lunes, abril 14, 2008

Cultura Pop: Televisión más lista que quien la ve, ¿será posible? (EL caso de Lost)


¿Cuántas veces puedes ver un mismo episodio de Lost sin perderte en el fanatismo?

Me pasó en el episodio llamado La Constante que dieron en días pasados.

Se trata de que parte de los náufragos suben a un helicóptero para abandonar la isla rumbo a un barco que está a unas cuantas millas cerca con la idea de ver que está sucediendo y de cierta forma organizar el rescate de los demás que están desde hace 100 días (en tiempo-serie, un término que si nos ponemos a pensar, pocos usan, si es que algunos) en ese lugar. Un rescate que creían cada vez más difícil de lograr y que de repente a través de una serie de situaciones se puede dar de un momento a otro. Ha habido muchas muertes, muchos misterios, muchos cabos sueltos.

Habría que conceder al final de reflexionar en todo esto en que SÍ hay programas más complicados de lo que nosotros podemos asimilar. Digo, Lost sigue siendo un programa de televisión. Y es bien sabido que uno en teoría debería de asimilar todo lo que pasen en televisión normal. Y Lost en ninguna parte es promovido como televisión para intelectuales. (O para fanáticos, que no es lo mismo.) (Y no me engaño a mí mismo, ni me sobreestimo o subestimo. Equis.)

Obvio, no es su función. Televisión es televisión. Está hecha para divertir, entretener, mostrar, informar y en menores grados, hacer reflexionar o educar. Así ha sido hecha siempre. Los canales educativos y culturales tienen como características primordiales esas dos últimas propuestas. Ahí dan ópera y programas de arte. Porque sí los han visto, ¿verdad?

Lost es para ser transmitido en televisión abierta. Por eso sorprende ver algo de calidad extra de pronto en esas latitudes del espectro electromagnético.

Digo, Lost siempre ha tenido cierto filo de subversión intelectual. Sí, subversión. Porque no es lo mismo Lost que la Isla de Gilligan. Y claro que se parecen. Hay náufragos en ambas, atrapados indefinidamente en una isla misteriosa. Y hasta ahí es toda la similitud.

La Isla de Gilligan es el estandarte de la época en que la televisión era considerada una real caja idiota, los años sesenta. Si acaso nosotros glorificamos esa década es porque la vivimos y tiene muchas cosas entrañables por lo atractivas en cuanto a propuestas (en su contexto, claro, cronológico, de avanzada) alrededor de tipos sociales, artísticos, culturales, políticas, personales y familiares pero no precisamente por la calidad de su televisión.

El capítulo de Lost de La Constante es ultragenial. Un viaje en el tiempo que no es viaje en el tiempo, dos realidades temporales transpuestas, una en la Isla en el año de 2004 (tiempo-serie, cuando transcurre la historia) y la otra en el año de 1996 donde mucho del hilo conductor va mostrando sus colores para entender un segmento del complejísimo entramado de lo que está sucediendo.

Las tres primeras temporadas de Lost fueron hechas en base a flashazos hacia el pasado. El final de la tercera nos mostró un verdadero atrevimiento, un riesgo incluso. De hecho hasta nos resolvió parte del final de la serie misma, el de que si es que alguien había logrado salir por fin de la isla, un flash-forward al futuro, algo no escuchado antes. Ese final de temporada nos dejó boquiabiertos y pensando y elucubrando acerca de lo que estábamos viendo, haciéndonos cambiar teorías y demás.

La serie de momento roza en la autoconsciencia, en la sensación de que sabe que es una serie de televisión. Y es cuando empieza una esgrima de ideas entre televidentes y escritores de manera magistral. Eso está en el modo en el que aquellos nos sueltan pistas que unen relaciones que no habíamos percibido antes, que dan luz en el carácter de tal o cual personaje. Es como darnos huesos para mantenernos entretenidos e ir nosotros construyendo la historia, lo que pasó, y sobre todo el porqué pasó.

Faltan como 45 capítulos más para terminar la serie. Definitivamente uno no espera que las cosas sigan saliendo así de excelentes como en el último capítulo (ingenuos somos, pero no tanto), pero si lo siguen haciendo de vez en cuando, se los agradeceremos. Completamente.

Aun así, con todos los avances en cuanto a historia y arte de narración e interacción con los televidentes, en la posible autoconciencia equivalente a invadir a la cuarta pared (o sea, nosotros) creo que no veré nunca a Hurley cantar el tema de “Siéntense a escuchar, el relato de un viaje fatal…”.

Porque de lo que se trata es que, sí hay cosas que son sagradas. (Tal vez.)

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