sábado, septiembre 05, 2009

REFLEXIONES DE LA GUERRA Y LA PAZ DEL BUENO DE TOLSTOI


Leí La Guerra y la Paz ya hace 27 años durante un viaje en autobús que hice con un amigo a casa de unos parientes a Los Mochis, Sinaloa, desde Monterrey.

Y sí, lo confieso: con el tiempo no recordaba casi nada de la novela.

Pero eso sí, ya había leído La Guerra y la Paz, mucha gente dice que se tarda uno más en leerla que León Tolstoi en escribirla, alrededor de cinco años.

El caso es que leí de nuevo LGYLP este año pasado, pero de una edición que compré hace también mucho mucho tiempo, y que nunca toqué hasta hace un año y medio, sin saber en realidad porqué me tardé tanto.

Como que el principio sentía que me intimidaba el asunto de tener que leer incontables notas de pie de página por aquello de que se habla y se habla mucho en francés durante la novela, y no sólo párrafos sino hasta páginas enteras y de ese modo te tocaba leer las respectivas notas de las traducciones al español, y de ahí lo que me llamaba un poco la atención: A ver, eran rusos, y se sentían amenazados por los franceses, pero procuraban hablar francés, por aquello de la delicadeza e intelectualidad del asunto entonces ¿qué onda?

Eso es lo que no entendía al principio, los rusos le temían a los franceses ¡pero al mismo tiempo los adoraban tanto que se la pasan mucho tiempo hablando el idioma del enemigo! Eso es lo sorprendente. Hasta que se va entendiendo el asunto, claro. Poco a poco las cosas van cambiando, conforme los franceses avanzaban más y más dentro de la Madre Rusia. Dice el conde Rostopchin casi a la mitad del libro:

“¿Podemos ir contra nuestros maestros y dioses? Mire a nuestros jóvenes, a nuestras señoritas. Nuestros dioses son los franceses; el paraíso de los rusos es Paris.”

Comentario que de cierto modo tiene resonancia actual.

Bueno, ese era un punto, lo que es claro es que LGYLP era, y es, una novela intimidante, muchísimos personajes. Mario Anteo un buen facebook-amigo, me dijo que él había contado en una ocasión más de trescientos. Y es cierto, hay montones y montones de ellos. La inmensa mayoría con una personalidad definida, un tic, una característica, un gesto especial. Nadie es de relleno en sí, todos cumplen una función. Desde el siervo que atiende una de tantas casas, hasta el príncipe y la princesa nosequé que aparecieron sólo una vez en una reunión particular o el oficial de enlace que en cierta escaramuza lleva las órdenes de algún general también ya olvidado para coordinar sus fuerzas enfrente del enemigo, pero que se siente lleno de miedo y se siente paralizado incapaz de llevar esas órdenes quizá cambiando la vida de muchos soldados que las necesitaban de manera urgente.

Por otra parte es de notar que la mitad de las princesas se llaman Ana y que las personas que se apellidan Kuraguin y Kuraguino no son parientes, cosas así. ¿Qué las cosas no son así? Léela, si lo dudas. Te reto.

La novela, obvio, sí es difícil, pero es como todo, una vez que le agarras la onda, dices, hey, aquí hay algo muy interesante, no se vayan todavía, habrá guerras, habrá intrigas, habrá escenas emocionales que parecen antecedentes directas de las telenovelas actuales, y dos o tres, o cinco o seis, coincidencias grandísimas que le dan sentido especial a la historia.

Pero, ¡qué impresionante novela es La Guerra y la Paz! (Obvio). La disfruté muchísimo. Llegó un momento en que deseé que no se acabara. Que se me hacía una lástima no saber más de las familias. Fue como si de pronto de cierta manera ya te sintieras parte de ese ambiente, de esas vidas. Estar en sus medios familiares, en sus campos, en sus ciudades, en sus batallas, Tolstoi te integra poco a poco, te hace sentir la textura, el olor, el aroma, la atmósfera misma.

