martes, marzo 01, 2011

La Casa (Perdida) del Fin del Mundo



Desde hace muchos años tengo una especie de romance con el cine de Luis Buñuel. Sí, se puede escuchar raro. Ya saben, como en el sentido de admiración total por su persona, por su vida, ideas, filosofía religiosa, expresiones y demás.

Pero es que es de esos cines de director tan devastadoramente claro y distintivo que sí tú ves una película particular mexicana sin saber de antemano nada de ella, de pronto dices “esta película no es como todas, se ve, se siente rara”.

Definimos “películas mexicanas” como aquellas denominadas de manera simplista de las costumbristas realizadas desde los años 40 hasta mediados de los 60’s que veíamos, o vemos todavía cuando hay oportunidad.

Estas películas se miraban por toneladas en los años que las daban en televisión abierta con sus horarios fijos en las tardes, antes de que esas estaciones de fueran vendidas o arrendadas o como se llamen, a los grandes consorcios o a las cadenas de cable y que estas las tomaran y encadenaran a sus propios planes corporativos. De ese modo los antiguos canales regionales dejaron de transmitirlas a su vez, haciéndonos extrañar ese esmero, amor, y hasta dedicación, con el que las transmitían.

Por ejemplo una buena tarde hace muchos años en casa de mi abuela, y eso sí que es hace muchos años, veo la tarde pasar y al mismo tiempo una película en la que sale Jorge Negrete en donde la pesco en una escena multitudinaria en un teatro y arriba de su escenario está una bailarina que empieza su acto y que de pronto, baja por la escalera a recorrer camino por entre la concurrencia y lo más impresionante: ¡la cámara no corta! ¡La cámara la sigue alrededor de la escena y no la suelta!

Te das cuenta que ella va hasta el fondo del teatro salón en medio de la gente, y sigue bailando con la música tropical o algo así y sigue y sigue y sigue por el contorno del mismo, por la parte del fondo y luego ya, de pronto, llega a subirse al escenario de nuevo por el otro lado.
Para esto la cámara como ya dije, nunca cortó, la siguió en una sola toma en toda su vuelta completa, y estamos hablando de una película mexicana “costumbrista” de 1947 llamada Gran Casino. Dirigida por Luis Buñuel. (Con el tiempo supe por el libro de “Prohibido Asomarse al interior”, o como le cambiaron el nombre, “Buñuel visto por Buñuel”, de Tomás Pérez Turrent y José de la Colina, que lo hizo así sin corte, sólo para estar en forma porque tenía casi los 10 años sin filmar).


Así nada más, Gran Casino. Con Jorge Negrete y con Libertad Lamarque, con una historia que habla de temas de petróleo, un hermano perdido, Tampico, si mal no recuerdo, un trío de guitarristas que se aparecía de la nada cuando Negrete se disponía a cantar, ¡y que siempre se saludaban cuando se veían! Y sobre todo un beso enorme, recordado, romántico, que nunca se ve porque la cámara se encuentra más confortable mirando hacia lo que el galán se dedica, mientras besa a la bella mujer, a remover un palo en el lodo oscuro durante todo el rato del beso… sí, eso fue todo lo que vimos ¡la verdad, genial!

No puedo dejar de mencionar las demás películas mexicanas de Buñuel. También todas impresionantes, poquito o mucho o muchisisísimo: Los Olvidados, La Ilusión Viaja en Tranvía, Subida al Cielo, Él, El Bruto, Susana, Carne o Demonio, Ensayo de un Crimen, Nazarín, Viridiana y El Angel Exterminador, entre otras.

Precisamente de El Angel Exterminador quería hablar.


Pero no tanto de la historia o del desarrollo de la misma o de las actuaciones.
Ni hablaré de lo extraño para la gente que resultaría ver una historia en El Angel Exterminador que nunca parece concretarse. Pensaría en las personas que verían en el cine la película en su tiempo y que de seguro se asombrarían que la historia de esa cena tan elegante degenerase en algo tan poco común, en que todos los comensales no llegaran a salir de la casa, como sintiendo algo, o más aún, como presintiendo algo raro y aceptando entre todos el hecho, que nadie podría salir de ahí de esa área, en esa casa.

