domingo, octubre 14, 2007

Crónicas del Metrobus - Cómo funciona - Cómo funcionamos - El Año de Viajar Peligrosamente



En ocasiones te tienes que dejar llevar. Flojito y cooperando. No hay de otra. No te puedes oponer a la masa. No puedes oponerte al sistema. No le puedes ganar al sistema, bien lo dicen los londinenses. Por lo menos lo dicen en las camisetas que venden al respecto del Underground, como le llaman a su Metro. Ellos saben dos o tres cosas en cuanto a Sistema de Transportación Colectivo se refiere. En la ciudad de México le dicen “el Metro” y con él está su increíble aliado, el “Metrobus”.

Es cuando agradeces que estés en una situación de querer bajar de peso. Es necesario estar delgado, ser de talla media, no traer bultos voluminosos. En caso contrario sufrirás las consecuencias.

Estuve el pasado martes frente a un precipicio. Nada me separaba de caer. En un descuido podría hacerlo. Y traía conmigo un peso muerto de aproximadamente cinco kilos tomado de entre mis manos. Un peso muerto tan pequeño que a nadie haría preocupar en circunstancias normales. Pero ya eran 25 minutos de estarlo sosteniendo en la misma posición. Podría parecer como castigo escolar. Sostén una carga por un período prolongado y no te muevas de posición en lo absoluto, sino…

Estando frente a ese precipicio no hacía más que mirar hacia el frente. No quería mirar hacia abajo. No quería ver la poca distancia de la que estaba el filo de mi abismo de la orilla de mis zapatos.

Y luego, la ingente cantidad de gente detrás y al lado de mí. Cada ocasión sentía que me empujaban un poco más, un centímetro tal vez, hacia delante a la hora de tensarse y a la hora de relajarse, podría percibir que recuperaba sólo la mitad de eso. Como si estuviera descubriendo una absurda respiración de locura. Pero no me engañaba, cada ocasión sólo me dejaba medio centímetro más cerca de la orilla.

No, no era una pesadilla o un mal sueño, ni siquiera un mal viaje (¿Mal viaje?, pudiera ser sólo el principio.)

¿Mencioné que el precipicio hasta el suelo sólo era de un metro? No, no lo hice. Pero como pudieron ver en el título, desplomándome hacia abajo me podría enfrentar de lleno y de frente en cualquier instante con el sistema de transporte urbano llamado Metrobus del Distrito Federal enclavado en el Ombligo, entre todos, el de la Luna, República Mexicana.

Los temerarios se asoman lo que pueden hacia su derecha. No hay salvaguardas que protejan de un desliz, de una torpeza involuntaria, de un accidente no tan feliz. Piensan estas personas sin miedo que ahí viene, ya no tan lejos, detrás de aquella curva vertical. Podría ser, ¿por qué no? El gigantesco vehículo por su carril particular que está a punto de llegar a la estación de 18 de Marzo a como a un cien metros tal vez de la estación del esta sí, estación del Metro llamada también 18 de Marzo, en medio de la celebérrima Avenida de los Insurgentes, muy cerca de su cruce con la calle de Montevideo, al norte de la Ciudad de México.

Sí, es el vehículo que se asoma pitando un tanto irónicamente con una chicharrita que ha de significar algo así como “no se asomen, que no respondo”. No es sonido amenazante. Pero de que llega al frenar, a quedar a sólo unos dos-tres-cinco centímetros de la plataforma, sí queda.

Debe de haber crónicas del Metrobus por Internet. Eso supongo, pero no las encuentro. O del Metro. Pero pueden estar dispersas dentro de textos. O eso, o pueden ya ser materias tan aburridas para la gente que ya a nadie le interesan un comino. Andar en Metro o Metrobus puede ser ya parte del código genético de millones de personas. Y eso es por día. Y el Metro tiene 38 años de andar por ahí surcando las entrañas de la gran ciudad de México. El Metrobus tiene apenas dos años yendo para un lado, luego para el otro en sentido inverso. Podría estar dejando un surco. Alguna señal para ser vista desde el espacio dentro de unos decenios.

