miércoles, julio 25, 2007

CEGUERA DE TALLER A LA REGIOMONTANA, PERO PODRÍA SER UNIVERSAL

A los amigos de fuera de México, o de Monterrey para el caso, este artículo les parecerá en extremo localista. Pero se habla de una ciudad latinoamericana sui generis. Puede decirse que Monterrey, Nuevo León es la ciudad más importante más cercana de los Estados Unidos, a menos de doscientos kilómetros de distancia. Cambio brutal de frontera, cambio brutal de cultura, cambio brutal de mundo a menos de dos horas de manejo.

Monterrey es un planeta en sí misma, y también está enamorada de sí misma. Por tanto Monterrey se mira toda orgullosa en su pasión por la cerveza, por el fútbol, por la carne asada, por su música grupera, por sus tantos logros, por sus tantos retos.

El detalle es que acabo de estar en Monterrey. Aclaro que no nací ahí pero viví en esa ciudad por más de 30 años. Salí hace tres y posiblemente vuelva. No sé cuando, un año, dos, quién sabe. Pero sé que volveré. Bueno, mínimo a estar de visita, ¿me explicó?

Entremos primero a lo que es Ceguera de Taller.



Siempre se habla de que algo que sucede frente a nuestros ojos cuando lo vemos demasiado tiempo se va desapareciendo. Llega un punto que todo se nos vuelve borroso y luminoso. Como si formara parte misma de nuestras escleróticas. Junto a eso está el hecho de que la realidad que nos envuelve la juzgamos según lo que somos y lo que sabemos. El tamaño de nuestra percepción se ve sometida a prueba en cada momento. Estamos comprometidos con nosotros mismos de lograr lo mejor en todo momento, pero en ocasiones, la bruma no está afuera, está en nuestros lentes manchados por nuestras propias yemas y que no hemos limpiado en todo el día.

¿Nunca les sucedió que tienen un lunar o verruguita en alguna parte, digamos en una mejilla o en el pecho o en la espalda tan familiar desde el principio de los tiempos y que de pronto se les hace irreal, como si de repente les acabara de salir? O sea, las verrugas de cierto tamaño no nacen de la noche a la mañana. Algunas asustan porque uno piensa, ¿de qué tamaño era? Y sólo viendo las fotografías de uno de pequeño, si es que estas marcas estaban en algún lugar visible, puede uno comparar si estas han crecido o no.

O sin riesgo a extenderme mucho, vean una película de Robert Redford de joven, digamos en Butch Cassidy and Sundance Kid, de 1969, luego véanlo en una más reciente como Spy Games. Analícenle el rostro. Tiene ciertas marcas como granos debajo de la piel en su mejilla. Y hace cuarenta años estas no eran tan grandes. Vean a Robert De Niro en Mean Streets, de 1973, ahora véanlo en Analyze That de 2004, creo. Le creció un lunar de su mejilla “algo” en un lapso de treinta años. En el ámbito nacional miren a Alberto Vázquez. En sus películas de joven, de esas mexicanas en blanco y negro, sólo un pequeño lunar. Y ahora, ese lunar también ya creció.

(No, no pierdo el tiempo en revisarles el rostro a los actores y actrices y tampoco soy dermatólogo aficionado, pero sin embargo me pregunto sobre ese lunar o peca que traes, ¿es de hace mucho o te acaba de salir?)

Me pregunto si se habrán dado cuenta ellos mismos de lo que sucede en esos casos frente a sus propias narices, literalmente. Ya ellos decidieron en sus propias vidas privadas si decidieron atenderse o no, o si de manera típica masculina despreocupada o indiferente las ignoraron.

Volviendo.

Hablando de lo mismo en los talleres surgen los problemas cotidianos que se resuelven en lo planeado, en lo perfectamente esperado, y también están los problemas que por alguna causa sucede que los que están ahí para resolver una falla mecánica de plano no la encuentran en ninguna parte.

Lo mismo sucede también al estar arreglando un programa computacional. En la escuela me tocó un programa de proyecto final que me tardé más de siete días tratando de detectar un grave error y lo descubrí casi horas antes de su entrega. Y el “grave error” en realidad era tan sencillo que me dio un coraje que todavía me dura. Lo pude haber encontrado al segundo día, ¡pero fue hasta el séptimo! Y lo tuve delante de mis ojos todo ese tiempo.

Cuando escribes algo, llámese un cuento, un ensayo, una presentación, una disertación, una presentación tipo Powerpoint, la terminas, la revisas de todo a todo en cuanto a contenido, en cuanto a redacción, equilibrio, estética, forma, fondo, sobre todo en cuanto a transmitir lo que se quiere decir. Se hace ese proceso detallado de todos esos puntos y se siente plenamente en el plexo solar que ya está lista o listo

Y te podrían haber llevado al cadalso porque afirmaste de antemano que te condenaran de haber alguien que pudiese encontrar un gazapo, una palabra mal pronunciada, una letra fuera de lugar dentro de tu trabajo tan primorosamente logrado.

