martes, agosto 07, 2007

Antonioni en las alturas, Parte II: Blow Up, un vistazo, cuarenta años después.



Pero no sólo en los sesentas L’Avventura encuadró Michelangelo Antonioni esa búsqueda existencial del ser humano en su derredor además de dentro de su propio ser interior absoluto, en ocasiones no encontrando a nadie (mismo camino que siguió Ingmar Bergman, búsqueda perpetua que sucedía en los sesentas, y que en las cuatro décadas siguientes ha estado ausente en la inmensa mayoría de lo que es el cine), Blow Up hizo también algo más al respecto.

Según la revista Time, tal vez Bergman le dio más significado y profundidad al cine, pero que es Antonioni quien tuvo más influencia en los cineastas. Bergman, sin menospreciarlo jamás, les dio límites en el abismo interior y exterior de la existencia. Antonioni les dio permiso de hacer cosas más adultas, le quitó lo puritano a Hollywood. Le dio universalidad de temas. Y así fue el cine occidental, adulto en temas y tratamientos hasta que llegó, lástima, los Spielberg y los Lucas que hicieron del cine juguetes de acción para beneplácito de todos nosotros adolescentes.

El cine de Antonioni fue hecho no para ser actuado en forma de teatro filmado, sino para ser admirado como en una pintura, cambiando los tiempos, alterando los ritmos.

¿Qué fue primero? ¿Londres en los Sesentas o los Sesentas en Londres o los Sesentas y luego Londres?

Primero veamos los Sesentas.

De alguna extraña manera la consciencia de una sociedad envuelta en las primeras posibilidades de adquisición de productos de consumo que la tecnología podría entregar daba los primeros visos de lo que vino a conocerse como “el cambio”.

Los transistores, las nuevas telas, el nuevo mundo que ya dejaba por fin atrás los temibles años típicamente ingleses de los cincuentas con sus oscuras razones en lo que a prolongados racionamientos provenientes de los años de la guerra se refiere, dio lugar a una explosión de luz que dio por iluminar los más hasta entonces comunes y sin distinción barrios londinenses.

La posibilidad de consumir era algo tan nuevo que nadie se acostumbraba. Puede que todo parezca estar junto:

El ascenso de la música del Rhythm and Blues, junto con Los Beatles también subiendo inesperadamente como la espuma (y provocando que los conocedores se hicieran la pregunta más clave al respecto de los Fab Four: ¿Porqué ellos? De entre todos, ¿porqué ellos?), las nuevas opciones de rebeldía, la confluencia de la sociedad de consumo y su apremiante necesidad de vender más debido a que las fábricas por fin ya estaban despertando, la sensación de libertad sexual con la aparición de la píldora anticonceptiva, el surgimiento de la minifalda, el ascenso del pelo largo con su respectiva asociación con la música estridente y sus dejos de rebeldía evidentes

(agarren aire con el ex abrupto)

(en el libro de Bill Wyman, Stone Alone, el Rolling Stone que renunció a serlo cuenta como ellos empezaron a imitar el desaliño de sus ídolos marginados del blues y como al poco tiempo sus mismos seguidores comenzaron a imitarlos: me preguntó, ¿serían Los Rolling Stones, como evidentes máximas estrellas de la escena pop del Londres de por entonces [Los Beatles estaban más allá y dejaron de tener contacto directo con la gente a partir de 1966], repito, serían Los Rolling Stones los que iniciaron la moda del pelo largo entre los jóvenes y que luego se extendió por todo el mundo hacia todas las edades a lo largo de la década?),

-con el aumento en el uso de las primeras drogas de amplio consumo, y siendo la misma juventud la principal usufructuaria de todo lo anterior, siendo así como volvieron a grandes sectores de la sociedad inglesa en definitiva en experimentadores en contraste con los siglos conservadores que quedaban ahora hacia su espalda, muy, muy lejos en la memoria.

Naturalmente que tenía que haber un ground zero desde donde se generarían como desprendiéndose de una gran matriz intangible, muchísimas tendencias en cuanto a telas, modas, aditamentos, actitudes y la puerta en la que todo ello se abría era Londres.

Naturalmente Londres.

Cómo también es natural la moda no se quedó ahí, en lo externo y en las apariencias sino en el sentido amplio de expresiones culturales, incluso teatro, incluso literatura, incluso cine.

