viernes, mayo 25, 2007

La tecnología en nuestras manos, en nuestra cabeza, en nuestra conciencia.

Hay una especie de embrujo con la tecnología. Supongo que tiene que ver con necesidades primales de estatus, de conciencia, de ser parte de un grupo selecto con deseos de aprovechar lo que el hombre ha creado.

Ahora estamos en el mundo acelerado de los nuevos celulares, las nuevas cámaras digitales, incluso el aparato que los reúne (en alguna parte leí que Nokia es hoy por hoy el mayor fabricante de cámaras del mundo superando a los que se dedican en realidad y exclusivamente a hacer cámaras), nuevas pantallas planas de TV, nuevas consolas para jugar, nuevas grabadoras digitales para televisión que no graban comerciales, nuevas cámaras-de-verdad-cámaras digitales, nuevos GPS, nuevos mp3, nuevas laptops, nuevas laptops ultra compactas, nuevos Blackberrys, nuevos todos.

Tecnología, tecnología everywhere. Y todo tiene sus ramificaciones. Hay usos y costumbres relacionadas con ello. Hay cambios en la conducta individual de las personas que están expuestas a su uso. Se vuelven indispensables, la memoria se les borra de manera selectiva y esas personas ya no recuerdan como era su vida antes de que el artilugio apareciese en su cotidiano devenir.

Hay cambios en la masa de la gente. Hay modificaciones en las costumbres. Por decir ahora pueden tomarse imágenes de sucesos inmediatos y ponerse a disposición de todo el mundo. A partir de ahí la gran comunidad les da sentido. Sentido de todo tipo para esto, no hace mucho me tocó ver a un adolescente mostrarle el video de la autopsia de cierto cantante acribillado a balazos recientemente, a una chica con el afán de impresionarla, o al menos eso me pareció, cortejo raro, para esto. Supe recientemente de una niña de una secundaria cercana que fue atrapada por un director viendo escenas de snuff en un celular. El director ignoraba como se manejaba el reproductor de video del celular e ignoraba que era el snuff. Pero cuando lo vio ya nunca lo olvidará. Nada agradable creánme, aunque sea una leyenda urbana.

Hasta ese momento.

Lados buenos y lados malos, y sobre todo el lado de en medio. Aún me molesta (y me seguirá molestando) que la gente interrumpa una conversación, de esas en persona, para atender a una llamada que vino a interrumpirnos. De ese modo me establece que la llamada de esa persona, para la estupidez que sea, es más importante que yo o que mi conversación. Habrase visto.

Me imagino que pensaríamos todos si alguien llega de improviso en la conversación y pide que se le atienda con perentoriedad. De grosero no se le bajaría. Y si la persona le responde, exacto, ese es el caso.

Se podría presumir que la tecnología divide, que existe ese gap de tecnología que dividirá a la sociedad entre los que tienen acceso de los que no. Pero a veces eso lo pongo en duda severa cuando veo a todo todo todo mundo haciendo el gesto típico de leerse la mano, perdón, mirando su celular en cualquier parte, en cualquier lugar.

¡La habrán llamado? ¡Un mensaje! ¡Quizá sea E-L M-E-N-S-A-J-E! ¿Será importante? ¿Será trascendente? ¿Será relevante?

Sepa. Cada quién lo sabrá según los dictados de su propia consciencia.

Y hace diez años no había nada de eso. Típico. Hace millones de años, todo esto que ven, era mar.

Vi en la TV un documental sobre el ascenso del celular desde el punto de vista tecnológico. La lucha entre Motorola y ATT para quedarse con un pastel hasta entonces indefinido de mercado ansioso por poder estar comunicado en cualquier lugar que se pudiese. Ganador a corto plazo, ATT. Ganador a largo plazo, Motorola, pudiera ser. El costo de un celular en 1986, cuatro mil dólares. Ahora, veinte, cuarenta, no más de doscientos dólares.

Y esa necesidad de que te encuentren donde sea y que tú lo uses cuando lo requieras, ¿será tan necesaria? Vivíamos bien antes, ¿no?

Pero no iba a hablar de celulares. Sino de la tecnología en sí.

Hace años en Manhattan se creó una red de tubos neumáticos con el objetivo de poder enviarse mensajes entre oficinas utilizando aire comprimido o algo por el estilo. Podrían enviarse pequeños objetos dentro de las capsulitas, incluso tal vez hasta la cartera de alguien olvidada se pudo haber enviado. Había futuro para ello, pero con el paso del tiempo se descubrió que no tanto. Se masificó el teléfono. Después el fax. El correo electrónico. El beeper. El tubo neumático es hoy por hoy sólo una interesante reliquia.