Y así como hay usuarios del Metro que ya ni se han de dar cuenta de nada nuevo (la experiencia Ceguera de Taller, de la que ya he hablado), disminuyendo en caída libre su atractivo como experiencia digna a ser narrada, porque, imaginemos por un segundo a alguien que vive en la Gran Ciudad desde hace más de 35 años y que desde hace 20 se dedica a utilizarlo en algún trayecto hacia y desde su oficina. Serían 220 días hábiles de trabajo anuales, o sea, 440 viajes, y eso por veinte años nos dan algo así como 8,800, o 10,000 para cerrar. Como quiera, son muchos viajes. ¿Qué le puedes decir de nuevo a algún usuario consuetudinario del Metro? No mucho.

Pero da la casualidad que yo soy nuevo usuario consuetudinario. Sigo viviendo en la bucólica ciudad aledaña al centro del país a donde llegué desde hace 4 años y me traslado todos los días a esta gran big-big-big epopéyica ciudad a 80 kilómetros de distancia.

El perturbado-esquizofrénico-maniático trayecto diario va como sigue: Me levanto todos los días a las 5:30 A.M., me traslado a la estación de autobuses a las 6:20 A.M. y justo llego a tomar el autobús de las 6:47 A.M.. La ciudad de México tiene para esto, entre muchos otros que pueda tener, un monstruo de tráfico que constituye la Madre de todos los Tráficos, el del gran punto de concentración humana llamado Indios Verdes.
Esta Madre en particular tiene la extraordinaria propiedad elástica de manipular el tiempo a su antojo. En ocasiones he llegado a mi punto de descenso a las 8:25 A.M., en otros momentos he llegado a las 9:10 A.M.. Esa es otra historia. (Y eso es todos los días. Será el lunes siguiente. Y el martes. Y el miércoles. Y así los días posteriores.) ¿Perturbador? Algo. Equis. Whatever. Nevermind.

El caso es que el autobús me deja invariablemente a cien metros de la Av. Montevideo y me toca punto de elección. ¿Me voy en Metro que está a cincuenta metros de mí? ¿O me voy en Metrobus que está a 125 metros siguiendo una angosta escalerita que tiene una visión digna de foto, look and feel, que te hace sentir que estás en el Metro de Tokio de los años 70’s? (Y que todavía no he tomado.)

Nada como vivir en el mundo libre que te deja opciones tan abiertas como estas. Parafraseando a Woody Allen en su clásico discurso a los graduandos: tenemos ante nosotros dos grandes caminos, uno de ellos te podría llevar a la desesperación de la aniquilación total, el otro, hacia la extinción absoluta, ojala seamos lo suficientemente sabios como para elegir el adecuado.

Ya antes me decidía siempre por el Metro pero cuando supe que la entrada al Metrobus estaba tan cerca, opté por ese cambio.

Las primeras veces no me fue tan desagradable. La estructura del Metrobus para esto consta de tres puertas. Aparte de primero como entender en el módulo automático algo tan complejo cómo el comprar mi tarjetita magnética para poder llenarla de pasajes válidos por un viaje, que cuestan 3.50 pesos cada uno, aproximadamente 32 centavos de dólar, y para después de ahí entrar a la plataforma, lo demás fue sencillo.

Esa primera vez no había muchas personas . Derivé hacia el fondo poco a poco. Donde había menos gente. Y nada, que de pronto, estoy rodeado de mujeres por todos lados. No me di cuenta de esto hasta que llegó el Metrobus en cuestión y subirme hacia él. Y ahí estuve en medio de fragancias escondidas de estrógenos que me rodeaban por todas partes. Hombres sólo yo y otros dos o tres. Luego me vine a enterar que una de las reglas que existen en esta transportación es que los hombres van separados de las mujeres por aquello de los extragrandebigsize apretujones a todo lo ancho y lo amplio de la experiencia. Las mujeres allá al fondo. Los hombres acá.

Mi primer viaje no fue tan complejo. Transcurrió sin novedad y ya para cuando llegué a la vigésimo tercera estación, que son las que transcurren hasta que me bajé, ya la población estaba más integrada.

