jueves, noviembre 22, 2007

Un Tema de Juguete Parte I (y rematamos con Seinfeld, por supuesto)

Un buen amigo un día llegó con un llaverito que decía más o menos “el que se muera con más juguetes gana”. Lo vi y me reí. Se me hizo ingenioso. De eso han de haber pasado como veinte años de cuando lo conocí y todavía ese recuerdo está muy presente en mi cabeza. Digo, además de hablar enormidades de la psique de mi amigo, hablaba de otras cosas por ahí.

Y pensé que sí, ahí estaba clara ante mis ojos, una especie de competencia inherente en toda nuestra existencia. En el caso de los juguetes no es difícil concluir que los carritos Mattel se convirtieron en autos con rines y quemacocos especiales (un amigo me confesó en tiempos de una navidad hace años, andar con el remordimiento de haber comprado cuatro “rines” carísimos para su camioneta, y que lo que había gastado en juguetes para sus hijos era como la cuarta parte de ello), con el mejor autoestéreo MP3. Las pelotas se convirtieron en palcos deportivos. Las figuras articuladas con aditamentos se convirtieron en… aditamentos, gizmos y gadgets (mi pregunta actual: ¿saben los que compran un Ipod con 16 Gb cuanta música es eso? ¿Tendrán idea de cuantos CDs podrían guardar ahí, y el tiempo que se tardarían en llenar eso? Ah, es por si acaso. Ajá. Por si acaso.

Ya sabemos que ese tipo de competencias existen. Y de hecho se pueden dividir en más. Una puede ser para conseguir más atención, otra para conseguir más recursos y una más para conseguir más satisfactores. Y ultimadamente, no sé cuantas más podrá haber (poder, posición, dinero, influencia que tal vez también vendría a ser poder) pero sólo hablemos de los juguetes por el momento…

Algo está pasando con los juguetes desde hace pocos años. O algo está pasando ahora mismo. Pero antes de tocar ese tema hablaré de juguetes… pero desde mi punto particular de vista.

Acompáñame.

El acto de jugar es esencial para los seres humanos, son preludios a la socialización y se entienden como partes del proceso de nosotros para entender al mundo que nos rodea y para relacionarnos e integrarnos con él.

Cuando uno lee de esto y me refiero a la literatura realmente docta en el tema, es notable encontrar ese grado de profundidad y seriedad con la que unas personas vestidas de bata blanca se ponen a examinar a niños de muchas edades en el acto pleno de jugar. Lo que obtienen de ahí es el entendimiento de para qué nos sirve el juego en nuestras vidas.

Eso en la cuestión interior y exterior. Interior porque de algún modo hay que explicar los procesos emocionales e intelectuales que se desprenden de esa actividad. Una muñeca y lo que significa para una niña podrían sencillamente ser explicados desde varios puntos de vista, llámese de imitación, del deseo de ser madre, o sencillamente de ser como ella quisiera que su madre fuera con ella. No soy para nada especialista y estoy escribiendo esto de memoria pero sé que mucho de esto se saca de ahí, por decir, para entender si la maternidad es un concepto heredado o de ambiente. Se nutre o se nace. Y mil etcéteras.

El lado de los juguetes de los varones y sus deseos de tener figuras de autoridad y poder por sobre de otras también son objetos de estudio. A todo esto uno puede no entender realmente que tienen que ver los carritos con esto. Los carros no necesariamente son masculinos o varoniles, pero mucho se les asocia con los niños más que con las niñas. ¿Por qué? Debe de haber muchos estudios de eso por ahí. Prejuicios tal vez, mitos, ideas preconcebidas.

O sea, que una de dos: o no he entendido nada del estudio de los juegos y juguetes y todo lo tergiverso o hay mucho más por entender de lo que sucede en las mentes de los pequeños.

Añadámosle eso a lo que es la imaginación. La proverbial caja de cartón con un hilo que para alguien es un carro, el proverbial caballo de palo (el de Juanito, el de la canción aquella de aquél programa antiguo de Juguemos a Cantar, ¿se acuerdan?), o la muñeca mínima conceptual hecha de trapo, pero que era una hija para la niña que jugaba con ella.