Y en cuanto se lo presentamos a alguien, o peor, en la presentación misma de la sala de juntas, ese alguien con una sencillez pasmosa en los mismos primeros diez segundos que la está leyendo, nos dice con sonrisa llena de preocupación: “Aquí hay un error”. Pero antes de ello el error ya había sido detectado al llegar al cerebro en micronésimas (no microdécimas, micronésimas, que son más chiquitas en un 45%) de segundo antes de que lo lea la persona frente a la atenta concurrencia.

Lo descubres cuando es demasiado tarde.

¿Cómo fue que no nos dimos cuenta?

Bueno, a ese proceso se le llama “Ceguera de Taller”. El primero que me lo comentó fue mi amigo Polo Álvarez, famoso por ser director de programación tanto de aquella RG 690 en AM y esa Stereo 99 en FM, legendarias estaciones de radio, enfocadas a rock allá en los setentas, en aquella ciudad de Monterrey de por entonces casi treinta y cinco años antes del Ipod.

Por más que se den cursos de innovación, de mejora continua, de detección de áreas de oportunidad, de buscar ser agentes de cambio, siempre nos topamos con eso. La espantosa Ceguera de Taller. No nos la podemos quitar.

Por eso el extranjero en una ciudad es mal visto de pronto, si se llega a quedar. O sea, no es el visitante el que se ve mal, porque ese se va. No. Es el que se queda, el pernicioso.

No todos, claro. Pero hay algunos sujetos terrenales que a todo lo que les rodea de su ambiente exótico (exótico para él, para los demás habitantes de la zona es totalmente normal) que le ven falla, error, pifia, problema, despropósito, aberración, equívoco, absurdo. A quién se lo hace ver, créanlo, no les caerá nada bien. Ni por la dizque buena intención, (¡claro que era buena intención!), cómo que viene a estorbar en la buena vibra que existe, y así al llegar esta persona con la etiqueta de fuereño es de esperar desatar los malentendidos, los desencuentros, los shocks culturales.

Y todo por comentarles de la existencia de esa parte de nuestras vidas que es SU Ceguera de Taller.

(En la vida lo había escrito, sólo lo había mencionado, el caso es que se lee un poco raro: Ceguera de Taller).

Bueno, eso me dijeron cuando llegue a donde vivo, una bucólica ciudad del centro de México.

Pero ahora que volví a Monterrey, uff, el calorón fue lo primero que me recibió. Es de aclarar que una cosa es el calorón seco, ese que te recuerda a un dragón que exhala aire ardiente (me suena que se podría inventar la palabra “airdiente”) pero el calorón húmedo, tórrido, tropical, bochornoso es torrible, digo, terrible. Y del sol de Monterrey ya han hablado muchos y lo han hecho mejor que yo. Pero entendámonos, vengo de un lugar en donde nunca me quito mi sweater (con excepción de dos o tres horas diarias a lo mucho) en todo el año.

Pero no nada más la idea de sentir calor con nueva piel (y es que si decimos que vimos todo con nuevos ojos, supongo que está correcto decir que sentimos calor con nueva piel, ¿no?), sino sentir a Monterrey en todo su esplendor, en todo su desarrollo, en toda su diversidad.

Y hay mucho de que hablar del tema, pero trataré de ser breve. Digo, si esto no es un tratado, por supuesto.

Antes de continuar debo decir que había estado en Monterrey sólo durante los últimos tres diciembres, en tiempo de fiestas, de descanso, de pausa laboral. Y que ya eran tres años de no haber estado en julio.

Y esto es lo que vi:

Me subí al metro. Tiene más de diez años y no me había tocado subirme. Está genial. Lástima que no lo hayan continuado según el plano original. Sería fabuloso que llegara a los extremos de la ciudad, norte, sur, este, oeste. Supongo que algún día lo harán llegar a todas partes. Pero mientras no. Y el Metrorrey, definitivamente sí que es un metro construido afanosamente centímetro a centímetro.

La televisión local de Monterrey sigue infame. Los programas que realizan son peores que antes. Pocos son los programas que podrían ser alabados por su calidad y hechura. Por decir, los que siempre están bien son los de comentarios de noticias, los de debate en sí. NO LOS NOTICIEROS.