La clave Morse ya no se usa actualmente. Ya no hay telegramas en los Estados Unidos. México sigue. Es más, no estoy seguro, ¿se siguen enviando telegramas en México? Tuve una novia hará veinticinco años que me mandaba de vez en cuando sólo para saludarme. ¿Se acordará ella de eso?

Pero también me enteré que esa sucesión de sonidos y pitiditos, puntos y rayas, cuando ya te metes en eso de la transmisión y recepción, como todo, tiendes a conocerlos íntimamente, ritmos, pausas, ese tipo de cosas. De ese modo ya podrías hasta reconocer quién era el que transmitía, eso por un lado, porque hay como detallitos imperceptibles para todos excepto para los operadores que vivían en eso todo el día, y que en medio de noticias o mensajes entre estos expertos operadores se comunicaban mensajes personales de cómo estaban las cosas, de la novia, de la familia, detalles así, ¡por ahí mismo, en medio del telégrafo! Dicho de ese modo no suena raro.

Pero no me lo imaginaba.

Hubo un programa de TV que no ha de haber durado ni cuatro episodios, allá en los 90’s. Abraham Lincoln, de entre todos los personajes posibles, era el protagonista. Un programa de comedia con fondo histórico. Tal vez era pésimo. Nunca lo conocí, pero leí que tenía una escena de él manejando un telégrafo entre él y un operador que resultaba que era operadora mujer. Me hizo mucha gracia que en una conversación entre ellos las cosas se fueron calentando (ya saben, "¿traes medias?") y en pocos minutos tuvieron un conato equivalente de cybersex, ¡pero con puntos y rayas! ¿Cómo se llamaría? ¿Morsesex?

Y eso me recuerda que el sexo es muchas ocasiones el motor de ciertas tecnologías.

Los proyectores que mostraban películas porno de 8 o 16 mm. Los primeros videocasetes Beta con lo mismo. Los CD-ROMS. Internet y sus websites. Los DVDs. Las webcams. Ya mencioné el caso del snuff en el celular.

Porno es prohibido es atractivo es productor de ganancias exorbitantes.

Pero la cuestión es clara. La tecnología que forma nuestras vidas no es del todo dominante en lo que a modernidad se refiere.

Un artículo reciente del New Yorker menciona un libro que se llama “The Shock of the Old: Technology and Global History Since 1990” escrito por David Edgerton que da en el clavo. Seremos lo modernos que queramos ser pero nuestro teclado es 99.99 % con seguridad del tipo QWERTY, directo representante del que se diseñó para escribir en el siglo XIX por más DVORAK que me quieras presumir. En otras palabras el asegura que es el uso de la tecnología lo que nos cambia, no la tecnología en sí.

David Edgerton es un historiador militar que propone la idea de que no es tanto que vivamos en una nueva época cada que un cambio importante y relevante de tecnología llegue. Si no que él afirma que esa tecnología sólo se adapta a lo que tenemos. Claro, con nuevos desafíos pero que a final de cuentas nada cambia. Las costumbres superficiales tal vez.

Digo, se sigue yendo la luz cuando llueve o nieva o con los huracanes. La distribución de energía se habrá eficientizado a lo mucho desde hace un siglo, pero nada más. Se sigue yendo. Ojala hayas salvado.

Lo que pasa es que el avance tecnológico no es suficiente. Es el uso del mismo. Beta contra VHS. Ganó VHS, Beta era mejor. Mac contra las PC compatibles con IBM (¿se acuerdan?). Ganaron las PC compatibles. La Mac es mejor, clarísimo, pero… (y sí, yo uso una PC).

Dice el artículo un punto interesante. El asunto de los caballos en la guerra. ¿Qué con el uso de vehículos todo terreno estos cuadrúpedos se iban a abandonar? ¿Qué fue en la Segunda Guerra Mundial cuando la mayoría cree que fue la última ocasión que se utilizaron a gran escala? (Durante el Blitzkrieg, de parte de la caballería polaca contra los Panzer alemanes, adivinen quien ganó...)

Resulta que se usan hoy mismo en Afganistán para poder andar en ese terreno rocoso y montañoso. Y los soldados americanos les es necesario saber coordinar ataques realizados con B-52’s JUNTO con cargas de caballería, al mismo tiempo (Ya escribí un artículo en el que menciono el asunto de los B-52, aviones jet provistos de armas nucleares, puestos en marcha en 1962 y con un uso previsible para veinticinco años más). Incluso ha habido ya cargas hasta de trescientos jinetes. Soldados americanos contra mujeidines. Guerra es guerra hasta con resorteras y piedras.

Se han escrito miles de toneladas de hojas de papel hablando de las oficinas sin papel que desde 1975 iban a darse por todos lados. Me hizo gracia también que Bill Clinton dijo en el año 2000 que “…dentro de dos o tres generaciones gracias al proyecto del Genoma Humano los niños sabrían que (el) Cáncer será sólo una constelación en el espacio…”. Lo cual sólo se podría agregar que para entonces habrá muchas escuelas elementales con clases de astronomía.

