viernes, agosto 03, 2007

Antonioni en las alturas, Parte I: L’Avventura, un vistazo cuarenta y siete años después.


Impactante, todavía no nos reponíamos de la muerte de Ingmar Bergman y el mismo día, Michelangelo Antonioni. Puesto que no estaba del todo bien preparado, he aquí lo que sucedió en mi parecer alrededor de Antonioni en 1960 y L’Avventura por una parte y Blow Up después en una segunda parte de este blog.

El cine es, como ya se ha dicho mucho, la fábrica de sueños en sí.

La narración de una película debe de acercarse a la realidad hasta un punto de entenderse que sólo es un sueño imaginado por sus autores, ya sean estos los actores, los escritores y adaptadores y el director mismo. Si se trata que el sueño esté iluminado de cierto modo alegre o sombrío es el director de iluminación el encargado.
Pero cuando todas las cualidades de cada persona que intervienen en la misma obra quedan encajadas en el mismo contexto en sincronía que se tenía pensado de manera colectiva, es cuando obtenemos que esa suma de las partes es mayor que cada una de ellas y eso es lo que forma la película en sí.

Esa suma de partes es la que nos incumbe.


Michelangelo Antonioni era otro de los grandes que sabía que había que transmitir la suma de las partes de manera directa al espectador que está abajo o enfrente de la pantalla.

Ese espectador es quien a final de cuentas es el que tiene que hacer sentido en su mente esa suma, para que después de tratar de interpretarla sepa o adivine cual de esas partes quedó más en su cabeza, buscando la resonancia evanescente de las imágenes que acaba de presenciar para que en el recuerdo de su memoria pervivan en ese sentido en busca de idea o esa idea en busca de sentido.

Antonioni en L’Avventura nos da un ejemplo claro de esto. Una mujer se pierde al principio de la película y ésta no se trata de ella, en el transcurso vemos mil cosas y asuntos y situaciones que no están directamente relacionadas con la mujer en cuestión, sino en la búsqueda del sentido del hombre y de la mujer que fueron más afectadas por esa desaparición.

Tal como la vida misma es causa y efecto, en muchas circunstancias a partir de las decisiones que toman los seres humanos, así los protagonistas van a buscar a la mujer por Italia tratando de hacer sentido de los efectos causados por esa desaparición.

La psique de estos seres humanos por ningún momento está devastada por la pérdida. Eso sí, en algún punto se ven como marionetas del destino desencadenado por una situación plausible que va llevando a estos a los encuentros y desencuentros de sus personas de manera mutua. No hay aquí situaciones autodestructivas, la gente es así porque, de manera autoreferenciada y de tan sencilla, absurda, de entender, es porque así es la gente.

Siguiendo eso en nuestras mentes realizamos lo que realizamos por la conveniencia de nuestras propias necesidades. Si llega a suceder un evento a nuestro alrededor aunque uas personas más que otras dependiendo de cada quién, tendemos a buscar en primer lugar en qué nos afecta.

Si este evento nos afecta positivamente hay quien piense incluso que estaremos felices por ello. Si nos afecta negativamente dirán los que se den cuenta cuando lo expresemos que sólo pensaremos como si el mundo debiera dar vuelta alrededor de nosotros y que nos damos ínfulas de sobreimportancia porque sólo pensamos de manera egotista y egoísta, autocentrada y definitivamente en contra del pensar de los demás, que para muchos visto a la distancia y al tiempo, es lo único que importa.

Eso es lo que sucede con Sandro y Claudia al recorrer parte de Sicilia primero y de Italia después en busca de Anna. En pocos momentos ellos sienten culpabilidad de algún modo. Claudia, la mejor amiga de Anna, no siente mucho remordimiento por convertirse en el foco de atención de Sandro, el novio próximo a casarse con la desaparecida Anna. Sandro, a fin de cuentas, tiene vocación de hombre de mundo. Si es que pensaba casarse con Anna sería cuando él quisiese y punto.

