sábado, junio 16, 2007

Bradbury: Farenheit 451 no era sobre censura, sino sobre la mala influencia de la televisión. Algunas cosas no cambian.



Ray Bradbury siempre se me hizo lo más parecido a poesía que he leído en ciencia ficción. No se puede decir que soy un especialista en exceso de ciencia ficción o en poesía, pero yo sé mi cuento.

Puede que muchos la desprecien pero la Ciencia Ficción tiene su valor particular. Si desprecian el hecho de que no tenga la mejor prosa, pues es que no es su fuerte, no le pidamos peras al olmo. Digo, no leemos a Mario Vargas Llosa por su imaginación hacia el futuro, ni tampoco leemos a Gabriel García Márquez por tener su imaginación enfocada hacia los mundos alternativos. Sólo Jorge Luis Borges entre los grandes de la literatura pudo darle una vuelta a la tuerca a través de juegos magistrales de pensamiento conceptual. Julio Cortázar, genio de lo fantástico. Pero ciencia ficción, no.

Para nada. Bueno, no la necesitan.

Más sin embargo la ciencia ficción es un descanso para los ojos, para el espíritu que intenta ser objetivo al mirar al futuro. Aún y que mucho de ella es distópica, es decir, sombrías y de alguna manera predicando acerca del terrible futuro que nos espera, algo de ella también es de tipo idealista, de tipo esperanzadora. Algo así como, sobreviviremos, con nuestros problemas y todo, pero sobreviviremos.

Y es que hay que cavilar que hubo un tiempo en que la gente pensaba que no sobreviviríamos. La amenaza nuclear estaba muy cerca y la gente tenía esa percepción de inevitabilidad. La guerra se daría. Si no se puede hacer más, mejor ignorarlo. O escribir ciencia ficción.

Sólo con ver los documentales escolares gringos de los 50’s para darnos cuenta de la psicosis que se vivía entonces, advirtiéndoles de los efectos de una guerra nuclear, diciéndoles como agacharse (Duck!, ¡Agachense!).

No podía decir lo mismo de México, pues era razonable que nadie en su sano juicio podría pensar que México estuviese amenazado. Con sólo que los presidentes Miguel Alemán o Ruiz Cortines o López Mateos estuvieran de parte de Estados Unidos (cosa que decididamente estaban), ¿a quién le podría importar que cayeran bombas en Kansas o en Washington o en Sausalito? Esos lugares estaban lejísimos del Rancho El Porvenir de Camargo, o de la Chepevera, de la Lauro Aguirre, de La Condesa.

Aquí en México no había psicosis. Teníamos suficientes problemas como para preocuparnos de lo que hacían allá los grandes, tanto en Corea, como en China, Formosa, los Berlines, la misma Rusia o los mismos Estados Unidos. De hecho, México no podía estar en guerra con nadie porque como desde hacía más de 180 años, México, como todo país latinoamericano que se respete, estaba en guerra consigo mismo, ¿para qué ir a buscar guerras a otra parte? Sobre todo con nuestras grandes flotas y escuadrillas y sobre todo con nuestro gran arsenal nuclear.

Pero ese es otro asunto.

A Ray Bradbury recientemente le dieron el prestigiado premio Pulitzer, a modo de citación, pero premio Pulitzer a fin de cuentas, primer escritor de ciencia ficción en obtenerlo.

Los mundos que ha escrito este señor desde que empezó a escribir, y que no ha dejado de hacerlo todavía a sus 87 años, un cuento por semana, ¡échense ese trompo a l’uña!, son misteriosos, oscuros. Al menos los que escribía en sus inicios, allá en los 40’s y 50’s, tal y como vienen en Las Manzanas Doradas del Sol o El País de Octubre eran de miedo, brrr, sobrecogedores.

Cuando lees un cuento de él, de plano ya estás advertido, quizá cuando lo termines, es probable que no te va a gustar lo que leíste, y lo que te va a hacer sentir incómodo es como termina el cuento, las incidencias, los finales, la historia en sí, pues. No como esté escrito. Definitivamente que no.

