viernes, abril 27, 2007

Lector y Espectador: Un Dilema de Espejos


Estaban dos cabras buscando que comer arriba de uno de esos montones de basura como cualquier otro. Una de las cabras descubre una lata abierta con una película adentro, la empieza a masticar y a comer. Cuando acaba, la otra cabra le pregunta: “¿qué tal estuvo?” La primera cabra, mascando el último pedacito de película, le responde: “más o menos, pero, ¿sabes qué?, me gustó más el libro…”.

Algo se pierde y algo se gana con esto de filmar libros. Las películas se convierten en imágenes cuidadas para que correspondan a las que vienen en los libros. El problema ahora es que la historia fluya en direcciones precisas a las que la gente espera.

No se puede hablar de falta de generosidad de un guionista en cuanto a querer trasladar una obra escrita al medio del cine. Hay un deseo ferviente de lograrlo. Pero un minuto de imágenes sólo corresponde a una página de guión. ¿Cuántas emociones pueden caber en una página? ¿Cuántas quedan fuera, cuántas quedan dentro?

Se dice que El Padrino ha sido la única película que ha sobrepasado en cuanto a calidad al libro original. Da la casualidad que Mario Puzo, el escritor, también hizo el guión. El detalle aquí es que se contaba detrás con la atinadísima dirección de Francis Ford Coppola, con una compañía productora que apostó por él y con un grupo de actores del tamaño de un Marlon Brando para llevarla a cabo. Así las cosas, ¿cómo podía fallar? (y no trataría jamás de sugerir una disminución a los valores intrínsecos de una película inmortal de ese calibre).

Por otra parte tenemos a Stephen King, a Stanley Kubrick y a El Resplandor. Yo leí la novela de King y me aterrorizó un buen en su momento. Cuando salió la versión de Kubrick la historia estaba cambiada en varios temas medulares. Incluso finalizaba distinto. Se sugerían sutilezas que la novela no tenía. Leí críticas que afirmaban que la novela de King era mediocre y que Kubrick elevó su historia a niveles de terror magistral.

Por algo Kubrick fue Kubrick y King es King. Cada uno rey de sus propios medios, pero a final de cuentas, uno tiene más respeto que otro.

Y esto no es por accidente. La capacidad de visión de una historia escrita en base a metáforas y pensamientos, visiones e imágenes es inacabable. Eso sí, estoy casi seguro que jamás se animarán a realizar una versión filmada de Los Versos Satánicos de Salman Rushdie, dejando de lado la implacable controversia islámica. Pero si en un mundo alternativo y pacífico alguien se animara a realizarla, se encontraría con la tarea titánica de convertir 700 páginas de alegorías electrizantes, parábolas llenas de meditación, significados profundos y evanescencias poéticas, en 200 páginas de guión para obtener 200 minutos de historia que a final de cuentas lo mejor será dejar las cosas como están.

Que cada lector en su viaje privado imagine lo que quiera.

Mucho de lo escrito en una novela sucede en la misma mente de los protagonistas. El cine de los hechos duros, claros, sencillos de asir, no es igual al cine de las imágenes sugeridas, de las paráfrasis, de las comprensiones que requieren un esfuerzo de nuestra parte por aferrarse a puntos de referencia.

El cine, espejo de nuestros deseos, en ocasiones busca inútilmente desdoblar esos libros con la intención de mostrar esos mundos recónditos de palabras y páginas, para dotarles de cierta vida, tentativas de otorgarles la magia de la imagen.

Y muchas ocasiones nos preguntamos, y nos preguntaremos, ¿valió la pena?

Al final puede que unas cabras lo sepan mejor que nosotros.

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