domingo, octubre 07, 2007

PREVINIENDO DISRUPCIONES, LA FICCIÓN TECNOLÓGICA



La tecnología nos forma. Nosotros somos lo que la tecnología nos ha permitido ser. Eso está registrado a hierro en la historia en todas las culturas. A falta de ella o por tener acceso a ella, o por haberla usado en su provecho.

Los que escribimos de Ciencia Ficción o de Ficción Tecnológica o como se le quiera llamar ahora, porque dicen que la realidad la ha rebasado, lo hacemos porque nos gusta imaginar lo que estamos viviendo y pensar un paso más allá o dos, o tres. A veces lo logramos, a veces sencillamente no.

Pero eso sí, el futuro ya no es lo que era antes…

Los artilugios están a nuestro alrededor primero como publicidad, luego como objetos de lujo prohibitivo, más después como objetos de glamour anhelado y posteriormente como supuestos objetos de necesidad básica y fundamental.

¿El celular ha hecho la vida mejor a todos? ¿La televisión por cable? ¿El mismo Internet? ¿El Ipod y subsecuentes? ¿Las pantallas de plasma? ¿La cámara en mi celular? ¿Soy por eso más productivo? ¿Más feliz? ¿El hecho de que todo mundo me encuentre ahora me ha hecho mejor? ¿Estoy realmente mejor informado con tanto feed? ¿Me hace mejor persona? ¿La música ahora hecha específicamente para ser escuchada a través de algoritmos de compresión como el MP3 es mejor que la que se diseñaba para LP’s, y posteriormente, para CDs?

Los que escribimos con la tecnología en mente en muchas ocasiones nos pone a pensar el a dónde irá tal o cual tecnología emergente.

No es muy aventurado suponer que Los Supersónicos nos marcaron el camino. Tal vez antes de ellos, el mismo Dick Tracy. No es difícil de creer cuando vemos a Cometín Sónico ser castigado en su salón de clases por su maestra, debido a que estaba carcajeándose en su lugar debido a que veía un programa desde la comodidad de su muñeca, situación a la que estamos ya a punto de tener a nuestro alcance. (Pero, ¿por cuanto tiempo puedes ver un juego de Fútbol Americano o un capítulo de Friends del tamaño de una pantalla de 4 cm por 4 cm en el que ni siquiera puedes distinguir entre cada quién?)

Una circunstancia como esa, diseñada hacia el futuro desde la mentalidad de alguien que lo imaginó durante los sesenta ya nos presagiaba de una aplicación, el poder mirar un programa de televisión, que llevada a cabo en ciertos lugares y momentos, en un salón de clases durante la impartición de una lección, llevaba una consecuencia, en este caso, un castigo.

Cometín no debería estar haciendo eso durante la clase. Hay momentos para eso. Supongo que se lo debieron haber dicho. Y no hizo caso.

El caso actual es similar. Las operaciones mochila son comunes en las escuelas, si acaso tienen motivaciones más bien de salud y seguridad, signo evidentemente trágico de nuestros tiempos. No es poco común que traigan los niños en esos momentos un celular (al menos no traen pistolas o jeringas, todavía) En algunas escuelas eso no está permitido. Ni los celulares, ni las pistolas, ni las jeringas.

Entendamos a los maestros. Hace veinte años eso era impensable, no había celulares en primer lugar. Ahora todos lo tienen. Ahora no sirven sólo para hablar de cuestiones de emergencia. Ahora son utilizados para comunicarse a través de un lenguaje criptográfico que sólo es entendido por una minoría (o mayoría realmente) que debe de tener menos de treinta años para ser aceptado dentro de ella.

Eso no lo imaginaron los que escribían de tecnología.

Por decir, los envíos de mensajes fueron descubiertos por el mismo usuario.

¿Qué pasa con los ringtones? Una industria de millones de dólares donde hace cinco años no era nada. Un tono particular que sea pegajoso en un celular será enviado, transmitido, copiado hasta la estratosfera y significará fortunas para algunos.

Eso tampoco fue imaginado. Un reciente artículo del New York Times menciona el tema con asombro. Que la gente quiera, desee, procure pagar sus treinta segundos de canción por un tiempo limitado como es tres meses en ciertos casos por el mismo precio que puede adquirir la canción completa de por vida, es enigmático.

Tampoco eso fue previsto por algún escritor de ciencia ficción o por algún escritor de tecnología. Esos son los casos fortuitos que hacen entrar dinero a las arcas de alguien.
Y esa es la tecnología que llega a nuestros oídos. Es la tecnología de las masas. La que se enfoca al consumo.