Y viendo la puerta de la casa, en este caso la salida, al alcance aparentemente de todos, pero ninguno de los invitados pudo tener la voluntad de traspasarla, surge la pregunta: ¿por qué solo los criados lo pudieron hacer?

¿Castigo? ¿Maldición? ¿Brujería? ¿Satanás? ¿Dios? ¿El Angel Exterminador que vendrá durante la noche a matar a los hijos primogénitos y que para evitar tan cruel destino la puerta de la casa debería ser marcada con sangre de cordero?

Creemos que la locura los posee por los actos absurdos que vemos aunque el transcurrir es casi en paz (¿mencioné un doble suicidio?),  excepto por esa extraña dimensión: el no poder traspasar los límites de esa casa tan única en la que es seguro que algo sucede pero que nadie sabe explicar y que nadie, ni los de dentro ni los de afuera, se atreven a hacer algo que rompa el hechizo porque como en hipnosis colectiva aceptan las cosas como están.

Hasta de momento, podría uno pensar que Buñuel se adelantó a Stephen King en escribir una historia sobrenatural acerca de una casa siniestra (y pido perdón a los puristas que se desgarran el corazón pidiendo al árbitro del sentido común: ¡FALTA! ¡15 YARDAS DE CASTIGO POR MENCIONAR  EL NOMBRE  DEL INMORTAL CINEASTA JUNTO CON EL NOMBRE DE ESE ESCRITORCILLO POPULAR!).

Evidentemente Buñuel, poseyendo otra clase de inteligencia en comparación con la nada despreciable de King, lo resuelve de una manera más extraña, sí, surreal, sin tener que recurrir a espantos o a monstruos en el closet, o a muertos que vuelven o a hoteles malditos con personalidad expresa y angustiosamente asesina.

Buñuel no lo explica. Ni falta que le hace. Sólo nos hace cómplices, nos hace sentir el desamparo, la angustia de los invitados dentro y de los espectadores afuera que saben que esa casa ya pertenece a otra dimensión que se adueña de todos y con la que nos hace entrar en otra realidad fuera de nuestra comprensión.

Como sea, pero no deseo hablar de la película (imagínense que lo deseara, uf), un día llegará para eso y diré lo molesto que él estaba, Buñuel, por el reparto que no fue de lo mejor, pero lo que me llama la atención en estos momentos es la localización de la casa.

Encontré un catálogo de una expo que apareció en 2008, llamada BUÑUEL, ENTRE DOS MUNDOS algo así organizado por el Centro Nacional de Artes, ya saben.

Y bueno, el catálogo es fabuloso, no podía ser menos.

El punto es que se va, inevitablemente, película por película. Será otro libro icónico de lo que fue Buñuel en el siglo XX, explicando en cierta medida el porqué fue recordado, el porqué trascendió, el porqué marcó época, rumbo, destino en el cine.

Lo demás ya es conocido y si no lo es, ya lo escribiré, porque como que se me antoja hablar más y más de por decir Simón del Desierto, o Ensayo de un Crimen, u otra, Nazarín o Viridiana… y ya veremos.

De lo que quiero hablar ahora más bien, es… la casa esa.

La del hechizo, la de la otra dimensión, la que vendría a ser el lugar maldito, el lugar destino del Angel Exterminador, el del nombre bíblico, el del nombre final, el del fin del mundo tal y como lo conocemos, el que llegará a destruirlo todo.

La verdadera posada al filo del Fin del Mundo. 

Esa pudo ser la casa en la que los que entran están en una estación de tránsito hasta el más allá o quizá en la puerta al limbo, a lo desconocido, al intersticio donde la sanidad deja de existir, siendo el más allá o limbo o intersticio más terrible que ninguna imaginación prodigiosa pueda llegar a imaginar jamás.

O tal vez no.

Porque avanzando en ese catálogo de tal y tal muestra los lugares donde se filmó tal y cual película comparando los paisajes de las mismas fotos con el lugar de las locaciones de cómo quedó en la película.