Entendámonos. Los noticieros NACIONALES duran tres horas a lo mucho y repiten sus noticias en demasía, supongo que para que los vea la gente que se va levantando a las 6:00, a las 7:00 y a las 8:00, etc. Pero los Noticieros LOCALES de la ciudad de Monterrey son de 6:00 a 10:00 AM. Cuatro horas. Digo, está correcto que se vea la vialidad, el tránsito, ¿pero regodearse en los accidentes viales? De pronto se ven tres equipos de camarógrafos de canales distintos cubriendo un solo accidente. Tanto derroche de recursos, tanto talento reprimido que no lo puedes creer. A mi me encantaba Mónica Escamilla, que hablaba del clima en uno de esos canales locales cada media hora. Claro, menudita, bien formada, simpática, y como un real bonus, ¡sí sabía del clima!, pero estuvo siete años ahí, haciendo lo mismo. Lo mismo. Lo mismo. Lo sé perfectamente.

El punto es que te vas y vuelves después de tres años y te decepciona que se está en lo mismo.

Las estaciones de radio, igual. Lo que hizo mi amigo mencionado arriba, el de RG 690 y Stereo 99, Polo Álvarez, definió unos conceptos de formato de hará más de diez años, que se siguen usando. Música de antaño, éxitos sobre todo, mezclados con aaaaalgo de música actual. Cómo me dijo un amigo, “Ya no le quiero mover al radio, al prenderla entro al Túnel del Tiempo y de plano no sé en que año vivo…” ¿En qué año vivimos cuando se escucha American Pie de Don Mclean, I Will Survive de Gloria Gaynor o cuando ponen a Creedence Clearwater con Proud Mary, dos veces al día? ¿Para que quiero un canal de nostalgia o de recuerdos si no me han dejado tiempo a querer recordarlos?

Las calles. Cambios en vialidades, bueno, es un buen síntoma de crecimiento y de progreso que siempre estén construyendo algo nuevo. Pero hay puntos en los que piensas cuando manejas por esas grandes avenidas. No son de respuesta fácil. ¿Sabían que Monterrey es una ciudad con cuatro veces la cantidad de accidentes per capita que la ciudad de México? Se asegura que el culpable es el mismo material con el que hacen su pavimento. Los autos cuando llueve, no pueden frenar como por ejemplo lo pueden hacer en la ciudad de México, debido a la mezcla de agua, gravilla, pavimento liso y aceite además de la suciedad normal. En la ciudad de México su pavimento es más poroso, o rasposo, es de más agarre y eso ocasiona que no haya tantos accidentes. Las compañías de seguros debieron de haber puesto atención en ello desde hace lustros. Se hubieron ahorrado toneladas de dinero. Y la otra. Con el ascenso de tráfico vehicula debido a las facilidades con que entran autos extranjeros a México y por ende a Nuevo León, y por ende a Monterrey, una cantidad cercana a un 5% anual de autos se incorporan a las calles. Y estas calles no crecen en la misma proporción. Se quedan las mismas avenidas principales por donde transita el nuevo tráfico, anchura y distancia. Mas gente queriendo ir a donde mismo por el mismo ancho de tubería prácticamente.

La gente, como siempre, amable, a esa no la cambian. Dicharachera, abierta, franca. Bueno, como dicen, gente es gente. Alguien que ni conoces te hace un chiste genial, acerca de ti, y ni siquiera resientes la burla, te ríes con él. No lo hace con malicia, lo hace por la broma en sí. Igual festejas. Eso no lo harías en el centro del país, ni te lo harían. La gente puede ser más reticente, más desconfiada. Cosa de ir a un estadio para ver un partido de fútbol en Monterrey y ver uno en el centro del país. Nunca he ido a Ciudad Universitaria al estadio a ver un partido de Pumas, pero según lo que leo, la tensión es lo que impera. Pero vayan a ver a los Tigres o a los Rayados. Se van a divertir al máximo. Aunque los equipos sean maletas. Que muchas veces lo han sido. Y la gente es tan… ¿qué? Ni idea. Sigue yendo. Ese es un gran misterio. Y se ha discutido por todas partes, en todos momentos.

La autopercepción. Monterrey tiene un gran evento delante de sí, el Forum Universal de las Culturas (que se realizó en Barcelona hará cuatro años con resultados mixtos). Bueno, lo único que se podría reflexionar al respecto es que sí, es un gran paquete y que se lo puso ella solita. Bueno, no ella solita exactamente la ciudad, sino el mismo Gobierno del Estado en sí. Y aunque con el paso del tiempo las cosas se han puesto complicadas y difíciles (problemas de planificación de exceso de gastos y demás, cómo siempre) ya no es tiempo de sólo criticar. Parece que ya es mejor el tiempo de colaborar y de decir, bueno, yo no quería la gran fiesta pero debo de ayudar a que las cosas salgan lo mejor que se pueda. Ignoro en lo del Forum si es este un asunto de tipo Exposición Universal o algo así. Olimpiadas no son. Pero si es algo que tiende a ser de relevancia. Monterrey lo requiere tal vez. Algo para que crezca su autoestima. Ignoro si eso da más empleos con el paso del tiempo o si da más entendimiento y luces para que la Raza Humana se entienda (¡ah, raza!). Pero ni hablar.