Hay una escena de un baile, el de la noche de fin de año de 1809, en el que Natasha Rostov, de dieciseis años, está contentísima, deseando bailar con toda la alegría y esperanza y luminosidad que esos años podrían guardar en su joven cuerpo y alma. Pero esta manera de explicar o rememorar una escena se queda corta, veamos a Tolstoi, que pone:

“Me gustaría descansar y quedarme con usted, estoy cansada; pero ya lo ve; me eligen y esto me hace feliz y dichosa. Amo a todos y usted y yo comprendemos todo esto.”

Eso y muchas otras cosas decía su sonrisa. Cuando el caballero la dejó, Natasha cruzó la sala en busca de dos damas para la figura.

“Si se acerca primero a su prima y después a la otra, será mi mujer”, se dijo inesperadamente el príncipe Andrei sin dejar de mirarla. Natasha se acercó a su prima.

“Qué tonterías se me ocurren a veces –pensó el príncipe Andrei–. Pero lo cierto es que esta joven es graciosa, original. Antes de un mes se habrá casado. No se encuentran todos los días muchachas como ella en este ambiente”, pensó cuando Natasha, arreglándose la rosa del corpiño, vino a sentarse a su lado.

Al terminar el cotillón, el conde, con su frac azul, se acercó a los bailarines. Rogó al príncipe Andrei les hiciera una visita y preguntó a su hija si estaba contenta. Natasha no contestó nada; se limitó a sonreír con una sonrisa que parecía un reproche: “¿Cómo puedes preguntarme eso?

–¡Soy feliz como nunca lo he sido! –dijo después.

Y el príncipe Andrei observó que los delicados brazos de la joven se levantaban rápidamente para abrazar a su padre y se bajaban en seguida. Natasha era tan feliz como nunca lo había sido. Se encontraba en ese estado de dicha suprema en que las personas se hacen buenas del todo y no creen en la posibilidad del mal, de la desventura o del dolor.

Eso no es escribir, eso es pintar de manera impresionista un cuadro hermoso, ágil, activo, bello, exacto y preciso,Tolstoi se tardó años en escribir esto y parece fácil, como lo que hacen los grandes maestros cuando hacen obras maestras, pero no lo es.

Sus atmósferas, sus espacios, sus lienzos que escribe y describe, algo como lo que hace Gustave Flaubert en Madame Bovary, la precisión y sensibilidad con la que retrata la campiña rusa, el salón de baile, la casa de campo, el palacio, el patio, el deseado y angosto puente de madera a ser tomado por el enemigo, la batería de cañones que es la que sostiene la posición contra todo pronóstico, el salón donde se juegan cartas y se cambian fortunas, el cuarto donde sucede la seducción, la casa vacía y saqueada a punto de ser quemada, el campamento excavado en la tierra a la espera de la siguiente batalla, el pabellón de moribundos aguardando el final, la escena de la muerte a caballo, la bala fatídica, la escena de la fiesta, el misticismo del diario escrito, la escena de la retirada fatal, el respiro de Tolstoi para darnos clases de geopolítica europea, la fastuosidad del desfile, las

entrevistas de los emperadores, la fuerza cósmica del mismo Napoleón, las líneas de combate siempre en movimiento, el ornato del uniforme, la carreta llena de heridos, el fango que todo lo detiene, el frío inclemente que juega su carta, los labriegos que no saben ser libres, los nobles que saben que viven en el mejor de los mundos posibles, los miles de heridos, las miles de vidas, los miles de muertos…

Todos puntos de luz en la pintura del mural que Tolstoi maneja, controla, siente, despliega, convoca, provoca, invoca.

Sí, hay momentos en que Tolstoi moraliza, analiza, profundiza de manera implacable, no por nada un escritor es el Dios de su novela, el sumo creador de todo su conjuro: el haber creado a esos personajes, el haberlos hechos vivos, tan cercanos a nosotros, entrañables, vivos, que nos hizo participes de las vidas y muertes de algunos de ellos, algunas muy sentidas, otras inexplicables, cayendo en el mismo misterio, tal y como sucede en nuestra misma realidad. Como Tolstoi nos va mostrando las fragilidades y contradicciones, debilidades y fortalezas del carácter humano, las veleidades de nosotros mismos, así, aún en nuestro siglo 21, llenos de cinismo, ironía, desconfianza, desesperación y resignación, nos seguimos viendo retratados de manera absoluta, en ese mismo espejo, no por nada La Guerra y la Paz es un clásico absoluto en sí mismo y por lo mismo lo único seguro es que se seguirá leyendo en los siglos por venir.