Cosas extrañas, miré durante el trayecto a un hombre desnudo. Sí, un hombre en Full Monty en medio del amplio camellón-jardín de la avenida Insurgentes, a unos cuantos metros del pintarrajeado Monumento a la Raza (ah, Raza), ahí estaba el angelito como bañándose recién salido de la cuna, inmutable cual paciente habitante del Paleolítico Urbano, cerca de su casa-residencia-campamentoderesistencia. Imagen impresionante, surrealista y chocante. Me volteé a mirar las caras de las mujeres que probablemente también lo vieron. Nada. Todas ensimismadas en sus mismos yos.

Como mencioné, ese fue mi primer viaje. Hay que recalcar que son muchas estaciones. Que la velocidad del viaje es de 20 Km por hora. Que hay en promedio 500 metros lineales entre estación y estación. Y que algo curioso sucede en ciertos días. No sé a que se deba, pero hay un ultraexceso de personas en ciertas estaciones. Trato de discernir las causas.

Es decir, esas estaciones malthusianas son las que están cerca de una estación clave o emblemática del Metro, tales como la de la Raza o la de Insurgentes. ¡Qué barbaridad! Poco falta que salga alquien que grite “Soylent Green is people!” qué, cómo recordarán los que sepan de esto, es el grito que se avienta un Charlton Heston angustiado durante un Destino que Nos Alcance, aterrorizado de saber la verdad, que en un mundo del futuro, atestado de personas, lo que comeremos en esas galletitas verdes no serán más que, eso también, personas.

Y es que esa sensación de personas ultraarrembutadas ocupando cada centímetro cúbico de espacio respirable se da con mucha frecuencia, realmente, más que lo contrario.

Ya se imaginan los que conocen las imágenes del Metro de Tokio desde hace décadas. En la que contrataban a empujadores profesionales provistos de guantes blancos con el propósito de hacer que las personas pudieran caber dentro de cada vagón a como diera lugar. Pero comentar el punto del Metro, será para otra ocasión.

Volviendo a la experiencia del principio.

Llegué esa ocasión a las 9:00 A.M. excelente momento, según me había tocado en experiencias pasadas, para tomar el Metrobus, conforme a mis anteriores experiencias. Treinta y cinco minutos para recorrer los 11 km que me separan de ese punto de mi trabajo más los cien metros que caminar hasta mis oficinas. De inmediato percibí que había un buen de gente reunida en cada una de las salidas que concuerdan con las puertas del autobús. En las tres. Incluso en las de puras mujeres que está allá hasta el fondo. Ni modo. Tomé la decisión de pararme en la que estaba delante de mí.

A las 9:03 A.M. pasó el primero de los transportes. Las puertas estaban llenas de personas. Frase curiosa, pero sí: llenas de personas. Es decir, no se veía como pudiese alguien entrar, o en caso de quererlo, de salir de ahí. Atiborrado, embutido (se me acabarán los adjetivos, lo preveo, si de por sí no uso muchos adjetivos por mi acusada pobreza textual).

A las 9:07 A.M. llega el siguiente, no sale nadie, se sube uno. O más bien, se embarra uno adentro, afortunado que fue.

A las 9:11, arriba el nuevo, igual, no salidas, se unta otro, otra persona más con suerte.

A las 9:16, atraca el consecutivo, nadie desea salir, se aventura uno más.

Ah, quiero agregar que la gente es caritativa. Ellas ayudan al que se aventuró, le empujan hasta lo que pueden. Recordemos que la apertura hacia las puertas está llena de personas. A sólo 5 cm del filo. No hay línea amarilla preventiva como sucede con el Metro, que está separada del filo de la plataforma como por sólo 40 cm, y que la gente está muy advertida que no debe de cruzarla, que disminuya su riesgo, pero aquí en el Metrobus no hay una línea de seguridad, o si la hay es muy ignorada.

Mientras tanto las personas siguen llegando, acumulandose más y más. Se siguen apretujando. Cada persona es una entidad independiente. Tienen existencias separadas unas de otras. Tienen familias, propósitos distintos. Ideales, educación, necesidades. Orígenes y destinos separados. Pero aquí llegan todos con una sola idea. Subirse en el siguiente o en el siguiente del siguiente o esperar al siguiente del siguiente del siguiente. Y muchos con el pensamiento de hacerlo a como dé lugar. Todas estas personas tan diferentes entre sí, aquí guardan silencio. De ésta, hasta hace minutos heterogénea agrupación, ahora es homogénea hasta el asombro. De individuos nos convertimos en algo similar a una colmena. Nadie protesta, nadie exclama una queja. Eso es estoicismo colectivo de la mejor clase. Me hacen sentir orgulloso de ser mexicano. ¿Suena irónico? Tal vez. Me descubrí.