Leí Crónicas Marcianas supongo que hará décadas, ¡hey, sólo tengo cuarenta y cuatro años!, pero ya saben a lo que me refiero. Y de hecho, lo primero que leí es una parte de Crónicas Marcianas que se llamaba Vendrán Lluvias Suaves, acerca de una casa automatizada que poco a poco caía en decadencia, una narración magistral como pocas. Definitivo que no era un texto producto de una mente directa y objetiva como la de Isaac Asimov o grandilocuente en su significancia o alcance como Arthur C. Clarke, o los efluvios paranoicos nada sutiles de Philip K. Dick, o el atrevimiento y audacia de Harlan Ellison o la actitud protofascista de Robert Heinlein, o los envolvimientos dramáticos de J.G. Ballard, o incluso la neuropunkmagia efectista de William Gibson.

Pero Ray Bradbury fue eso, sensible hacia la mortalidad de sus personajes en la que dejaba entrever esa delicadeza y amor por lo que les podría suceder con el paso de los tiempos.

Cada historia de marcianos, unas con más humor que otras fue clara y directa de corazón. Al final tuvimos piedad de los marcianos desaparecidos. No nos pusimos a pensar en simbolismos más o menos de las historias en sí, si eran reflejo de los tiempos terribles que se vivían entonces. Eran historia, fantasía, mezclada con ciencia, previendo el futuro, posible o imposible, no nos importaba. Al ver a Marte pudimos pensar con claridad, allá no hay marcianos, pero si los hubiera serían como Bradbury lo dijo, serían seres perceptivos. Y al final, cuando conquistáramos Marte, nos podríamos ver en el espejo de un lago marciano (ahora que el Sojourner y sus dos pequeños y más ágiles parientes lo han descubierto, con agua, un día se tendrá que descongelar, que caray), y al responder una pregunta hecha por tu hijo podrías contestar algo así como “¿Los marcianos? Ahí los tienes…” El reflejo de nuestros rostros en ese lago marciano nos dará la respuesta.

Y así llegamos a Fahrenheit 451. Excelente nombre la verdad. Una novela que se llama así sencillamente: Fahrenheit 451, ¿qué más quieres para ser inmortal? Y el señor Fahrenheit ya ni está para reclamar. Un golpe maestro de originalidad. Por eso Ray Bradbury se molestó con Michael Moore cuando en un ataque sin sentido de falta de originalidad de éste último bautizó a su genial (y por supuesto pretencioso y tendencioso, contradicciones de uno al pensar así de él) documental Fahrenheit 9/11, un bautizo absurdo-sin sentido total.

Y leí la novela, igual, hará cientos de años. Y quisiera leerla de nuevo un día, si no tuviera tanto pendiente por leer. Así que me conformo, por mientras, a ver la película de Francois Truffaut. Genialidad. Un director genial filmando una película de un escritor genial. Y el resultado no decepcionó, fue magistral. O eso o soy un maldito fan que ya ni discierne lo elemental de tanto amor al arte. No sé como pero hace poco tuve tres ejemplares de la novela, de la siempre cool coolección Minotauro. Regalé uno. Peticiones, lo siento. Me queda uno y el de repuesto.

La historia de un bombero que en lugar de apagar fuegos los iniciaba, sobre todo de libros, bueno, aparentemente era lo único que iniciaba. De esas historias que te cambian el punto de vista de lo que podría pasar si las cosas siguen así (de los postulados originales de la ciencia ficción). ¡A quemar libros, a quemar la palabra impresa, a quemar el recuerdo, a quemar las memorias de nuestros ancestros antepasados y todo lo que hubiera entre ellos!

Y les pagaban por ello.

Obvio, a partir de la comparación de la quema de libros por los nazis de hace tres cuartos de siglo de todo lo que no era ario o que estaba contra lo ario, uno, cualquiera, podría presuponer que si veíamos aquí en la novela el quemar bibliotecas, a las casas que las contenían y en ocasiones a los habitantes de esas casas, lo que naturalmente pensaríamos era que Fahrenheit 451 era una novela cuya idea central era la quema de libros, ergo, la quema de ideas, ergo, la quema de disidencia, la quema de disonancia, la quema de la diversidad.

