueran sin tacha (como los demás seres humanos también, pero el caso es que ellos son sacerdotes).

¿Qué importa que Judas pudiera haber sido el más inteligente de los apóstoles (en La Ultima Tentación de Cristo de Nikos Kazantzakis así es en realidad)? No se trataba de un concurso de inteligencia, sino de pasión, de amor por su maestro y por la causa espiritual en sí.

En fin. Hablar de religión es hablar de la experiencia espiritual de cada persona (cada una de las seis mil millones y pico de personas de este planeta, quiero decir) y de sus sensaciones, percepciones, conocimientos y experiencias. Mejor no hablar. No mucho, al menos.

Y en eso estaban las cosas cuando…

…leí hace como un año un artículo del New Yorker llamado “La Santa Pecadora: la Obsesión de Dos Mil Años con María Magdalena”… y me tocó ver un programa en canal 22 acerca del tema de la Magdalena, mismo programa que se había transmitido el año anterior en el Discovery Channel.

Y de eso se trata el siguiente blog.

Vuelvan, que esto se pone bueno.

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