Bueno, todo eso implica en alguna parte de nuestros cerebros el uso de la imaginación y de la creatividad a fin de cuentas. Mucha o poca, pero ahí hay algo trabajando que ronronea en la oscuridad escondida por su respectivo cráneo.

Y todo esto se estudia por psicólogos con doctorado para entender cómo es que la mente de un niño o niña tiene o adquiere esas características o habilidades, cómo evoluciona, cómo se manifiesta, en qué se convierte, que tanto impacta en los roles sexuales, sociales y cognitivos.

Y también los estudian los mercadotecnistas. Y los que tienen fábricas de juguetes. Y los que venden los juguetes. Y vaya que lo estudian.

Pero primero establezcamos varias cosillas.

Lo que también sé es dos cosas. Una, soy padre de dos, niña y niño, y también la otra, también básica e imprescindible, fui niño y sé que es un juguete divertido y con posibilidades (hasta cierto punto, claro).

Antecedentes pues, para entrar en calor.

En nuestros tiempos nos compraban figuras de plástico rígidas, o como se diría ahora, inarticuladas. Eran de plástico inyectado y se hacían por millares. Un astronauta de los 60’s por aquí (reconocible porque su traje de presión era muy delgado, su casco era mínimo y no tenía nada de equipo para soporte de vida), unos vaqueros e indios por allá (que ha de haber habido millones, y que además de esos indios y vaqueros, con su respectivo caballo, había árabes con cimitarra y legionarios, como verán, muy característicos de nuestras tierras), y finalmente unos soldaditos verdes tipo norteamericanos más por aquél otro lado de más allá.

Y del lado mexicano se tenían unos luchadores realizados a semejanza del Santo, de Mil Máscaras, del Blue Demon realzados en sus poses características y de otros que sirvieron como moldes a otros más que después sirvieron a su vez de nuevo como moldes para generaciones posteriores perdiendo en cada reencarnación el detalle que los hacía tan preciados hasta quedar convertidos en remedos grotescos que difícil convencen a nadie que tuvieron dignidad anterior. Juro que a mi edad de 10 años admiré como esos luchadores diminutos tenían sus rasgos bien plasmados, bien definidos. Algún artista del juguete que fue generosamente prolijo en sus máscaras. Con pinceles muy finos le pusieron los símbolos sagrados de cada máscara con claridad. Y con paciencia.

Y eso bastaba, ya que, como proverbialmente dicen, nosotros llenábamos esos espacios, esos movimientos y esos gestos. Batallas épicas que se desarrollaban bajo nuestro control, momentos en que éramos como precoces directores de cine filmando nuestras sagas antes de saber incluso que se llamaban así.

Teníamos nuestros favoritos. Y cómo sobrevivían a terribles caídas. Cómo se sobreponían al ataque de los malvados. Normalmente nuestras justas no eran muy complejas. Se trataba de enfrentar a los buenos y a los malos y a pelear sin mucha discusión o preámbulos. Para esto, el ser buenos y malos correspondían a códigos de ética sencillos. Si se veía que tenía habilidades de un brazo como para golpear “correctamente” en forma de un gancho al hígado o un certero karatazo era bueno, si parecía más bulto que otra cosa, era malo. O de plano el que pareciese de entre todos el más cool y ya, ese era el bueno.

Las peleas eran eternas, no podían tener fin alguno. Si ganaba tu personaje era porque luchaba con esfuerzo y poder, con voluntad y sin rendirse jamás. Y era mejor cuando peleaba en inferioridad numérica. Sólo así se podría demostrar que era fuerte y poderoso, porque después de ir perdiendo de alguna milagrosa forma recuperaba forma y atacaba con todos tus poderes. Y hay de los malvados que se atravesasen en nuestros caminos.

Aún y que esas luchas eran eternas y podíamos entretenernos las tardes, y las mañanas en vacaciones y las tardes y las siguientes mañanas, no estábamos ciegos.