Ahí muestran el lugar cerca de Ixmiquilpan del bello estado de Hidalgo en donde se realizó Simón del Desierto, en medio de la total nada, matorrales, arena, desierto y cerros pelones, pero que con cierta habilidad el equipo fílmico de Buñuel lograron hacernos sentir que ese lugar era en realidad Antioquía en la antigua Siria, donde los hechos narrados sucedieron (o no sucedieron, de acuerdo, pero ustedes me entienden).

Así en el catalogo está Ixmiquilpan, y así también aparece Acapulco y cercanías, y así también pueblitos de Morelos, como también algunos lugares de ríos donde se hizo  El Río y la Muerte y películas de esa época que tenían que hacerse forzosamente en locación.

 Y ahí dice claramente en el catalogo que la casa maldita estaba en el cruce de Homero y de Pedro Calderón de la Barca. Colonia Polanco, claro.


La casa donde el Angel Exterminador extendió sus macabras alas y les generó a esos ricos y no sé si famosos esa necesidad no natural de quedarse donde estaban, creándoles el terror total de salir y a los de fuera, el terror serval de no poder entrar.

Vi la foto de la casa, muy señorial, palaciega, amplio patio, elegante, definitivo: podría ser una embajada orgullosa de cualquier país, toda una revelación. Lo que en la pantalla no se pudo ver por lo fugaz, por lo oscuro, se pudo ver en las fotos de la búsqueda de la locación.
Ahí empezó también mi curiosidad, vi las calles y vi los nombres, obvio, se me hicieron familiares en más de un sentido y ahí pensé, Google Earth, ¡ven a mí!

En ese instante Google Earth hizo de las suyas y se poseyó de mi pantalla y tomó el control y me empezó a dar la luz al respecto de donde estaba ese cruce, pero, ustedes saben, Google Maps se transformó a través de un acto de tecnología indistinguible de magia, Clarke dixit, en Google StreetView.

Google StreetView es como muchos saben y dependiendo de qué lado estás, un instrumento de Dios o del Diablo que también podría descender hacia dónde moramos y al tomar de manera Borgiana la foto de cada casa de cada cuadra de cada calle, es como si buscara en las puertas la señal de la Cruz hecha con sangre de cordero so pena de que, de no ser así, el primogénito de cada familia moriría.


Pero hoy por hoy, claro, no hay Angeles Exterminadores más que los de excelentes películas. Siendo ese el caso veo desde arriba las calles, como si fuera un dios hecho de barro y logro ubicar la precisa esquina de Homero y Calderón de la Barca en donde están situadas las fotos, no hay que olvidar que esas fotos son de 1962, muy presente tengo yo ese año, excelente cosecha y claro, las cosas cambian mucho en un lapso tan considerable, díganmelo a mí que por entonces era un…


Sí, las cosas cambian, y mirando no había más que las palmas chaparras de en medio de la calle y pues nada más por ahí o por acá, y no encontrando nada significativo en las esquinas y miraba y sin ver nada a que asirme, una figura, un contorno, una silueta, un signo por el cual vencer.

Solo veía unos edificios de departamentos y casas en renta, un árbol que podría ser o no ser, algo raro estaba con la escala, ¿qué tan grande es la imagen de la casa original en blanco y negro con el ciclista ayudando un poco a establecer la necesitada escala?

Finalmente al ver la imagen de la zona urbana delimitada a pocas cuadras desde arriba que voy detectando algo familiar en los contornos de un edificio detrás de los departamentos que daban a la calle, ¿sería posible que…?


Sí, ni más ni menos que encontré la casa, estaba, o está, detrás de los edificios de departamentos, como si de un acto de… otra vez magia, la casa hubiera sido movida más atrás para poder acomodarlos, ¡pero esperen! ¡No! La casa no se movió, sencillamente fue que el patio muy particular, fue amplísimo, como de 30 metros de fondo, más que suficiente para separar el terreno, lotearlo y venderlos a mejores postores en mejores épocas, quizá todavía en alguna década del avance económico y de bienes raíces de tiempos ya idos.

Por fin me meto imagen por imagen, si es que se acuerdan como es Google StreetView con sus fotos tomadas cada 10 metros o algo así,  por la calle de Calderón de la Barca hacia el norte, pareciendo yo de pronto un intruso, mirando los carros, mirando las paredes, buscando ese dato que comento, otra silueta, en este caso, ese grupo de pixeles que agrupados me diera una seguridad, una comprobación.

