viernes, enero 31, 2014

Erase un perrazo, el Clint...




Erase un perro blanco, hermoso, husky, con un ojo azul y un ojo negro.


Erase un perro noble y lindo que nunca te hacía caso.

Erase un perro simpático que tenía mucho pelo y que nunca sabías si te escuchaba.

Erase un perro blanco que cuando lo sacabas a caminar, lo que quería era correr.

Y vaya que te llevaba él a pasear. Corre corre corre. Feliz.

Y la significancia de un perro no se puede expresar a palabras. 

No alcanzas. No comprendes. No asimilas. 

El Clint me lo recordó. 

(Bueno, también el otro perro, el Boney, lo hizo. O lo hace.)

Un perro tan noble como el Clint, no merecía sufrir más. Su estado de saludo ya no le procuraba su dignidad. 

Su nobleza. Su tiempo, arena frágil, desvaneciéndose.

Sé que los perros no saben nada de eso. Sé que nosotros los antropomorfizamos a extremos. 

Les dotamos de inteligencia, los dotamos de sentimientos, de comunicación.

Y a veces pienso, no, estoy muy equivocado. 

Que sí la tienen. De extraña e irracional manera, sí la tienen.

Y que nos entendemos. 

Y que se ven en nuestros ojos y que nosotros nos vemos en los de ellos.

Ese perro blanco llegó de repente, famélico, ojos apagados, respirando con rapidez, en los puros huesos en el porche de la casa y no se movió por cuatro días. Lo ingresamos, no había de otra. ¡No somos tan inhumanos! 

Y adquirió peso y adquirió amor. Y se dejó querer. Y a salir y a dar la vuelta y a alegrar la vista de quien lo miraba.

Pero a partir de un evento ya nada fue igual. 

Y empezó a decaer rápidamente y hay una ley de la vida que dice que cuides de tus mascotas, que son parte de tu familia y que al mismo tiempo tú eres parte de la de ella, o ya eres parte de su manada, o como sea.

Y ese perro debió de estar sano por tres cuatro años más.

Pero algo pasó. Algo pasó y se lo fue llevando delante de todos. 

Y se veía claramente como la decadencia y la edad y el dolor se apoderaba sin misericordia de su esencia. 

Y ya nada fue igual. Y lo llevas al médico, es tu responsabilidad, ¡caramba! ¿Quién más lo va a hacer por ti? 

Y te da esperanzas. 

Pero la esperanza voló rápido como periódico en calle desierta.

Y un día tendrás que decidir.

El dolor se comparte y aún así es mucho y no hay razón de que sea. 

De que siga siendo.

Y llega el día tienes que decidir.

Y ahora el perro blanco noble de ojo azul y ojo negro ya no está.

Y sólo esperas o imaginas o sueñas que en alguna parte esté corriendo y que ojalá esté husmeando y ojalá esté escondiendo su hueso y ojalá esté resoplando en la puerta pidiendo su comida, y ojalá esté haciéndole un hueco a esa puerta con su pata.

Y esperas que sea cierto.

y lo crees firmemente.

Y todavía no son ni 24 horas y ya lo extrañas.

Y me asusto de todo lo que uno puede sentir cuando se te va un animal.

Porque ves su humanidad y te ves a ti mismo al mismo tiempo. 

Y tal vez es cuando miras alrededor de lo que tienes y te rodea. 

Y agradeces lo que tienes. Y sientes y piensas y vibras y...

Erase un perro blanco, hermoso, husky, con un ojo azul y un ojo negro.

Lo veo corre corre corre y es feliz, créeme.

Y ya es feliz...

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