Mirábamos con codicia y avidez los juguetes que les compraban a nuestros vecinos más pudientes. Todo mundo conocía a alguien así. Juegos extranjeros como el de Fútbol Americano que se acomodaba en una mesa y que tenía un emparrillado que vibraba y que mucho del placer del mismo era admirar cómo se movían los jugadores de ambos equipos de las maneras más alocadas y aleatorias.

Por decir, desde que yo recuerdo los Hombres de Acción que fueron llamados posteriormente como su nombre original G.I.Joes y luego con incluso Agarre Kung Fu (y que no era sólo unos dedos no rígidos con los que podían manipularse las armas y que con el paso del tiempo terminaban, horror de los horrores, de romperse terminando con la admiración de ese juguete en específico) eran atractivísimos.

Si las niñas tenían su Barbie, nosotros teníamos al Hombre de Acción. Las palabras claves en esto, eran brutal, doloroso, terrible y temible. O algunas similares.

Pero antes del Agarre Kung Fu, de la barba y cabello que se sentía real, el Hombre de Acción podía conseguirse con sus trajes diferentes. Sin entender la conexión con los trajes de Barbie que se compraban por separado (que es donde estaba, y está, el negocio), al Hombre de Acción también se le podían comprar mil aditamentos. Desde un traje de hombre rana, fabuloso a como se veía en el paquete con todo y traje negro de goma y sus aletas (y su cuchillo), hasta uno de astronauta estilizado y todo de aluminio suave y dúctil. El del piloto de combate era bastante notable también, el casco era una obra maestra de ingeniería, pero dejaba serias dudas al respecto de si los que diseñaban esos juguetes en particular sabían su negocio. Es decir, ¿dónde ibas a jugar con un piloto de combate, si ni siquiera tenía avión? Le podrías poner su máscara de oxígeno cool, pero la fantasía no duraba mucho. No. No duraba. Y aquí en este ambiente, debe de durar.

En un alarde inaudito de ignorar algún estudio de mercado, en 1970, con lo del Mundial de Fútbol que se celebraba en México, los de Lili Ledy, os fabricantes en México de los que no sé casi nada, sacaron una edición magna de Hombres de Acción con uniformes conmemorativos de las selecciones compitiendo. Supongo que Brasil y México se llevaron los honores en cuanto a ventas se refiere. Ignoro cuantos quisieron comprar los uniformes conmemorativos de Israel, de Rumania, o de la misma superpotencia de por entonces, El Salvador y de su temible némesis, el equipo de Bulgaria. Y faltarían Perú, Italia, Inglaterra, Rusia, Alemania Occidental, Uruguay, Suecia, Checoeslovaquia y Marruecos.

Los Hombres de Acción eran multiarticulados y eran asexuales, no que uno buscara si tenía sus partes anatómicamente correctas o no, pero era algo que no podías evitar ver, situación que se resolvió con el paso de tiempo cuando le pusieron un traje de baño al Hombre de Acción para dejar de lado malos pensamientos.

Estaban también los soldaditos. Eran verdes, rígidos, pequeños y en varias posiciones. Después de un tiempo uno los quería más reales y el que se dedicaba a lanzallamas le tocaba eso, lanzar llamas. Después de algún experimento por ahí que incluía alcohol, unos cerillos y una jeringa, y de la creación de una cicatriz que todavía poseo en la parte superior de mi pulgar, opté por ya no jugar taaaan realisticamente.

Pero algo raro, en estos momentos también recuerdo que tenía un soldado rígido también como de 15 cm de alto, alemán, en posición de ataque, con su respectiva bayoneta cargada en su rifle. Que era parte de un como conjunto en la que recuerdo a un soldado japonés similar, de plástico también, con su sable desenvainado como para dar ordenes de avanzar. Eso sí, estaban muy bien detallados para lo que se podía esperar. Y es que, ¿qué podría importar a niños de 8 a 11 años el jugar con soldados mortales de juguete históricamente bien detallados? ¿Quién a esa edad los podría apreciar en ese contexto?