Fahrenheit 451 indiscutiblemente era una obra contra la censura, ni más ni menos.

Y así es enseñada hoy por hoy en las escuelas preparatorias, como un punto de partida de pensamiento en contra de la censura, contra el fenómeno que intenta acallar las voces de protesta contra lo establecido por cualquiera que pueda establecerlo. Bueno.

El punto es que, además de su Pulitzer, Bradbury en una entrevista reciente que le hizo el L. A. Weekly afirma que… no precisamente, que en realidad Fahrenheit 451 no es una novela en contra de la censura, sino que es una novela que básicamente está en contra de la televisión y sus peligros.

O sea… ¿la televisión? Bien, no podríamos negar los conceptos de Bradbury de lo que él pensaba sería la invasión de la televisión en nuestros hogares en las décadas subsiguientes. Y él fue más allá. Cosa de recordar que la televisión de 1953 tenía escasa presencia relativamente y no superaba las siete pulgadas de diagonal.

No sólo se atrevió a imaginar entonces televisiones planas colgadas en la casa como grandes cuadros o incluso que servirían para cubrir toda una pared de tal modo que pareciese que las personas de la casa convivieran con personas televisivas, Bradbury no sólo eso, sino que describió un mundo que involucraría a los televidentes individualmente dentro de sus propios teledramas para ver que pensaban o decidían estos de tal o cual derivación de la trama, haciéndolos participantes activos en ello. Esto sería una derivación de lo que se le vendría a llamar telepresencia.

(Ya Bradbury hacía eso y más, para todos aquellos que les guste la ciencia ficción o la literatura de cuentos [de hecho lo leí en un respetadísimo libro de Selected Short Stories, más que en un Science Fiction Stories, si me permiten enfatizar la diferencia], quizá hayan leído La Pradera, o The Veldt, en la que él describe un artilugio que permite en una casa normal la posibilidad de inmersión en un ambiente total de realidad en la propia casa, en este punto, de una pradera africana con todo y leones. Antropófagos. Este ambiente vendría a ser lo que después sería harto conocido como realidad virtual, en los términos de quienes en los décadas por venir lo propondrían primero gente como Jaron Lanier et al. Por cierto, este ambiente fue llamado por Bradbury algo así como Nurseries, y en el primer número de Wired, en el año de 1993, este término apareció en una escala de interactividad contra inmersión por encima de todos los medios propuestos existentes o imaginados en ambos términos ganándole incluso al Holodeck de Star Trek: Next Generation! Toda una hazaña, créanlo.)


Esto de la preocupación de la TV por Ray Bradbury, pienso yo, habla de esa enajenación de la que ya he hablado cuando la inmensa mayoría de las personas de un país o países saben de cual o tal punto definido de una telenovela en particular. Esta enajenación focal es a la que tal vez pudiera haberse querido adelantar Bradbury al pensar que el estar apegados tanto a las televisiones y a sus contenidos no queda más que hacerse amigo de las personas que ahí habitan, sean ficción o verdad.

Ray Bradbury afirma que él quería referirse a que la TV destruiría la literatura, que por más esfuerzos que la gente hiciera por ver por televisión dramas clásicos de la literatura universal tales como La Odisea (que la habrán dado en TV hará como diez años) o como Troya (de cine, una versión muy muy light light de la Iliada) no eran nada, pero nada, como para decir que eran ni por mucho equivalentes.

Peor aún, el ver estos dramas de ese modo retratados podrían darle al televidente el tener la falsa seguridad de que él o ella está conociendo las versiones tal y como deberían de ser asimiladas, como dicen de manera suficiente y autocomplaciente: “sin tanto rollo”.