Y ahí está la nanotecnología. ¿Exactamente en qué beneficiará a los procesos de producción del día con día la utilización de la nanotecnología? Digo, nuevos materiales y nuevas medicinas. Ajá. ¿Cuándo? Ya lo veremos. ¿Desean apostar? (Y me considero tecnofílico, conste.)

Y la investigación de las células madre. Sigo dudando de la utilidad de los laboratorios que congelan el cordón umbilical de los bebés recién nacidos y que con una no tan módica cuota anual para manterlos congelados podrá colaborar a la salud de estos niños cuando ellos crezcan. Se me hace una tecnología muy jalada de los pelos, nada probada, pero no me hagan caso, total, no es mi dinero. Pero es una industria pujante (supongo que es de esas industrias basadas en el miedo, muy apropiada para esta nuestra época libre de temores). Y bueno, si hay clientes…

Otra cuestión de las nuevas tecnologías es lo que se vino a llamar la Nueva Economía y sus reglas. Son temas geniales, pero no son todavía para consumo o utilidad general: las diez compañías más importantes del planeta son petroleras (Exxon, Royal Dutch Petroleum, BP), financieras (ING), del llamado retail (Wal-Mart), de servicios (IBM) o automovilísticas (GM). Nada de nuevas tecnologías por ahí. Acaso el uso de las tecnologías las han eficientizado algo, pero ¿hasta qué punto? Pero no están por ahí en los supuestos primeros lugares los productores o creadores de la misma.

Las representantes de la nueva economía están allá hasta el número 33, Hewlett-Packard, o en el remoto número 140 como Microsoft, tan poderosas como nos puedan sonar.

La píldora anticonceptiva y toda la modernidad y el condón, descendiente del mismo que se inventó no hace cuantos siglos y que se usa hoy por hoy más que antes. Y no se le agregaron baterías ni nuevos diseños ni nada. Es lo mismitito. De la píldora masculina, o implantitos en la piel para hombres, ni sus luces.

Luego se llevó el tema a otro. El tema del mantenimiento. El de que quizá es más productivo el negocio de mantener que el de vender y que eso es más claro en nuestros países tercermundistas. El autor del libro pone de ejemplo a Ghana, que ha llevado el desarrollo del taller mecánico a una forma de arte. Pero yo me quedo con Cuba. Cuba, lo puedes ver en documentales, conste, no he tenido la fortuna para ir, digo, de ir, pero siempre me ha parecido una imagen congelada de hace cincuenta años con sus viejos autos andando. Ese es el mérito. Siguen andando después de cincuenta años.

Y mucho se ha dicho que la industria de la computación mexicana, en lo que a técnica se refiere, es maravillosa en cuanto a remedios. Yo conocí a personas que arreglaban una minicomputadora en los 80’s con sólo papel aluminio e ingenuo ingenio .

En cierto periódico muy famoso y ahora glamoroso de estos tiempos oriundo del norte del país, allá en 1985, antes de “modernizarse” utilizaban una unidad de cinta de datos, de esas de carrete, muy mona ella, arriba de una basecita de madera convertida en carrito transportador de esos de rueditas como de carrito de roles. Así la movían entre varias minis que tenía el dichoso periódico. Tiempos de la prehistoria.

No hay mucho que hacerle ahí. Se les llama, acabo de saberlo, a estas tecnologías, porque lo son, tecnologías creoles, o criollas. Ha de ser como dicen que los rusos eran para el cine en los años veinte. Los mejores teóricos del mundo. Eisenstein y demás. Era natural, no había celuloide para filmar.

Y si no hay tu materia prima, a teorizar, que el mundo se va acabar.

Hay también en el artículo una reflexión de Carl Sagan: “Vivimos en una sociedad exquisitamente dependiente de la ciencia y de la tecnología, en la cual difícilmente alguien sabe algo de ciencia y tecnología.”

Triste, pero cierto. ¿Será necesario que se sepa más de tecnología y de ciencia? Yo digo que sí. Que es urgente. Y eso es otra historia.

Así las cosas. Este mundo nos dará muchas sorpresas en el futuro. Y siempre estaremos pensando acerca del nuevo gizmo, ¿es tan necesario usarlo? Para años después afirmar, “sin él el mundo sería tan diferente.” O una variación: “Sin él me moriría”.

Ajá. Claro.

Mismas gatas pero revolcadas.

Igual en el siglo XIX como en el XX y como en el XXI y en los siglos por venir.

Recuerden, es el uso de la tecnología, no la tecnología en sí, la que nos cambia, sea eso lo que quiera decir.

Amén.

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