Y también hay otras tecnologías de las que sí escriben los que escribimos de esto. Son las que se ocupan de otro tipo de cuestiones tales como las conductas de los consumidores. Las que se enfocan en querer saber cuales son tus gustos en ropa, en libros, en cine, en supermercados, en bebidas, en compras en general.

Porque hay tecnologías que te van registrando poco a poco tus compras. Ya saben de tu gusto por ese vino espumoso tan delicioso, saben que estás a dieta y que tal vez tienes tendencia de diabetes. (Y eso que no hablamos de la tecnología de identificación de radio frecuencia, la RFID, que pudiera ser ubicua en pocos años, eso da para mucho más)

¿Qué cual es el problema? Que un día se pueda vender esa información a alguna compañía de seguros que sabrá que compras cigarros pero que declaraste en tu forma de registro médico que no fumas, que estás comprando carne de tal tipo y que lo haces como costumbre a pesar que tienes problemas de colesterol, que tus tallas de pantalón para caballero que compras es para una persona que tiene 20% de obesidad, que como no has comprado artículos deportivos en varios años, realizas una vida sedentaria, que tu riesgo de diabetes está creciendo y que por tanto, en lugar de cobrarte la menor tarifa de tu seguro ya calificarás para una tarifa mayor, o al menos para tener una mayor y muy seria entrevista a la hora de ir a pagar tu siguiente mensualidad.

Hace pocos días apareció en el Wall Street Journal un artículo acerca de Google. Me gusta Google. Me fascina Google. Su lema dice “Don’t be evil”. No hagas el mal. Más bien no era un artículo en sí, sino un cuento por Cory Doctorow, escritor de ciencia ficción, publicado en Radar Magazine en el que hablaba de una persona que de cierta manera a la hora de pasar una aduana se le empiezan a hacer preguntas acerca del expediente de sus costumbres, obtenidas en resumen de lo que había estado investigando en Google (lo mencionan por su nombre, incluso), y eso lo hacen al revisar de pe a pa su historial de búsquedas, su redes sociales de amigos a través de Facebook o de MySpace, sus hábitos de ver qué videos acostumbra a mirar en You Tube, para tratar de encontrar un patrón de conducta que pudiese indicar con certeza si él era una persona “confiable” para la seguridad del estado.

Google es el buscador por excelencia que nació hace nueve años. Nadie lo imaginó. Nadie pensó que Google sería tan avasallante. Que compraría You Tube, precisamente, con los más de cien millones de personas que ven videos ahí todos los días. Que permitiera guardar documentos y documentos en su casi infinita capacidad de correo por persona que tiene actualmente, casi 3 gigabytes de capacidad de guardar información.

Un día podrías pensar guardar las películas que más te gustan ahí, las compradas, eso no se hace todavía, pero podrás, ¿no? Pero no tendrías que guardarlas físicamente (si es que hablar de físico en estos asuntos es un poco absurdo porque, ¿dónde está Google? ¿Ahí, allá, en Seattle, en Santander Jiménez, Tamps.? Es de esas neoconcepciones en las que preferimos no pensar), no, una película es demasiado espacio, pero sí guardarías el permiso para poder verlas cuando quisieras a través de tu gigantesco ancho de banda, que para entonces ya se debería haber abaratado (we hope so).

Y mientras, ahí podrías guardar tus fotos, tus contactos, tus amigos, la suma de tus hábitos, tu vida misma. Pero sería guardada primero a través de una computadora que necesita electricidad, para esto, acceso a Internet, después. Y que a final de cuentas utilizarías los métodos de Google para guardarla ahí.

Aquí entra la imaginación de los autores: Y un mal día Google decide venderse al gobierno, o gobierno ordena: “dame los registros de esa persona y de esa otra”. O algo más sencillo, cuando quieres entrar a la frontera querrán los de migración verificar tu conducta. Y recurrirán a su método indicado. Del que saben que guarda tu historial que tú mismo le proporcionaste a través de los años.

Podrían saber de tus hábitos de compra, los que leímos arriba. ¡Qué vergüenza! Ya vio el tipo con la charola las películas que te gustan, esas son de adultos y tratan de personas de costumbres y, más importante aún, opiniones, dudosas, ¿eh? ¿Compras hebillas de a cuánto? ¿Botas de qué material? ¿Sí sabías que esas pieles pertenecen a especies en vías de extinción? Que se me hace que ni a McAllen llegas, bato.

Y eso, viendo ahora lo que sucede en los Estados Unidos, no suena tan lejano.

Para eso escribimos lo que creemos, pensamos, intentamos, de tecnología y de ciencia ficción, y que aún y que podrías pensar que todo eso ya está muy rebasado por la realidad, siempre habrá mucha tela de donde cortar. Prevenir, no sólo prever. No lo olviden. Nunca lo olviden.

Que estén bien.

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