El problema es similar, lo he dicho varias veces, hoy en día con lo que ocurre con los documentales que pasan a carretadas y toneladas por canales culturales como History Channel, o el Discovery o el NatGeo, las personas que gustan de ver estos se dan cuenta de geniales interpretaciones de hechos ocultos de la historia o de descripciones impactantes de imperios acompañadas de soberbias opiniones por especialistas.

Pero ya lo he dicho antes, con todo lo visualmente atractivo, un documental no puede pasar por conocimiento suficiente cuando estás viendo un programa con imágenes lineales a las que no puedes dar reversa para asimilar mejor un punto (excepto si lo grabaste o lo tienes en las todavía raras para Latinoamérica, videograbadoras digitales, o si tienes el DVD), o si prefieres querer saber quien afirmó tal o cual cosa y en qué circunstancia, saber sus credenciales y sobre todo, la que sería maravilla de maravillas si se pudiera, saber que bibliografía tiene el tal documental porque, ¿han visto la velocidad a la que pasan los créditos finales de cualquiera de estos documentales?

Ray Bradbury dice que él advirtió de esa enajenación a lo largo y ancho de toda la pantalla de por entonces con la humanidad cercana y con su gran curiosidad hacia los aparatos de TV de por entonces.

Por supuesto que esto es amplificado en esta época de múltiple decisión-confusión y caos a partir de un control remoto en que podrá haber 500 canales y finalmente no tendremos nada que ver. Perdidos en la forma más que en la forma más que en la sustancia. Impactados más por la taquilla de la película de moda que por el valor intrínseco de calidad de la película en sí. Con las críticas de libros disminuidas en los periódicos de todo el mundo debido a problemas de costo-beneficio. Con los miles de blogs que se ostentan como poseedores de la verdad sin que en muchas ocasiones puedan sostener sus opiniones con argumentos sólidos y suficientes. El ascenso del yo-opino-en-el-momento-sin-molestarme-por-el-conocimiento-de-contexto.

Bueno, bienaventurados los que no discernimos, porque de nosotros será el Reino de los Cielos.

Lo anterior aunado al problema del reacondicionamiento de la mente humana en general hacia el span de poca atención, o sea, una manifestación en vivo y en directo del Síndrome de Déficit de Atención, que padecemos todos en el que si no conseguimos lo que queremos en pocos segundos le derivamos con nuestro Control Remoto hacia el mejor postor, al más barato. Al más florido. Al más cínico. Al más chantajista.

Resultado: La Guerra descarnada de los Ratings y la pérdida de la inocencia de los televidentes. El Mínimo Común Denominador. La viejorrona con el escote pronunciadísimo. Las repeticiones eternas del gol del triunfo. El pastelazo. El doble sentido. La sátira antisutil, gross y esperpéntica. El programa diario de revista que a fin de cuentas dice lo mismo cada día de la semana, tal como si fuera un teletubbie subdesarrollado. El noticiero nacional que todo mundo ve y que dura tres horas y retransmite lo mismo cada hora de manera suave sin que la gente se de cuenta (y nosotros que lo vemos: desgracia total, mejor ver videos matinales de VH1, para que te levantes). El drama telenovelero de vanguardia que cumple sus cincuenta y pico de años bien gracias. Lo insólito color rojo rojo sangre sangre sangre tipo usted lo vio aquí en close-ups clase CSI, todos anatómicamente correctos, hasta las más pequeñas fibras nerviosas, musculares, tejido y médula, tapabocas not included.

La televisión destruirá la literatura si no hacemos algo. Ese era el mensaje de Ray Bradbury.

La ciencia ficción o más bien, un escritor de ciencia ficción no prevé el futuro. Más bien lo previene. Diferencia enorme. Si él imagina la destrucción no es para llorar el hecho o para minimizarlo con un movimiento de mano, sino para tomarlo en cuenta, como si él describiera un universo en el cual algo similar sucederá si las cosas siguen tal cuales.

Prevenir. No solamente prever. Bueno, pensar que Ray Bradbury pudiera ser escuchado al advertir entonces de qué se trataba su libro realmente es vano y ya inútil. La ciencia ficción en esos años era puro escapismo. Tendrían que pasar décadas para redefinir su verdadero lugar en la cultura.

