sábado, enero 09, 2010

Danza con Na’vis en Dunas sin Gusanos con Pocahontas frente a la Militaria Malvada, Industrial y Desalmada oyendo a Yes Mientras Miras sus Portadas

Fue Pauline Kael, desaparecida y extrañada crítica de cine del New Yorker, quien describió lo que es el cine, lo que realmente es el cine, en cuatro palabras: Kiss Kiss Bang Bang. Tratando de no desmerecer esto tan sencillo creo que eso se puede definir como “emociones más acción donde no prevalecen ninguno de los dos”. Y eso es más que suficiente. O como dicen que dijo Disney, o alguien de dentro de Disney: “hazlos reír y luego hazlos llorar”. Hitchcock siempre tenía calculado en su mente en qué momento y de qué manera reaccionaría su audiencia.

Así los tendrás para siempre.

Y así lo han hecho (o tratado de hacer) miles de películas cuya intención es simplemente entretener. Porque, ultimadamente ¿a qué va uno al cine? ¿A pensar? ¿A divertirse? ¿A llorar, a proyectarse?

¿A qué vas al cine? ¿Cuál es tu principal idea de ir a ver una película? ¿Ser parte de un evento?

Porque eso son muchas películas de hoy en día, dejaron de ser películas, sólo películas, ahora son más eventos en sí. Eventos porque todo mundo alrededor de la producción está pendiente de cuánto costó, de cuáles son sus expectativas y si su director tendrá más éxito al compararse con su anterior producción, hay mucho de mística en estos temas. Y ahí están las cajitas felices de marca de hamburguesas harto conocida con sus personajes azules que los miras y que tratas de adivinar qué función es tal o cual figurita.

Desde muchos puntos de vista la película en sí es lo de menos (aunque suene raro). Lo que se busca es que dé más de lo que costó. Y vaya que Avatar costó. A manera general fueron 230 millones de dólares. 3,000 millones de pesos. En dos horas cuarenta y seis minutos, o 166 minutos para expresarlo de manera sencilla, 18 millones de pesos por minuto. 300,000 pesos o 23,092 dólares, por segundo. Es lo que viste de dinero por cada segundo dispuesto, expuesto y todo ante tus ojos y vista. Si parpadeas, que es dejar de ver una décima de segundo, lo que dura un parpadeo, o sea, te pierdes de ver 30,000 pesos de película. Uno o dos buenos sueldos mensuales de cualquier profesionista idos en cada parpadeo.

Bueno, esto es algo ocioso pero da una idea de cómo fluye un dinero impresionante en un solo resultado. Una película completa. Un evento completo del que muchos quieren formar parte o enterarse o atestiguar. Verlo te hace parte de serlo.

Y se pueden hablar páginas y páginas acerca de James Cameron y su habilidad como director de cine. No, no es un artista como Scorsese o Allen o Kurosawa, y sí, es un artesano como Spielberg o Lucas. Ya de esas alturas. Y no creo que Cameron busque el arte en sí, pero sí busca dar la experiencia de ponernos adentro de un cuerpo y explorar casi en lo literal, un mundo ajeno y similar al nuestro.

Cameron que comenzó prácticamente con los Terminators, con Aliens, y luego con The Abyss para luego casi concluir con Titanic, ha ido creciendo con una especie de aproximación de teoría del cine básicamente como entretenimiento. Y aunque no es exactamente su fuerte, ha podido deslizar una crítica por ahí y por allá a favor de la naturaleza y en contra de la maquinización y el progreso que destrozan todo a su paso por el dinero, maldito dinero.

La paradoja y tal vez la ironía no está muy lejana con eso de los costos en sí de la producción de Avatar, sólo quien tenga el dinero en cantidades suficientes podrá realizar una película de ese tamaño, ambición y alcance.

No estoy seguro si al hablar de una película debamos sólo circunscribirnos al fenómeno fílmico, a la experiencia de los sueños contenidos, a la sensación y percepción obtenidas gracias a la asimilación de la narrativa o si es posible hablar también de los temas que lo rodean. Pero no pueden separarse.

Y bueno, hablemos de la historia. No sé si todos la han visto, o si la han despreciado como una producción típica o atípica de Hollywood (sea lo que quiera decir “Hollywood”). Pero el punto es que gastarse 30,000 pesos en un literal parpadeo, (y suena poquito, viéndolo así, ¿eh?) pero no deja de aprisionar la imaginación, ya que todo el derroche y exuberancia se ve, se palpa.

Como dijo un día Cecil B. de Mille, el gran director de cine de la primera mitad del Siglo XX, (puede que muchos ya no sepan quién sea, murió hace 51 años) sólo hay tres cosas que interesan en una película (o que deberían de interesar), a saber: la historia, la historia y la historia.

Todo en una película, o en un cuento, o en una novela, deberá apuntar a mejorar la experiencia de la historia. Todo debe estar al servicio de lo que quieres contar. Si haces cosas extras como malabares, como grafismos estilísticos, como fuegos artificiales, o como sean traducidos verbal o gráfica o en movimiento, deberán agregar valor a la historia, para embellecerla, para contrastarla, para resaltarla, intensificarla, darle ritmo, por ausencia o presencia y no sé que mas. En otras palabras para reforzar lo que quieres contar.