Por otra parte cabría agregar que en aquellos años, los mediados y finales de los sesentas la Segunda Guerra Mundial estaba todavía fresca en la mente de las personas, como lo atestiguan decenas de películas, libros, series de televisión que estaban de moda por entonces, y sí, juguetes. Para esto era curioso concluir que Vietnam en ese momento era incomprensible para todos, y lo sigue siendo de pronto, y creo que jamás salieron juguetes de esos lugares. Probablemente la razón era sencilla, la Segunda Guerra Mundial era cool y Vietnam, no lo era.

Ya había juguetes electrónicos por entonces. Pero eran más que nada los de control remoto, o más bien, seudo-control remoto y no lo digo por el cable sino porque de control no habría mucho. Patrullas que se le prendían las luces y monerías similares. Y en realidad no había mucho de sensación de juego o “playness” por decirle de alguna manera, que saliera de eso. Sí, se le veían las lucecitas y se movía por caminos caprichosos, producto de un conductor probablemente desquiciado ya que debajo del carro había una como ruedita independiente que hacía que el automóvil se moviera para todas partes. En alguna parte residía la diversión pero yo nunca acerté a encontrarla.

No hay un nombre mejor para camionetas o camionetitos que el de Tonka. Su nombre resuena con fuerza, como metal, como de devorador de caminos: Hummer, muérete de envidia, acaba de llegar un camión Tonka. Y no se diga más. Era poderoso como un Caterpillar. Amarillo con negro, los colores contrastantes de la precaución. Había también que tener precaución con alguien que tuviera un camión marca Tonka. Tosco, como los niños éramos, toscos, rudos, sin modales, como debíamos de ser los niños de siempre, sin civilización, rústicos. Camiones Tonka. Revolvedora y de volteo. Sólo nos faltaría la pala y la carretilla. Y músculos y sudor y esfuerzo.

En ocasiones uno se pone a pensar que el tema de los juguetes se abandona con el paso del tiempo cuando uno crece, como que sólo es tema como de negocios, o de lo que indica la moda, y más aún la tecnología. Antes de ya comenzar a comentar lo de un libro que estoy leyendo (y que dada la extensión de esto, será para después) hay que recordar el mejor homenaje a los juguetes desde el punto de vista adulto que me haya tocado conocer, y no, no es exactamente Toy Story (ya que esa era una película de juguetes finalmente para niños y no era una película sobre juguetes, enfocada en adultos).

Como remate de esta parte del tema de los juguetes, va lo siguiente:

Y no hay mejor manera de explicar cierta fascinación que tenemos ciertas personas con los juguetes que la siguiente (y que conste que no nos desvivimos por comprar ciertas cosas que caen dentro de lo que es nostalgia, que como se demuestra en los websites de subastas, sí hay muchos dispuestos a vender y muchos dispuestos también a comprar).

Resulta que en la serie de Seinfeld dieron un episodio un día llamado The Merv Griffin Show Episode, el número seis de la última temporada, de la novena precisamente.

Ya Senfield tenía por entonces serios problemas de creatividad. Muchos de los temas ya eran como que muy estirados, como que ya las mentes geniales de todo ya hubieran dejado a Jerry Senfield atrás, sobre todo Tom Cherones, uno de sus mejores directores y Larry David el co-creador de la serie.

Pero al final podían dar todavía algo interesante y estimulante.

Resulta que Jerry tenía una amiga, la novia en turno, que entre otras casas su papá había fallecido. En casa de la chica un día que invita a Jerry, éste hace un descubrimiento impresionante, en una sala de la casa había una pared llena de juguetes de los años sesenta, los años que precisamente Jerry pasó su infancia. Ahí había todos los juguetes que un niño pudo haber jugado por entonces, sobre todo, una colección del Hombre de Acción, el afamado G.I. Joe original, ni más ni menos.

Pero al ir querer tocar los juguetes queridos por su infancia, la novia no se los deja sacar de la casa: son recuerdos sagrados de su papá, intocables. Jerry empieza lo que con todas sus novias: se dedica a besarla pero mientras lo hace no puede apartar de su vista los juguetes inalcanzables de la pared. Cualquiera en su lugar hubiera hecho lo mismo.