A las 9:18 A.M. se aparece un autobús vacío. ¡Dios existe! ¡Increíble! Todo hermoso él, sin personas, sin nadie a quien suplicarle con la vista de que se hagan más delgados para poder uno entrar. Recuerden, llevamos todos prisa infinita. Y no. Ahora no pediré a nadie nada. Soy libre. No me sacarán ni un “compermiso” siquiera.

Pero, esperen. No está frenando como debería. Se va se va se va, se fue.

Al parecer estas buenas personas que están a cargo del Metrobus a través de sus orwellianas cámaras en cada estación empiezan a enviar autobuses vacíos, supongo que con buena intención para aliviar en alguna parte delante de la ruta, la inmensa presión causada debido a la ingente cantidad de personas acumuladas en alguna de las estaciones críticas.

Pero eso no quita el malsano pensamiento de mi mente:

Veamos, ¿cuál será el criterio? ¿Ven a través de la camarita muchas personas que pasan por los torniquetes una tras otra tras otra tras otra y que al mismo tiempo no están llegando camiones con algo de espacio suficiente? ¿Cómo serán los criterios? ¿Se aíslan estas autoridades todopoderosas del Metrobus del pensamiento de que somos personas que estamos ahí para trasladarnos de la mejor manera posible por en medio de la gran ciudad? ¿Algún día sabremos del criterio que toman estos para enviar autobuses vacíos? ¿Algún día sabremos porque la gente se acumula más de lo normal? ¿Habrá signos reconocibles que podamos aprender a partir de la observación del Fenómeno del Transporte del cual nosotros todos somos parte?”

Deja cierta impotencia en el alma estas preguntas. Todo por no saber. Todo por no poder dejar de ser parte de esta necesidad de transporte aguda que sentimos, padecemos, vivimos.

A todo esto, ¿se habrá caído alguna persona por ese filo? No parece muy peligroso, sólo un metro, con la posible excepción de cuando esté por llegar el siguiente Metrobus a toda velocidad para poder frenar a tiempo en el punto indicado donde debe de frenar.

Pero el autobús vacío se fue se fue se fue y ya no volvió.

Pero a las 9:20 A.M. llega otro y lleno, igual que los demás. Las personas al principio parece que no son las mismas. El que me lo pareciera sólo era una ilusión óptica.

Porque a partir de un momento todas las caras empiezan a confundirse en una mezcla cada vez más homogénea, de pronto alguien muy feo se te queda viendo muy ídem desde la ventana de más allá, dentro del vehículo cuyo destino ya está predeterminado (el chofer lo sabe muy bien, lo instruyeron: váyase por todo Insurgentes hasta que acaba, hasta que esté a punto de caer en las fauces de algún monstruo que se lo trate de comer, ahí de la vuelta y haga el recorrido en sentido contrario, juro que se divertirá si lo hace las suficientes veces, si es que no muere antes de terrible abatimiento y sopor).

Pero no, la persona muy fea no es que sea fea, sino es que está haciendo gestos porque la están estrujando tremendamente y con prejuicio extremo entre otras quince que en un alarde de prestidigitación están elevando la hasta entonces nimia y poco atractiva (aceptémoslo, no nos engañemos, es poco atractiva) actividad descuidada de empacar personas más y más personas en un autobús finito (porque finito lo es sin duda) sin que nadie perezca de asfixia en el intento o se queje con el Jefe de Gobierno más cercano.

Esto es madurez ciudadana, no pedazos.

