martes, agosto 28, 2007

La Tarjeta Infernal



Esta es una minificción de 600 palabras que tiene que ver con el tema de "prepago", alguna más, alguna menos. Esto de ceñirse a una disciplina es divertido. Lo pongo aquí por... what a hell, porque puedo, pos total...





***











–John, puede que muera pronto, lo sabes.
–Sí, Michael. Lo sé…
La oficina era de tamaño considerable.
–John, he leído mucho últimamente…
–Por algo dejaste tus juegos de inversiones…
–Esas son minucias… Me temo que he concluido que puede que sí haya Cielo o Infierno… y como sabes, siempre me anticipo… No quiero llevarme sorpresas… Tal vez no hay Dios, pero no me quiero arriesgar…
–¿Qué harás?
–Aquí está este informe… Hay algo que me puede ayudar considerablemente… Se llaman Indulgencias… y son muy importantes… en el mundo de los católicos, quiero decir… Te ayudan a entrar al Cielo, dicen…
–Tú eres judío…
–No importa, así me aseguraré, John…
Casi siempre, pensó éste, recordando los últimos y lastimeros resultados de la compañía. Su último sistema operativo había sido un fracaso y la gente generó una gran campaña en contra. “La gente se rebeló por fin”, concluyó John, amargo.
–Investigué que hay una sociedad secreta. Me convencí, John, ellos sí están conectados al Cielo…
John protestó.
–Todo es una tontería, Michael… ¡qué alguien esté conectado al cielo! ¡Absurdo! Yo te… –quiso seguir hablando pero la mirada glacial de su jefe lo enmudeció.
–Tengo que adquirir muchas indulgencias… No quiero ir al Infierno. Tengo miedo y tengo un plan… se llama la Tarjeta de la Megaindulgencia Prepagada. Estoy enterado de que sólo hay una y deseo comprarla… y no importa tu opinión, John. Haz los arreglos y cómpramela. Hazlo por mí, John…
“Bastardo, hasta eso quisiste asegurarte, tu entrada al Cielo…”, pensó John.
Siguió las instrucciones e hizo la transferencia de la manera más secreta posible. La “tarjeta” prometida llegó en una austera cajita de madera.
Se la entregó a Michael, cuando ya estaba éste en su lecho de muerte.
La tarjeta decía sencillamente, “La indulgencia sólo viene del Señor”. Michael murió con la tarjeta en la mano. Las acciones de su imperio tecnológico terminaron desplomándose poco después.

–Señor Michael. Pase al Juicio por favor….
Michael estaba confuso mirando a un tipo extraño frente a una pantalla, pero se repuso de antemano enfocándose a toda prisa.
–No, no, espere. Mire –blandió la tarjeta que traía en su mano sin saber como llegó con ella a ese abstracto lugar–, la tengo, la tengo… La Megaindulgencia.
El tipo lo miró con sospecha. Examinó la Tarjeta con cuidado.
–Disculpe la desconfianza, pero ya nos han llegado falsas. Pero esta… parece verdadera. La pondré en el sistema y él decidirá.
–Claro –dijo Michael, jovial como siempre, en apariencia.
No habría error, la Tarjeta de Megaindulgencia estaba prepagada, estaría correcta.
Alcanzó a ver a su izquierda cómo muchas personas eran empujadas a un abismo. Pudo observar a la distancia los gestos de los caídos. La angustia suprema.
¡Sí existía eso del Cielo y el Infierno!
Se vanaglorió de haber estado más que preparado.
La persona introdujo la Tarjeta en el sistema sin más ceremonia. En eso, todo se apagó por un microsegundo y se encendió de nuevo.
–¿Qué ocurre? –dijo Michael, alarmado, mirando a todas partes.
–Nada, alguna falla sin consecuencia. Todo vuelve a encender correctamente y además este sistema está a prueba de fallos. Sólo la vuelvo a insertar así… ya…
Así lo hizo. Michael estaba impaciente. Pasaron diez segundos.
Una sonrisa trató de ocultarse en el rostro del portero celestial.
–No, Señor Michael, la tarjeta no está en el Sistema. Buenas tardes.
–Debe de haber un error…
–Aquí no hay errores, señor Michael, es el Cielo. ¡Él que sigue!
Michael, sin poder entender nada a su alrededor de inmediato apareció frente a un abismo y cayó. Y cayó y cayó. Para siempre.

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