Para esto él tiene a su buen amigo George, otro treintón casi cuarentón, soltero como él, temeroso de los compromisos, hasta cierto punto tramposo y demás (si parece que lo muestro en luz negativa, y se preguntan como me puede gustar la serie es que jamás la han visto) con el que trama muchísimas de sus locuras, para decirlo al menos, y así es como urden un plan.

Aparecen los tres, en la mesa, en la casa de la chica. Están comiendo pero algo muy pesado, tipo pavo con vino y con mucho gravy sobre el plato. Dada la comida tan pesada inevitablemente la chica se queda dormida al momento. La escena que sigue se ven los dos, Jerry y George jugando con los juguetes de antaño. Intactos estos, recién salidos de la caja, posiblemente oliendo a lo que olían entonces. No se ve mal, sólo son dos seres que viajan a través del tiempo para recuperar algo de esos tiempos idos. Al fondo la novia de Jerry, dormida totalmente.

Aquí es donde se hace una pausa. Se habla de dos personas de cierta edad, que ya no son niños definitivamente. Y llegan a realizar el equivalente de narcotizar a una chica para poder completar o cumplir sus aviesos fines. Que no son nada de robar o violar o de nada más, excepto… jugar con sus recuerdos.

Yo no sé los demás. Quizá mis lectores son personas que maduraron al cien. Que ven un juguete de sus hijos y sólo recuerdan cuanto les costó, en dónde lo compraron y si han visto a su hijo jugar con él. O eso, pero sólo vagamente.

Pero esto que hicieron George y Jerry está en un punto nebuloso y gris entre lo que no tiene nombre y lo que sería natural de hacer por un par de tipos que de cierta manera valoran por todo lo ancho su infancia. Será idiosincrasia o lo que pueda ser, pero yo haría algo similar. Quizá no me hubiera atrevido a poner a mi novia en una narcolepsia inducida profunda, pero… algo hubiera hecho…

Entonces, George se lo comenta a Elaine, la inseparable amiga. La cual con suma razón los critica, como mujer y como ser sensible: ¿cómo en el nombre del Señor pudieron hacer algo tan ruin? Mira que dormir a una mujer para satisfacer sus inmaduros gustos extraídos de una infancia incompleta y lastimera. Hombres. Seres terribles.

“Elaine, la colección incluye un Horno Mágico (que en México lo hacía Lily-Ledy)”. “¡Queeeé!” La escena siguiente es ahora de cuatro. En la casa de la chica, ella ya está dormida y los otros tres jugando frente a la mesita de la sala, Jerry con un Erector, George con el G.I. Joe vestido de hombre rana y ¡Elaine jugando a las comiditas con el Horno Mágico!

Se oye una campanita. Dice ella, “¿Quieren?”, ofreciendo un panecito calientito y humeante recién salido del horno. “Elaine”, dice Jerry, “te recuerdo que esa masa en polvo tenía 35 años en su bolsita”. “¿Qué importa?”, responde Elaine, “huele riquísimo…”.

Por supuesto que al final del capítulo la chica se entera de todo y se arma la rebambaramba y todo aquello arde como Troya.

Eso es lo que hace pensar los juguetes de hace tantos años en la mente de los que no hemos crecido todavía…. Y que nunca creceremos. Tal vez… Y sólo tal vez.

Así que, a comprar juguetes para que el que se muera con más… gane…

Es sencillo. De verdad es… muy… sencillo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Excelente articulo, me encanto el tema del llavero de tu amigo, tal vez no aplica si lo juego con mi esposa ya que si muero yo primero pues gano, pero ella saldria ganando ya que dice que en cuanto me descuide venedera todos mis juguetes. soy un coleccionista treinton que en este momento estoy viendo a un niño jugar con una pala mecanica gigante tipo tonka, es un juego rudo ya que la lanza contra las piedras una y otra vez, supongo que el no ganara.