Londres era el lugar para estar. Así como San Francisco y su cruce de Haight-Ashbury: El más importante place-to-be. Donde las cosas ocurren. Donde las cosas “que valen la pena”, suceden. La ocasión de toda una vida y que mientras los que estuvieron ahí lo recordarán con alegría y nostalgia, si es que estuvieron conscientes, y los que no estuvimos ahí, sólo leeríamos de ello y nos maravillaría a la distancia de pensar qué pudo ser lo que ocurrió ahí y qué no pudo ser traducido a palabras.

Michelangelo Antonioni tampoco se pudo resistir al poder succionador del Londres de ese momento. Tal vez lo estrafalario en aquél instante significó verdadera Libertad e Individualidad por primera vez en toda la humanidad

(sin detenerte a pensar mucho que de cierta manera, cuando sigues esos designios de moda de ropa, colores, drogas y uso de pelo largo, o sea, lo que marca la Moda en sí, tal como los demás en su conjunto por más happening o in que pudieran estar, ya estás atentando contra esos conceptos de Libertad e Individualidad absolutas por aceptar implícitamente los designios de un sector en particular convirtiéndote en uno más igual al otro, o en uno más igual al otro, o en uno más igual al otro, per secula seculorum.)

al menos en la superficie, toda esa percepción de apertura de sentidos fue suficiente para que él se pusiera a realizar su siguiente película en ese ambiente.

Para ello eligió algo de lo más raro posible en esos ambientes de cine europeo, un cuento de Julio Cortázar llamado Las Babas del Diablo. No tengo muchos antecedentes en ese sentido de cuantas obras de literatos latinoamericanos han sido utilizados en un cine de tal significancia como el europeo, sólo me llegan a la memoria Carlos Fuentes, tal vez Gabriel García Márquez, Guillermo Cabrera Infante y el propio Julio Cortazar si es que habiendo vivido éste último más de la mitad de su vida en Europa se podría considerar latinoamericano en esencia, pero finalmente leyéndolo, disfrutándolo y haciéndolo nuestro coincidimos que siempre lo fue.

Las Babas del Diablo es un cuento corto de Julio Cortázar que habla de una situación de lo importante que son las grandes cosas y que a fin de cuentas no lo son. Hay un cadáver en esto. Hay un crimen sin resolver. Hay un testigo que registra ese crimen de manera casual.

A partir de ahí hay una gran preocupación en lo que sucede. Pero a final de cuentas nada importa. A la sociedad no le importa. Al conjunto de nosotros tampoco. Igual que en L’Avventura, hay una gran importante parte del Todo en el que hay una gran Indiferencia hacia lo que se considera aunque sea superficialmente, trascendental, en el primer caso, una persona desaparecida que se diluye en la suma del todo. En el caso de Blow Up, un crimen de alguien que de cierto modo se diluye en la suma también del todo. Entonces, ¿qué nos queda a los seres humanos en medio de lo que le sucede a todos? ¿Dónde queda la base de lo significativo que los seres humanos nos debemos de tener?

El cuento de Cortázar se trata de un traductor-fotógrafo que se llama Roberto Michael y que vive en Páris (¿Dónde más podría vivir?) Un día sale a dar un paseo y toma unas fotos en un parque. Al parecer algo sucede en algunas de las fotos porque una mujer que se da cuenta que fue fotografiada le reclama airadamente acerca del rollo, el fotógrafo se lo niega y se va y luego lo revela, grande grande, como poster y descubre que no había inocencia sino manipulación. La revelación es implacable.

Hasta ahí el cuento de Cortazar.

Antonioni lo usa de punto de partida y de ahí compone, o más bien, espesa la trama llevándola a sus temas, lo hace aparentemente de forma casual pero con precisión. Vanessa Redgrave viene a darle vida a su vida lánguida y entre toda la libertad y libre albedrío, predecible y frívola. Vanessa Redgrave y su crimen aparecido entre fotografías le viene a dar vida a Thomas, el personaje de David Hemmings.



Y este estará tan vivo hasta su disolvencia personal en el parque de nuevo, entre los mimos que juegan tenis y que lo obligan a ser parte del juego de manera intrigante de una pelota que existe sólo en su mente y que aún invisible la vemos todos, la escuchamos todos, la sentimos todos.

Blow Up es una impresionante película por varias cosas:

Una, por su ritmo trepidante que no deja pausas.

Dos, la misma inclusión de David Hemmings en la mejor película de su vida (murió recientemente apareciendo todavía en Juegos de Espías de Tony Scott, en Pandillas de Nueva York de Scorsese y en Gladiador de Ridley Scott).