Claro, una derivación clara de esto se percibe cuando el problema vino luego con películas sencillas (aunque sorprendentemente visuales como Star Wars) que descansaban sus bases en ideas flojas y desconectadas de la verdadera ciencia ficción pero que se hicieron pasar como tal. Siendo Star Wars así, hace más complejo el problema. El ascenso del cine visual sobre todo, gracias a Lucas y a Spielberg, atractivo en primera instancia y básicamente optimista, enfocado sobretodo a niños y adolescentes, le quitó el mercado al cine de ideas, el no tan atractivo con finales, y fines, no necesariamente optimistas, dirigido a un público mayor deseoso de ser estrujado de vez en vez con conceptos atrevidos que lo hicieran reflexionar, ultimadamente, sea dicho sin vergüenza.

La televisión derrite nuclearmente nuestras mentes sólo si nos quedamos ahí como punto de partida y puerto final de llegada.

La lectura y la literatura sobrevivirán a través de los tiempos si los que deseamos que permanezcan ayudemos en lo que se pueda. Recordemos ese blog recién que escribí acerca de Disparates Conectados que escribí hace poco. Aún con los resultados desalentadores de los indicadores de lectura, no debemos descansar en nuestros laureles.

Hay mucho por hacer.

Ray Bradbury está ahí y aún da de que hablar a sus 87 años.

Si yo bebiera, brindaría por eso, con todo gusto.

Cosas de la Gran Central de Coincidencias del Cielo: resulta que tengo una gran colección de revistas Life en español y en inglés, de los cincuentas, sesentas y algo de setentas, mientras duró. Y abriendo una de ellas hoy mismo, gracias a una combinación de que una caja que las contenía cedió, pesadas las condenadas, me topé con una del 10 de diciembre de 1962 con una sevillana hermosísima llamada Carmen en la portada. Y he aquí que trae un artículo titulado “El Hombre frente al Cosmos, Rompiendo las amarras”, escrito por… Ray Bradbury, himself.

El artículo es una reflexión frente a la carrera espacial de aquellos años sesenta, años llenos de idealismo en el que pensaban que con esfuerzo y recursos podría la humanidad acabar con la pobreza, encontrar la cura contra el cáncer y mil cosas más, demostrado todo esto con la cuestión del mismo espacio como proyecto vital de las únicas dos naciones que tenían ese poder por sobre todas las demás.

Bien, en el artículo dice, entre otras muchas cosas geniales y cool, lo siguiente:

“Tenemos la fortuna de disponer, para esta empresa vital, de un vasto conjunto de universidades y escuelas. Pero precisamos levantar muchas más. Si no en los hechos, por lo menos en el espíritu, cada ciudad debe de convertirse en ciudad universitaria, en un lugar donde el artista y el profesional puedan comunicarse entre sí y con otros.”

“…ante todo lo que mueve a una sociedad son sus Ideales. Los Ideales son mayores que los hombres que los han creado. Los seres humanos tratamos de vivir conforme a ellos, pero rara vez lo logramos. Los Ideales siempre están por encima de nosotros…”

“La educación universal debe de devorar íntegra y cabalmente, digerir y emplear a las máquinas empáticas de que ya disponemos pero que tenemos poco menos que descuidadas, como medio de dramatizar las Ideas, de jerarquizarlas, honrarlas y hacerlas parte esencial de nuestra vida. Me refiero a recursos empáticos como la radio, el cine y la televisión…”

“Y es que hemos estado soportando una larga época de teatro morboso, de cine morboso, de novela morbosa y de reportajes morbosos, en los que se olvida que el veneno mata igualmente a la vida intelectual que en la corporal. Las artes nos han venido diciendo últimamente que distamos mucho de ser ángeles, y que desesperemos de llegar a tener alas…”

Esto último fue escrito cuando yo tenía dos meses y medio de edad. Y este año cumplo cuarenta y cinco años.

Algunas cosas no cambian. Ni un ápice.

A seguirle, que no hay de otra.

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