Y la encontré, debajo de un gran anuncio de MetLife, una barda que desemboca en una columna que está segmentada horizontalmente, y sí, originalmente habían columnas segmentadas a cada tanto las que rodeaban el perímetro de la Casa Encantada. Todo esto en primer lugar.


Las demás piezas fueron cayendo una a una, como en un Tetris atrevido y lleno de audacia logrando más y más puntos en mi voluntad necia de querer entenderlo todo (inútilmente, claro).

Ahí estaban los primeros detalles, los cuales no se pudieran ver si estuviera enfrente, ¿realmente ustedes creen que los de MetLife me dejarían entrar, tomar fotos, sólo para saber si esa era la casa en la que habían filmado esa película de Buñuel? ¿Qué me dejarían hacer un tour por ella? La película se filmó en interiores en estudio, ahora no habría nada similar. 

Obvio.

Pero para eso están las herramientas modernas y ahí se miran el balcón, los ventanales, los adornos de estos mismos, el contorno tomado desde un satélite anónimo cientos de kilómetros de altura sigue después de casi 50 años, al de la foto ya no tan anónima de la casa.


Ok, a lo mejor sí. Tal vez los de MetLife sean buenas personas. Tal vez sepan de la historia completa de la casa del Angel Exterminador, quizá hasta hubiera alguien, no sé, el hijo de un hijo de alguien que conociera de ese lugar en esos años en los que lo palaciego era la norma de la Ciudad de los Palacios, por más a turista que sonara eso.

Que nos contara la historia de cuando a alguien se le ocurrió por motivos cualesquier a hacer lo que describimos arriba, segmentar el terreno y que los nuevos dueños hicieren lo que quisieren.

Que para esto ese fue precisamente el caso. Después de todo, una casa es una casa es una casa, y un palacio es un palacio es un palacio, y una casa donde filmaron los exteriores del Angel Exterminador es sólo una casa donde filmaron los exteriores del Angel Exterminador.


Eso pasa todos los días. Y no se pide que se haga monumento nacional de ello, eso no se pide, sino solo se ruega que haya en la memoria colectiva de la gente que ama al cine de Buñuel, que ama al cine de manera afín a la manera que muchos verdaderamente aman al cine, la existencia de esa casa, desaparecida de la memoria de la Gran Ciudad y que gracias a recursos en base a fotos de alta tecnología de casi 50 años de distancia, una casa real que nos vincula en el tiempo y en el espacio a El Angel Exterminador, del señor Luis Buñuel.

Y para mí, eso es suficiente.



5 comentarios:

OR² dijo...

M A R A V I L L A D A !!!
me dejaste con tu fabulosa investigación de la casa maldita...
y creo que el uso del google map, también da mucha tela para cortar en otro post...
Chihuahua! Cómo escribes! y no me canso de leerte...
Un saludo!!!

Anónimo dijo...

Hola, me encantó tu artículo. Te comento que yo tuve la oportunidad de entrar a esa casa, hace unos 10 años. En esa casa se encontraban las Oficinas Corporativas de Yves Rocher de México, el domicilio es Calderón de la Barca 308.
En aquel entonces yo trabajaba para IBM y teníamos un proyecto para el área de Sistemas que tenía sus oficinas dentro de esa maravillosa casa. Yo en aquel entonces no tenía conocimiento de que se utilizó para filmar los exteriores de "El Angel Exterminador".
Recuerdo que la casa por dentro es palaciega, techos muy altos, una escalera enorme, pero tengo entendido la película se filmó totalmente en estudio, solo se utilizó el exterior de la casa. Espero poder volver algún dia y poder ver con otros ojos ese palacio. Saludos!

Rafael Fierro Gossman dijo...

¡Hola! Se me ocurre que ésta entrada del Blog "Polanco Ayer y Hoy" te puede resultar interesante... http://polancoayeryhoy.blogspot.mx/2011/03/la-residencia-avila-camacho.html
¡Saludos!

Anónimo dijo...

Excelente artículo!

Alma Delia Gutiérrez dijo...

Excelente tema y una forma fascinante de describir la casa, Muchas Gracias por compartir!'nn