Pero la vida tiene siempre el contrapeso para los impíos, la mayoría de las personas que me acompañaron en esos viajes tan duraderos en mi mente y en el tiempo relativo al que de seguro Einstein se refería, (porque ya saben, ¿no?, te subes al Metrobus y el tiempo se elastiza tremendamente dentro de su estructura mientras el vehículo se mueve, o crees que se mueve, donde el viaje se hace eterno y juras que cuando sales de él has envejecido dos días más que si hubieras hecho el viaje de las veintitres y pico de estaciones a pie), y decía, esas personas con las que normalmente estoy al lado son estudiantes descarriados, o ejecutivos elegantes con sus trajes sufriendo un castigo planchándose aleatoriamente de manera activa y mirando el reloj preocupados cavilando si el cuarzo se detiene como si fueran manecillas (o como dijo Groucho alguna vez, no es que el reloj se haya parado, tal vez estén muertos), o más personas sin oficio o sin beneficio, bueno, algo habrán de hacer, no todo mundo se sube al Metrobus, si cuesta más que el Metro, ya dije, 32 centavos de dólar del Metrobus contra 18 centavos de dólar que cuesta subirse al Metro.

El punto es (tanta verborrea me enmudece) que a las 9:25 de la mañana (25 inauditos minutos desde que llegué a la estación de los cuales pasé 16 de ellos a unos cuantos centímetros del filo del precipicio mirando a la gente de Avenida Insurgentes Norte arriba de sus vehículos mirándonos de manera simultánea a nosotros a su vez [nada como una espera de veinticinco minutos como para hacerte sentir parte de la masa, esa togetherness que tanto nos hace falta en estos tiempos tan llenos de políticos tomadores de atajos o con jeeps rojos prestados], personas con sus manos sobre los volantes de sus propios vehículos y con sus pensamientos errando en sus mentes colectivas, idas, mientras escuchan al señor Gutiérrez Vivó despotricando contra el alguien en turno: “que bueno que hoy sí circulo” o “que bueno que tengo dos vehículos para írmela alternándomela” o “que bueno que tengo calcamonía Doble Cero, o sea, licencia para matar, y que se me permite circular per secula seculorum hasta que el combustible se me acabe”, si quisiera), sí, a las 9:25 de la mañana llegó otro Metrobus vacío.

La gente no lo puede creer por un picosegundo. Al segundo picosegundo ya estaban todos adentro y sólo quedé yo para estar de pie. Pareciendo infantes de hospicio cuando les dicen que ya llegó la comida y que sólo los primeros diez comerán, así entra la gente al interior del Metrobus. Algunos sonriendo y otros que no consiguieron asiento con caras mal disimuladas mirando al paisaje de la urbanidad de “a mí siempre me encanta ir de pie”.

Entre apretujones y derivaciones del cuerpo humano en todas sus flexiones el Metrobus va y va. Nada crees más que te pueda sorprender. Hasta que llegas a esas estaciones clave mencionadas cerca del Metro. Ahí sí es: ¡Sálvese quien pueda! Brazos, piernas, bolsas, todo es desconectado de sus dueños.

Por otra parte no quiero terminar esto afirmando que sí hay mujeres hermosas. Mujeres inquietantes con su ceja muy bien dibujada. Mirando con desafío a nadie en particular. Hay que ser fuerte para sobrevivir al apretujón, al Big Crunch. Hay que ser temible para pasar entre la meleé de la humanidad concentrada en cada puerta llena de seres anónimos que no tienen hacia donde salir, hacia donde moverse, hacia donde teletransportarse. Otra mujer guapa allá se está pintando, otra más acá huele precioso y sólo mi natural timidez me impide preguntar cual es el perfume que usa. Lo recordaré por siempre, lo juro, o al menos por diez minutos más. Hasta el siguiente perfume, la feromona anónima que me persigue y que estará ahí, entre tantos cuerpos pensando en donde bajar. Pensando en la hora. Pensando en la paciencia. Pensando en el momento eterno.

Pero el viaje continúa hasta su destino.

Señalaré, ya que ahora sí estamos avanzando, que hay cinco torturas aquí, en tiempo presente del infinitivo:

Una, la posición no natural en que tu cuello está colocado en la búsqueda de tus brazos por el tubo de aluminio más cercano que representa la estabilidad deseada. La vida ahora está llena de frenones y acelerones, tersos algunos y no tan tersos los otros.

Dos, que no alcanzas a ver a cuanto está tu estación de donde te encuentras debido a que el cartelito con ellas marcadas está a mucha distancia de tu ya deficiente vista.

