miércoles, marzo 07, 2007

VERDADES Y CREENCIAS, CSI:REALIDADES Y FICCIONES


La gente de este país y de otros más viven siempre en dos mundos equidistantes, muchas veces sin que sospechen que hay uno más intermedio: o creen en algo, o no creen en algo. (Bueno, a veces "medio creen" cuando tienen razones poderosas para creer y simultáneamente también tienen razones poderosas para no creer, esto puede parecer esquizoide y probablemente lo es.)

Por ejemplo, los mexicanos no creen normalmente en las instituciones (que a fin de cuentas ellas no han hecho mucho para contrarrestar esa situación) pero eso sí, creen libremente en mil de cosas: llámese astrología, llámese brujería, en amuletos, etc., así como también en las “buenas vibraciones” como lo demuestra el caso en las millones de personas literalmente que están tan convencidas de esto como para vestirse de blanco e irse a Teotihuacan o a Tajín o Chichén-Itza (con el solazo) cada 21 de marzo, principio de primavera, a levantar los brazos y ser “bañados” por algo, una entidad, o los dioses, o no sé, you-name-it con la idea de que serán beneficiadas o bendecidas o iluminadas, o sencillamente limpiadas de las “malas vibras, pues.

Impromptu: (lo más gracioso es recordar verlos en esa fecha pero del año 2000, como si olvidaran convenientemente que el mismo concepto detrás de Año 2000, tiene que ver con el nacimiento de Jesucristo en primer lugar, significativo de alguna manera en primer lugar para la religión cristiana; segundo, con el punto de que ese sería en dado caso el último año del Segundo Milenio D. de C. y no el primer año del Tercer Milenio D. de C., y tercero, a excepción de antiguos lectores, y tercos admiradores, de la antigua revista Duda loimposibleeslaverdad, ¿qué tuvo que ver Jesucristo con los teotihuacanos o con los mayas, o con los constructores de Tajín?).

En ese tono de cosas tan confusas y difusas, no es de extrañar que el planeta esté como esté. Sin forzarnos a analizar la realidad de una manera escéptica y sana, nos vemos de continuo confrontados en un mundo cuyo resultado diario nos llena de dudas y de incertidumbre, sin olvidar a sus amigas angustia y ansiedad.

Pero eso sí, en cuanto vemos un reportaje sobre el Chupacabras o sobre alienígenos que se aparecen tras un poste telefónico para abducir a alguien (supongo que el poste telefónico era en este caso una nave espacial camuflajeada o something) o cuando sabemos de campos de trigales alterados con fabulosas-y-magníficas estrellas mayas, ni tardo ni perezosos ahí está la gente que cree a pie juntillas.

Dejando atrás supersticiones, seguimos (me puedo incluir, ¿por qué no?) con la idea de la ilusión y de la fuerza con la que queremos caer en esa ilusión, el efecto llamado “las ganas de creer”.

Y finalmente llegar a creer todo lo que nos convenga. Sobre todo cuando no hay puntos de referencia y no hay más que aceptar la “evidencia” que nos plantan encima con toda la seguridad del mundo.

Entrando en materia (¡después de dos cuartillas o 487 palabras!), sigamos.

Para variar jamás había visto CSI en sus múltiples acepciones, Las Vegas, Miami y Nueva York.

Los programas de ciencia forense no son de mi predilección, creo que hay más probabilidades que me enganche con un buen programa de ciencia ficción como Battlestar Galactica (un drama de ciencia ficción que como toda buena ciencia ficción nos habla profundamente, a la distancia, del nosotros hoy mismo, ni más ni menos), o de (ilógico pero estupendamente bien armado) misterio como Lost (¡que por fin estrenaron ayer! ¡Después de seis meses!), o de detectives como Monk, o uno de abogados como el delirante y delicioso Boston Legal (otra onda, hiperrecomendadísimo).

Y no están para saberlo pero a mi jamás me han gustado los programas de doctores, recuerdo algo vagamente al Dr. Kildare o al Dr. Ben Casey, igual el Dr. Marcus Welby, igual Centro Médico, igual igual igual: todos eran unos dramones marca diablo. Tragedia, dolor, enfermedades raras, mortales. Etc. Etc. No eran mi mundo preferido. Igual St. Elsewhere, ER, ni se diga. No me pasaban mucho que digamos.

Aunque era de doctores M*A*S*H más que nada era de comedia, de guerra, y había mucho relajo, además de, obvio, la sangre.

Pero ahora llegan Grey’s Anatomy, Dr. House y Scrubs (una, esta sí, verdadera comedia de doctores). Muestras claras de que ahora estamos en la Edad de la Ironía, del sarcasmo, de lo duro que pueden ser las cosas etcétera.

Pero no nos desviemos.