La historia de Avatar es sencilla, un planeta indomable, con un algo valioso para los Poderes Que Son (el unobtanium de nombre ridículo), planeta que sólo está a la espera de ser domado por personas duras, inteligentes y audaces con agallas.

Pero de contraste, por supuesto, tenemos a una raza de seres que ya pueblan ese planeta y como que son del tipo que no desean ser molestados por nadie, y que además tienen un código de conducta de vida más sencillo y tranquilo de contacto e integración con la naturaleza, que lo abarca literalmente, todo.

El conflicto resultará cuando la fuerza irresistible terrestre se oponga a esa masa inamovible del planeta Pandora. Para ver que tan irresistible es una o inamovible es la otra y ver lo que sucede cuando se aproximan y enfrentan, favor de acudir al cine.

Entonces ya quedamos que 30,000 pesos es lo que cuesta un parpadeo proverbial, unos 2,309 dólares por décima de segundo, ¿ok?

El problema es, cuanto de esos dólares le pagaron a los escritores por la historia (si fue Cameron, bueno). Pero cuanto le pagaron a los que escribieron Dances with Wolves, Dune (incluido Frank Herbert), a incontables otros escritores de películas de indios y vaqueros, sobre todo Pocahontas, y pizcas de The Last of the Mohicans, e incluso, cuanto le pagaron a Roger Dean, el creador de las portadas de los discos clásicos de Yes, Asia, Osibisa y Uriah Heep, por sacar de sus visiones las imágenes conceptuales, tal cuales, igualitas casi, en varias de las locaciones imaginadas del lejano planeta Pandora.

Y a él mismo, James Cameron, se debió de haber pagado como consultor por reciclarse imágenes de Aliens (desde los aparatos sensores de proximidad que usaban los marines coloniales en los pasillos de la planta de tratamientos donde está la niñita, hasta la presencia del representante desalmado, protagonizado por Paul Reiser, de la compañía desalmada, la Weyland Yutani, Corp, que afirma que el negocio es el negocio pese a quien le pese); de The Abyss (las escenas de creaturas abisales resplandecientes similares a muchas de las criaturas luminiscentes de sus bosques avatarianos e incluso de la gigantesca base alienígena que emerge al final del océano que desde entonces se nos hacía salida de una portada de disco de Roger Dean); sin faltar el utilizar imágenes y visiones evocadoras de los Terminators (con las maquinarias implacables e impresionantes gigantescas destrozando esqueletos y cráneos a su paso). Todo eso cortesía de él, para él.

Sabiendo que en todas ellas hubo otros creadores involucrados, ¿se les habrá reconocido algo?

No, no es por restarle magnificencia y excelencia al esfuerzo de Cameron y compañía en Avatar, pero empaña un poco el resultado final de la experiencia.

¿Qué hicieron los escritores?

Veamos:

Los malos contra los buenos. Los inteligentes que son los salvajes que no lo son tanto. Los brutos nada sutiles son los “inteligentes” y son los que traen un progreso desmedido que no toma en cuenta el natural equilibrio existente. Llámese estamos de nuevo en Vietnam (los ataques con los helicópteros a la pequeña aldea de Apocalypse Now con nombres de Valkirias en sus claves de radio, sólo faltó la música de Wagner por los altavoces mientras caían las bombas), o en Afganistán o Iraq. Llámese el blanco que se integra con los salvajes de The Last of the Mohicans o del mismo Dances with Wolves (faltó el tatanka). O la doma del gran dragón multicolor Toruk o como se llame por Jake Sully, recordándonos al Muad'Dib de Dune cabalgando a los gusanos gigantes por las arenas de planeta Dunas. La integración con el ser viviente Eywa, en su planeta y el planeta viviente con sus billones de seres que lo pueblan, Gaia, o sea, la Madre Naturaleza.

De la experiencia en sí, de la paleta de colores elegida para las imágenes, de la destreza impresionante de los animadores (¡y de su software!, ¡y de sus máquinas!), de la integración indivisible de seres vivientes con seres gráficos, de la profundidad del drama en cuanto a historia simplista o no, visceral o no, sencilla o no, telegrafiada o no, copiada o no, llena, plena o no, perfecta o no, cada persona que vaya , de su opinión y que la disfrute.

De lo que sí estoy seguro es que ha sido uno de los Kiss Kiss Bang Bang más caros de la historia.

¡Ah! Y no parpadees por favor. Si sumas todo lo que parpadeaste o sea, lo que no viste en la película, podrías no haber visto millones de dólares.

Por lo demás, si prefieres, olvídate de todo esto anterior y disfruta la experiencia.

O si quieres mejor ve Pocahontas (sí, la de Disney está bien) para después escuchar música de Yes disfrutando sus portadas.


Obvio, sólo dos imágenes de estas no es de Roger Dean, es claro cuales son... Pero, ¿queda claro mi punto?

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