Tres, en la propuesta de imaginar como oficio de Hemmings el de fotógrafo profesional, de tanta importancia que tuvo esto, que las principales revistas serias de fotografía colocan tal hecho como uno de suma relevancia en la historia de éste arte-técnica tan importante (como lo hizo la revista Life Magazine en el 150 aniversario, en 1986, del desarrollo de la Fotografía), abriendo caminos a incontables aspirantes a fotógrafos profesionales. (Por tanto podemos expresar por extensión que este asunto le pertenece más bien a la iniciativa de Julio Cortázar por haberlo descrito así, con exquisito detalle, en su mencionado cuento de Las Babas del Diablo, que no es otra cosa que el inverso o quizá el anverso de Los Hilos de la Virgen).

Cuatro, Blow Up fue la primera vez en que apareció un desnudo femenino integral frontal abriendo posibilidades impresionantes para el futuro para nosotros eternos adolescentes inmaduros de la Historia.

Cinco, salieron los Yardbirds con Jimmy Page acompañado de Jeff Beck, grupo directo antecesor de Led Zeppelin, en un acto que al final se termina rompiendo la guitarra en pedazos, en un acto que no era original de ellos (ya que le pertenecía a Pete Townshend de The Who), creando con uno de los pedazos una situación entre la multitud al final del evento que siempre despierta gracia.

Seis, el final de Blow Up es maravilloso, sencillamente maravilloso y se queda en nosotros de una manera sencilla tal como el fresco recuerdo de la brizna especial de un día especial de un verano especial en medio de nuestras propias vidas.

Blow Up es otra película con textura. Escenas como la de la compra de la hélice gigantesca hecha de madera que casi huele a resina. La escena del parque donde David Hemmings toma fotografías a lo que le da la gana. La escena de las dos atrevidas y liberadas chicas que querían ser modelos a como de lugar en medio de toda la ropa. La escena del revelado de las fotografías

(confieso que me entusiasma la fotografía y es la parte que más me subyuga, ese proceso lento de ir revelando e imprimiendo, un acto de descubrimiento, y de verdadera revelación, palabra más que afortunada en sí y que siempre me ha impactado)

con sus mágicos movimientos y manejos de luz. El momento preciso de descubrimiento de esa sospechosa mancha que está dentro de la miríada de sombras y claros que forman un insignificante arbusto. La escena del juego de tenis… sí, ese juego de tenis. La sensación de que el mundo gira siempre sin importar los microbios que somos todos en la danza de la existencia. Ausencia. Presencia. Ausencia. Fin.

Blow Up es el retrato casi fiel de su ambiente. Antonioni italiano retrata al Swinging Londres inglés mágico y misterioso de los sesentas. Momento legendario de la década. Leyenda momentánea en la Historia.

Si consideramos que hay en la humanidad lo plausible en circunstancias de guerra, de amor, de lucha, de afecto, de pasiones, de miedos, ternuras, terrores y quereres, lo que muestra Blow Up es plausible, lo que muestra L’Avventura es plausible.

Y en toda la humanidad la indiferencia reina, y sólo lo que me impacta en peor o mayor o mejor o menor grado tiene significado.

Lo demás no existe aunque lo lea, ni aunque lo vea, ni aunque lo sienta, ni aunque me conmueva, ni aunque me quieran convencer que el mundo está afuera de mi propia piel.

La indiferencia. La indiferencia.

Porque se decía que afuera en el espacio, a bordo del Nostromo de Ridley Scott, con el Alien de H. R. Giger acechándote, nadie te oirá gritar.

Y aquí en la Tierra, al parecer, tampoco.

2 comentarios:

mhaleph de Textes & Images dijo...

Décidément, a Ud le gusta el bueno cinema y estoy encantada con esta situación. Vos articles sont très complets. Si je n'ai pas vu l'Aventura, j'ai adoré Blow-up aujourd'hui tombé malheureusement dans l'oubli. C e film intemporel est toujours d'actualité puisque comme lui et avec lui, nous nous interrogeons encore sur les relations qu'entretiennent l'imaginaire et le réel. C'est la recherche de la vérité, c'est la tentative de mise au point sur des événements qui nous échappent souvent malgré notre volonté d'éclaircissement, qui nous amène en pure perte à "l'agrandissement" des faits (ampliación en español / blow-up in english) comme le photographe du film. Merci d'avoir parlé de Blow-Up.
mhaleph de Textes & Images et de Focale

Luis Eduardo García dijo...

Merci beaucoup... Muchas gracias. Un honneur...

con todo mi aprecio (estime) :-)

Luis García