Es en las ocasiones que Pierre Bezujov se hace las eternas preguntas de para qué estamos aquí, y de cuál es el propósito de nuestras vidas, dada su posición de millonario, terrateniente y playboy, que penosamente empieza a comprender las respuestas a través de brutales sinsabores, nos hace reflexionar si es necesario un shock, o shocks, así de potentes para llegar a aterrizar nuestras propias vidas frente al marco de referencia del espejo de la existencia nuestra y de la de nuestros semejantes.

Por otra parte Nikolai Rostov, el impetuoso, pero a final de cuentas obediente, nos da esa imagen de aventura que desea al lado de la gloria que se obtiene de pelear por el ideal en que se cree y que se simboliza en la misma imagen del emperador, símbolo vivo, magnífico, también de la Madre Rusia. Lleno de determinación, Nikolai va de campo en campo, con el objetivo de dar su propia vida por su país invadido y en medio de toda la confusión, también en la búsqueda del romance inesperado, encuentra el amor de la manera más insospechada.

Natasha Rostov, ejemplo vivo de aquellas jóvenes que quisimos conocer en la flor de la edad, Tolstoi nos la muestra como llena de esas contradicciones que sólo la edad compone o sofistica, niña-mujer hecha dulzura, dicha, alegría, ella busca un ideal y al parecer lo encuentra, sólo para echarlo a perder de manera inesperada, con lo cual proporciona a la novela el soporte emocional al cual siempre Tolstoi vuelve, aún y que el ejército ruso está en manos del destino al llegar el invasor francés desafiando a las mismas puertas de Moscú.

Esa es la habilidad de Tolstoi, la manera en la que en una página muestra al gran Napoleón hablando y dirigiendo a sus mariscales de campo, llenándolos de su gracia y su estrategia y como en las otras dos siguientes a través de una transición sin macula, la historia se vuelve a centrar en Natasha, o en Pierre, o en el príncipe Andrés Bolkonski.

Tolstoi es cauto al presentar a Napoléon, le concede que fue un genio, hasta que atravesó la frontera polaca y se adentró en Rusia, en el malhadado año de 1812, y de ahí en adelante muestra a Napoleón como sólo una sombra de alguien grande que de hecho, se creyó ser el gran Napoleón.

Y si tan sólo Adolfo Hitler hubiera leído con atención La Guerra y la Paz, quizá, sólo quizá, ahora todos estaríamos queriendo hablar alemán, en vez de inglés.

Algo hubiera aprendido en el intento.

Y finalmente, la reflexión sobre algo increíble, LGYLP es una novela en la que la familia triunfa, por sobre todas las cosas, la fe triunfa, la madre Rusia triunfa, la confianza en que los rusos defenderían a toda costa su país, también. Pero la familia, el mismo núcleo del que nace todo, es la que otorga la fuerza y el poder al individuo. La pobre madre. La prima hermosa y consciente. El padre que todo lo da por el hijo. Los hijos y las hijas que sueñan con algo más importante de lo que pueden imaginar.

La que derrotó a Napoleón, por sobre todas las cosas, llámese estrategia, mariscales, la Grande Armée, instinto, profesionalización y demás, fue la familia en sí.

Ni más, ni menos.

Sí, creo que LGYLP es un libro que no sólo se lee, sino también, se relee con gusto, como cuando sientes que pasan tres años o más de haber leído uno memorable y dices, ¿qué me dirá de nuevo ahora este? Y es increíble lo que se obtiene de ello. Nuevas perspectivas, nueva comprensión, nueva reflexión. Eso es lo que yo obtuve de releer esta novela 27 años después.

Me tardé mucho en hacerlo.

Pude haberme evitado invadir Rusia de nuevo.

Okey, no fue así, pero, ustedes me entienden, ¿verdad?

(Fotografías de la película La Guerra y la Paz, de Sergei Bondarchuk, de 1968)

1 comentario:

DesGraciela dijo...

Tomaréen cuenta tu recomendación Luis, muchas gracias por hacerla, después me daré tiempo de ver la película.
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Graciela