Hablamos de Medicina Forense. Quincy, con Jack Klugman, lo olvidé, no me gustaba mucho (siempre asociaré a Klugman con Oscar Madison en La Pareja Dispareja, descuidado y sucio, eso sí, muy simpático, junto a su gran amigo, Tony Randall, Felix Unger, todo limpieza, obsesiones y pulcritud), pero era efectivo.

Así como una manera de descubrir patrones de conducta y costumbres escondidas es observar en cámara rápida por decir, la manera en la que camina una persona, o la conducta escondida de los clientes en una tienda de ropa, el ver muchas horas seguidas (aunque no consecutivas) de un programa de televisión te alerta en el tema de sus manerismos, de lo repetitivo de ciertas frases, actitudes y respuestas.

Así me pasa el ver la serie de CSI en tres capítulos diferentes diarios durante varios días. Emociones van y emociones vienen, porque después de todo, un programa bien plantado debe de sensibilizarte a favor primero que nada de la Justicia, luego de los investigadores forenses con sus características particulares y al final de la víctima (así no deberían ser las cosas, pero…).

De ese modo puedo ver como el doctor Gus Grissom (casualmente el nombre de uno de los primeros astronautas americanos y que murió en el Apolo 1, sí, uno, hará ya 40 años exactos), el de CSI: Las Vegas, es un tipo simpático con sentido del humor agudo (una noche se encuentra en un restaurante lujoso un brazo cortado, a scene very gross indeed, al analizar el brazo y su correspondiente mano, lo mira en conjunto y se dirige a su compañera y le dice de manera directa y sin expresión: “Bueno, ¿no me echas una mano?” Bastante gracioso, la verdad.)

(CSI y franquicias tienen puntos extras por tener temas musicales de The Who, enérgicos, con potencia y fuerza, en el de Las Vegas es “Who are You”, en el de Miami es “We Won’t Get Fooled Again” y en el de Nueva York es “Baba O’Reilly”.)

Y entrando en materia vamos viendo sus técnicas de investigación y de análisis. Eso de ver como un proyectil penetra en un hueso, admirar como lo rompe y presenciar como deja proyectadas sus partículas en el pavimento es impresionante. O como un cuchillo rasga lentamente un pulmón y como lo desinfla es, guau, sorprendente, o como un puño de un joven fornido golpea con toda su fortaleza con su anillo emblemático al cráneo de una pobre víctima y le causa un coágulo es extraordinaria.

Es fascinante el ver a la gente de CSI recabar evidencias, analizar trayectorias de proyectiles, investigar orígenes de por decir lápiz labial en una camisa (“Es de Maybellene, color 42 y Lote 438”), o el encuentro en una escena de crimen de una chica con las venas cortadas, presunto suicidio, en un closet cercano de un sweater húmedo, después de horas de haberse cometido el crimen, y que después prestos a analizar esa humedad, el laboratorio descubre que son lágrimas en las que posteriormente encuentra ADN que determinando que es de un pariente cercano resulta ser del mismo padre de la víctima que fue quien la asesino.

Lo interesante del caso es que todo eso lo descubren en un mismo día (su equipo ha de ser rentado, no encuentro otra explicación). Y eso es en cada programa de CSI, en cada ciudad, siempre sin fallar, sin equivocarse, con sólo una hebra de tela descubren quién mató a quién y porqué. Justicia, estás servida, cada equipo de cada ciudad a su propio estilo sardónico, humorista, corrosivo o sencillamente sarcástico.

Impresionante, sorprendente y extraordinario.

Resulta que en un artículo reciente de la prestigiosa revista Scientific American, de Julio 2006, se menciona un efecto CSI en la Unión Americana que tiene que ver con los jurados, que es su manera en la que se decide la procuración de justicia sobre la inocencia o culpabilidad de un acusado de un crimen.

Y es ahí donde choca la “realidad” retratada de un producto de TV, con la realidad que es con la que nos encontramos día con día.

Primero se observan varias cosas:

UNA, un 40% de las técnicas del programa de CSI, sencillamente estas NO EXISTEN.

DOS, las personas reales que laboran en una oficina forense de este tipo, no son multidisciplinarias. Es decir, o son policías, o son detectives, o son forenses, no las TRES COSAS juntas.

TRES, no hay manera de sacar a través de una hebra de hilo, la prenda origen, el dueño de la prenda, la tienda donde el dueño compró la prenda, y a través de la factura de la prenda, la tarjeta de crédito y la identidad del comprador.

CUATRO, normalmente el tiempo transcurrido en un caso es de un día, como mencioné, chéquenlo cuando lo puedan ver.

CINCO, es imposible que un agente de CSI sólo se dedique a un caso en particular, normalmente tienen muchos a la vez.