Cuando Anna desaparece de manera misteriosa, las pasiones humanas naturales, dentro de lo posible, toman forma y van creando un nuevo vínculo que en teoría no debería de estar ahí por haber pasado, o peor, por estar pasando, una posible tragedia de una persona cercana desaparecida o muerta, una persona querida por ambos. ¿Es esto plausible o no? ¿Es esto posible o no? Totalmente.

Las veleidades humanas lo permiten y se dice que dos personas que pasan por una tragedia en compañía tienden a aumentar sus vínculos afectivos de manera considerable


(como sucedió en Nueva York en el 11 de Septiembre de 2001, con lo de la tragedia de tanto bombero muerto y por tanto tanta viuda desolada que, y no trato de decirlo con sorna, fueron acompañadas por muchos de los colegas de ellos en forma de consuelo, creando entre ellos vínculos que desembocaron en divorcios de sus propios cónyuges y en la creación de nuevos matrimonios con estas viudas, generando así otra situación de causa y efecto entre personas que merece ser estudiada en los ámbitos de la psicología social),

por lo mismo no es raro esa situación de repentina cercanía entre ambos, la amiga y el novio.

El final sólo muestra que la gente también es cómo es y las pasiones humanas dan sorpresa como al mismo tiempo no la dan. La actitud del consuelo, del abandono, de la misma naturaleza de estas relaciones afectivas fotografiadas en blanco y negro aparentemente casi de manera casual pero precisa nos resaltan que ciertas historias en el mundo serán eternas por siempre.

Cómo película L’Avventura no decepciona a lo largo de sus casi dos horas y media. Las escenas de la isla tormentosa son de una textura impresionante. Ves a las personas y casi sientes las piedras rugosas en las propias plantas de tus pies. El sonido de las olas golpeando una y otra vez son estremecedoras. Los riscos, el oleaje, la misma agua de lluvia. El ser humano en su pequeñez, como siempre, de manera fina y sutil, los elementos están ahí y nosotros no les importamos en lo absoluto.


Antonioni sabe de la veleidad de las emociones, prepara sus estímulos y sin saberlo ya estamos inmersos en el misterio de la mujer desaparecida que aunque si bien sabemos que ellos la estarán olvidando poco a poco, nosotros no.

Nosotros nunca.

L’Avventura me recordó de cierta manera El Extranjero de Albert Camus, en el sentido de un mar Mediterráneo dueño y señor de vida, de unas pasiones desencadenadas, de una incomprensión hacia la sociedad y moral imperantes, de un desconocimiento de lo que espera la gente en su mayoría que hagamos.

Mientras en El Extranjero se miraba la sociedad como un ente con su idea de justicia particular, indiferente al hecho de que si era justicia o no realmente, con atenuantes a tomar en cuenta o no de manera discrecional o arbitraria, aquí en L’Avventura se mira la sociedad, como tanto Sandro y Claudia, como los demás participantes, Ettore, Guilia, como indiferente al destino de Anna, estuviese tan presente en su mente al principio o no, estuviese viva o no, estuviese con ellos o no, fueren sus amigos o no.

La película de L’Avventura fue abucheada en el Festival de Cannes cuando se presentó en 1960. Según el New York Times, fue la primera vez cuando una abucheada en Cannes se convirtió en un símbolo de una rara distinción. No sé que esperaba la gente entonces, la historia redondeada, el castigo a los malos amigos y amantes, el final esperado natural, y ojo, sea cual fuera este, pero el que fuera natural y satisfactorio.

Pero a fin de cuentas con el paso del tiempo la película adquirió altura y entendimiento (algo al menos). La revista Sight and Sound, inglesa y que cada diez años publica una lista de las 10 Mejores Películas de la Historia, la colocó en segundo lugar inmediatamente después del Citizen Kane.

Con el paso de los años se torna menos complicada y más sencilla de entender (creo).
Pero en sí misma, L’Avventura, jamás dejará de asombrar.


Ni Antonioni tampoco.

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