Tres, que por la posición mantenida por minutos digna de un saltimbanqui du Soleil y ni sabes con precisión cual es la estación a la que vas llegando.

Cuatro, que por más que haces intentos mentales de pensar en otra cosa como porqué la gente podría tener interés en los bits de información que las pantallitas rojas que están empotradas en el techo del vehículo están transmitiendo de continuo, mismos bits repasados día con día, no ves la forma de cómo vas a salvar la distancia detrás de la pared humana compuesta por cuerpos y cuerpos de seres a los que no les interesas en lo más mínimo (a excepción de que si les preguntas, “¿se va a bajar en la siguiente?”, y cómo nadie lo piensa a hacer, ellos tratan de a su vez, sentimientos encontrados de afinidad humana, de contorsionarse muy amablemente para que tú trates de salir indemne de ahí por en medio de ellos, inverosímiles masas inamovibles).

Y cinco, el largo camino a la Salida en sí, es portentoso. La Odisea medida en decímetros. Sí sales de ahí es que estás compuesto de materiales que no todo mundo consta, ¿eh? Suenas a Tungsteno, suenas a Titanio, dulce olor de la mañana.

Huele como a... victoria.

No, no me quejo. Lo que me sigo preguntando, ¿es que esto del transporte humano-urbano es tan impredecible así? ¿No se puede medir la cantidad de gente que va de estación a estación de una manera aproximada como para ir enviando los autobuses poco a poco, o lo contrario, de mucho a mucho, para que la gente no se acumule en determinadas estaciones clave-críticas? ¿No venía eso en los manuales de uso del Metrobus? ¿O se perdieron? ¿O se necesita algo así como The Complete Metrobus Management for Dummies (like us)? ¿o están en un proceso de prueba y error? ¿No habrá un Microsoft Metrobus Simulator que puedan comprar? ¿Un SimMetrobus? ¿Un Metrobus Second Life? ¿Un Halo Metrobus 3? En algún lugar tendrán que aprender, ¿no? O practicar en nosotros, de plano, algún día aprenderán.

Me imagino la Sala de Control: Ahora el Ser Supremo del Metrobus envía uno vacío. Ahora no, mejor se espera a que se junten doscientos en la estación. (A lo mejor se pelean.) Ahora manda dos seguidos. Ahora hace que se vayan lentos. Ahora que se detengan a cada rato por dos minutos. (La vida, nos lo han dicho desde siempre, es un bello y agradable experimentar.)

¿Qué habrá en la mente de los conductores? ¿Qué habrá en la mente de estos Seres Divinos que manejan el Metrobús? No pueden ser personas como uno. No. No deberían ser. Manejan demasiados destinos como para ser normales.

Como yo sólo tengo dos semanas viajando en Metrobus, lo suspendí debido a ese retraso tan absurdo de 25 minutos. Tengo deberes. Tengo responsabilidad.
Tengo pudor.

Como parábola final comprensible-pero-inasible de la existencia de vivir al filo del abismo algo, una barrera infranqueable hasta ahora me hace desconocer su conducta o conductas. Lo afirmo y reafirmo.

Tanto de la gente como el de la ruta en sí. Tanto como el de la gente que administra ese Metrobus en sí.

Estarán rodeados de sus pantallas, es otra posibilidad que se me ocurre. Más opciones de su praxis posible es que tal vez tengan delante de sí una maqueta tipo pista Sizzler (¡Somos Los Vencedores!) o mejor aún: una Scalextric, desde donde ven y perciben la cantidad diminuta de personas que se juntan alrededor de un punto geográfico en forma de Sistemas Dinámicos en tercera dimensión, o como ya dilucidé, desde donde ese alguien se pone a jugar con sus amigos a ver cuanta gente se junta más y en dónde y cuánta se traslada más dentro de un vehículo determinado o no sé.

Algo así.

Y es que todo tiene su razón. Estoy convencido.

El chiste es que hay que encontrarla. Algún día se va a dejar.

Y entonces, mientras me bajo en mi destino alcanzado, embarrado de humanidad si no es personas, ¿qué es lo que le pondremos a las mentadas galletitas verdes?




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