SEIS, es imposible que a todo le saquen un estudio de ADN por el costo de cada estudio y por la demanda que esto conlleva.

SIETE, quizá lo más grave, la gente que hace de jurados en esos procesos judiciales CREE, que lo anterior SÍ existe en cuanto a instalaciones y personal, y exige más evidencias y más estudios, a pesar de que en muchas circunstancias, NO SE NECESITA.

OCHO, jamás, pero jamás se está tan seguro de las implicaciones de una evidencia como para decidir una acusación definitiva que a final de cuentas, es en la que deseamos que acabe porque el programa en su transcurrir nos va induciendo a creerlo así, y por ejemplo eso lo hace mucho David Caruso, el detective que aparece en la franquicia de CSI: Miami.

(El otro día presencié el más salido de todos los programas de este tipo: un crimen sucede en un contexto de un TSUNAMI que pega en la ciudad de Miami, olas de más de 9 metros pegan por todos lados, no hay más que pocos muertos, la ciudad parecería que “sólo” fue golpeada por un huracán, de los que los “miamenses” han tenido su buena dosis, pero, me pregunto, ¿qué no hay límites para los argumentistas? Si un tsunami es un tsunami es un tsunami, énfasis pues, y este hubiera sido como el de Tailandia e Indonesia, los muertos hubieran sido más que los de Katrina, por los miles de víctimas, mínimo, si no, entonces no es un tsunami, punto.)

En fin.

Lo que según el artículo de la Scientific American, sí es aceptable es:

UNO, los exámenes de ADN hoy, son más exactos que nunca.

DOS, en las escenas del crimen se recoge más evidencia, antes eran en promedio cinco piezas, hoy van de cincuenta hasta cuatrocientos.

TRES, la demanda de los servicios está creciendo y no personal suficiente como para que puedan atenderla: se dice por ejemplo que en la ciudad de Boston hay 6.3 millones de habitantes y sólo 8 analistas de ADN en toda la región.

CUATRO, en la vida real existen literalmente centenas de miles de casos en espera de ser atendidos. La cantidad de demanda por exámenes de ADN va alrededor del medio millón.

CINCO, a la gente puede que se le olvide que todas las evidencias deben de ser guardadas físicamente (ahí les encargo el almacén). A esto se le debe de añadir tener el sistema de tracking de las piezas, las computadoras y el personal necesario para operar todo el asunto.

SEIS, imagínense algo similar a lo anterior, pero ahora respecto a las cuestiones biológicas tales como muestras de tejido y de sangre, que por su delicadeza necesitan muchísimos más cuidados que lo anterior.

Así las cosas.

La fascinación por el misterio, por la eterna cuestión de que la Justicia sea servida POR los buenos y PARA los buenos, el deseo firme de que mentes adiestradas y brillantes estén al servicio del Bien para seguir atacando a los malévolos ha encendido la imaginación popular. Esto se observa incluso en las facultades norteamericanas del tema de la medicina forense, en una de ellas, de cuatro graduados que tenían antes del año 2000, para el año 2006 tenía 500 estudiantes.

El artículo del Scientific American concluye en que a pesar de las exageraciones dramáticas de los programas mencionados, todo en conjunto ha llevado a tener buenos resultados ya que ha puesto la atención en la ciencia Médica Forense como una herramienta capaz en la procuración de la Justicia, al menos en su estado actual, que a pesar del uso de las mencionadas técnicas no existentes y a la glamourización de sus protagonistas, se ha logrado que la gente común esté en contacto con la ciencia y su poder de resolución, en la medida que sea, en la consecución de la verdad.

Un dato final sólo para que nos quede la espina clavada: en un reciente reportaje de El Norte-Reforma, apareció que a los pocos integrantes del CSI: Monterrey (de alguna manera habría que llamarles, ¿no?) les pagan a lo mucho 10,000 pesos mensuales y de equipo, ni hablar.

¿Talento? Eso sí, mucho y suficiente.

¿Ganas? Iguales que las de sus colegas ficticios de CSI: dedicados a resolver los crímenes que puedan, a salvar a los inocentes y a acusar a los culpables, que bien merecido se lo tienen, todos y cada uno de los malditos.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

nomás para defender a CSI MIAMI, el capítulo del tsunami pasó originalmente antes de que ocurriera el tsunami de deveras, así que no habían visto que la realidad podía ser mucho más fea que la ficción

Luis Eduardo García dijo...

Un punto para CSI, la verdad que sí, transmitieron su episodio del Tsunami un mes antes que el que sucedió en Tailandia.

Pero según TV.com, dijeron al principio que iba a haber olas de 100 metros y que luego le bajaron a 10 m y luego sólo hubo UNA SOLA ola de 10 metros.

Pero de que fueron primero, lo fueron.

Con aprecio

Luis