lunes, diciembre 10, 2007

Cigarros, Cine y Vida Real

Este artículo lo escribí para un periódico local, un suplemento cultural...


Woody Allen en Manhattan toma un cigarro y se lo pone en la boca. Mariel Hemingway le dice, “Tú no fumas”. Woody responde, “¿Y qué? Me veo muy bien con él”.

En mi casa mi papá fumaba Raleigh (lo cual al ir a comprarlos era un tormento al no poder yo pronunciar en ese entonces la letra “erre”).

Tenemos que recordar que antes el cigarro no sólo era normal en nuestras vidas, sino que era símbolo de madurez. El que fumaba lo hacía con una imponencia e impresión de virilidad, de yo-podría-conseguirlo-todo-si-me-lo-propusiera-pero-ahorita-no-tengo-ganas.

La imagen del hombre de Marlboro subyugó a millones en todo el mundo. La idea de estar en medio de la nieve en medio buscando ganado, sólo tú, tu caballo fiel, tu empeño, tu fuerza de voluntad y tu cigarro era magnífica. Los que crearon la cuenta de publicidad con ese enfoque de los últimos vaqueros de la humanidad son-fueron-serán unos genios de la transmisión de ideas.

Ese hombre de Marlboro pertenece al cine sin haber salido nunca en ninguna película. No sabemos de donde viene, no sabemos nada de su familia, ni de sus deseos, menos de sus ideales, ni de sus conflictos. ¿Le cansará andar a caballo todo el día?

Mi papá estudio ingeniero agrónomo y nunca acabó. Mi abuelo tenía un rancho ganadero, allá cerca de la frontera tamaulipeca. En muchas ocasiones vi, en tiempo de mis vacaciones escolares, como él llegaba de andar a caballo todo el día en medio de sol, matorrales, nopales, huizaches, buscando ganado para vacunarlo o herrarlo. No sé si se pareciera al hombre Marlboro, pero ahí estaba su caballo fiel, “el Cuatralbo”, su empeño, su fuerza de voluntad. Y su cigarro. Dos cajetillas diarias de Raleigh

Tal vez por todo el anterior nunca me forjé una imagen negativa del cigarro. Nunca he sido de los que se rompen las vestiduras porque alguien cerca está fumando en un lugar que esté prohibido. Y también de cierto modo me molestan los esfuerzos de los puristas de ir convirtiendo en parias sociales a los que lo hacen.

Por eso la cuestión de que en cine estos puristas han pedido a los productores que las personas que lo hagan sean los antagonistas. Que es necesario dejar la imagen al respecto de que a los que fuman les va mal, que tendrán su castigo. Dicen los que promueven esto que las imágenes que ven los chicos en cine se les quedan marcadas de por vida. Entonces que si ves al protagonista triunfando, y fumando, sólo estás uniendo dos símbolos en la mente de los jóvenes inocentes que no pueden distinguir la verdad que se sublima de la pantalla de plata. Que no distinguen la fantasía de la realidad.

¿Será por eso que mi sable láser como el de Star Wars jamás funcionó correctamente? Tal vez.

Perdonen por decirlo. La imagen de una mujer fumando en el cine es poderosísima. Y el cine enseña mucho tipo de conductas, de todas.

Una mujer mirándome a través de humo en espiral, caótico como son caóticas las olas húmedas rompiendo en su playa. En su mano fina, su cigarro. Un café vaporoso a su lado. Perfume cautivador, suave, conteniendo delicias, umbral preciso de percepción. No nombres, shh, tiempo disponible, momento eterno. Luz tímida por detrás iluminando su largo cabello. Ceja delineada. Labios carnosos. Mirada deseando saber de qué estoy hecho. Cierra sus labios y envía su humo, delicada, hacia el cielo. La cámara la abandona, con algo de pudor mezcla de melancolía, y se dirige lenta hacia la ventana. La lluvia afuera. En blanco y negro. Fade out.

Sí, la vida a veces puede ser un cliché. Pero, ¡qué cliché, Dios mío!

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