Ya luego se podrán analizar las necesidades de las personas con poder de tratar de buscar la relevancia en los eventos que estén a su alcance. Ya lo he dicho antes o lo diré ahora, Enrique Krauze dice que carácter es gobierno (lo dice en su libro de La Presidencia Imperial y eso es muy posible de creer si le damos una pensadita), y puede que así sea. Y dentro de todo no hay nada de malo en lo del Forum sino que es el momento inoportuno que se elige en sí. Desgraciadamente le tocó a la ciudad la violencia, los muertos, lo que es negativo de toda esa subcultura ya de por sí negativa. Y todo eso junto con sus consecuencias rozaron a Monterrey justo meses antes de la celebración del Forum. (Y ya hubo la narcotregua, ¿seguirá esta o no? No quisiera ser el Gobernador o el encargado de la Seguridad en el estado en esos días cuando de alguna manera muchísimos reflectores habrá por ahí. O eso quisieran).

Y algo de ese carácter-gobierno a veces miope y con Ceguera de Taller remarcada está expresada en forma de un irrelevante en todo excepto en su derroche inútil de concreto en un puente atirantado sobre un río seco, copia burda de alguno majestuoso que sí pasa por agua. Ese puente, fruto de esa necesidad absurda de dejar marca en donde uno se encuentra lo cual es más genial si el dinero no es de uno, por supuesto, lo vimos construir poco a poco preguntándonos todo el tiempo, ¿qué no hay una mente cuerda con poder que logre detener esa insanidad a tiempo? Por más que los medios, que la consabida opinión pública se opuso, por más que se mostraron otras opciones racionales a cubrir su función, no, no lo lograron evitar. No se pudo con esa terquedad. Esa demoledora terquedad.

(Siempre se usa el ejemplo de la Torre Eiffel acerca de que al principio nadie la quería y ahora es un símbolo de Paris bla-bla-bla. Será todo lo que se quiera pero el Puente Atirantado NO ES símbolo de Monterrey, además que está en otro municipio, ¡caramba! Punto. Y si quieren nos esperamos unos cuarenta añitos.)

El Forum corre ese riesgo. Al año a ver quién se acuerda de él. Serán las vialidades, serán los edificios. ¿Pero la esencia, el legado? El recién fallecido Enrique Canales lo tenía claro. Forum Farolorum. Todo es un gran farol que ilumina. No un sol. Es un sencillo farol de papel. Y ahora que él no está, Enrique Canales, uno de sus principales críticos, al estar todos los regios (que así se hacen llamar para molestia de muchos no regios porque son regiomontanos o séase, originarios del Regiomonte que así se podría decir al derivado que vive en Monterrey), repito, al estar todos los regios ya envueltos en la fiesta del Forum, ¿qué hubiera dicho al final? ¿Celebraría el éxito? ¿Celebraría el fracaso? ¿O sólo diría, como buen filosofo, que todo tiene su cristal…?

En fin, se pueden escribir documentos, tesis, ensayos, disertaciones de todo lo que encierra Monterrey, su carácter colectivo que conforman sus millones de habitantes, cada uno con una visión muy particular de lo que es, de lo que significa, de lo que fue y de lo que será su ciudad. Cada persona, una opinión, un sentido de permanencia encerrada en su propio concepto de persistencia de sus múltiples visiones.

La Ceguera de Taller ahí también persiste. Las voces aisladas que protestan no logran masa crítica sino hasta que el agua llega hasta el cuello en las propias masas que hasta ese instante no habían sido críticas. Ahí donde confluye la palabra crisis con la palabra crítica.

Y cuando vuelves de fuera después de la ausencia, te das cuenta de muchas cosas. Y aunque sospeches que los de dentro no se dan cuenta, lo curioso es que, en muchas, muchas ocasiones, los que están dentro también se dan cuenta. Y como en esas muchas ocasiones, en esas muchas cosas, tampoco pueden hacer nada.

Ese será el tamaño de la tragedia.

Y aún con todo, recordando la voz aliviada de Guille, el hermano de Mafalda, cuando se entera de que no hay escasez de chupones.

¡Se puede vivid!

2 comentarios:

Anónimo dijo...

tu ceguera de taller, en serio te rebasa.
Krauze ??
Canales ??

ya nada mas te falto decir que el norte informa con veracidá

jajajaj

p.d. se te olvido mencionar a los himildes casi 100 descabezados en NL, cortesia del narco, eso sí, del narco del norte.

Anónimo dijo...

Pense que tratarías realmente de ceguera de taller, tu texto solo es un cuentotote de tu percepcion